En Carbajal de la Legua, el segundo sello en la credencial del Camino del Salvador


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Tengo que reconocer que la noticia de la muerte de Yago Lamela ha logrado obsesionarme un poco, y ayer leía todo lo que podía acerca de ello, del supuesto infarto y no suicidio, de las declaraciones de algunos especialistas en cardiología que difícilmente pueden dar crédito a ello, de lo que cuenta el amigo, también deportista de élite… y del susto que reconoce que todos ya se habían llevado cuando desapareció hace cinco semanas, durante más de día y medio y se lo encontraron ingresado en una clínica de Santander… y también he visto fotografías recientes y escucho una entrevista algo antigua, donde él mismo habla de la depresión, y de cómo de incomprensible consideraba él eso de la depresión antes de que la depresión le alcanzara a él… Luego, descubrí lo que le supuso, ya con 21 años… enfrentarse a estos mismos habitantes, siendo una persona no especialmente dotada para la relación social, como yo misma… introvertida, de carácter algo especial… y con tendencia al pensamiento circular. Así que no sé, tal vez nadie podría haber hecho nada por él pero al menos podrían haberle consentido que su crisis lo condujera hasta donde tenía que conducirle, sin haber tratado de influir en su tristeza con  recaptadores [inhibidores de la recaptación] de la serotonina, porque hay una sentencia que se atribuye a Sócrates, que yo pienso que es complejamente certera, cuando dice que para desembarcar en la isla de la sabiduría, hay que navegar en un océano de aflicciones. Y protegiéndole, sobre todo, en su intimidad. Porque qué remedio le dejaron, cuando lo desnudaron de ese modo. Aunque yo lo digo por mí, y por lo que pienso que como persona orgullosa hubiera supuesto para mí. Así que la suerte que corrió Mahoma, es que muchas noches podía evadirse de su realidad e ir en busca de la montaña, de las montañas que rodeaban la ciudad de La Meca y sus cuevas… donde aseguran que meditaba y en la que una noche, mientra o bien se quedaba dormido o bien despertaba, sufrió una primera alucinación hipnagógica o hipnopómpica, como fue la que a mí en mi caso me confinó, cuando aquel despertar, por completo paralizada, incluida mi lengua pero ya con los ojos abiertos,  escuché como Dios me recitaba todos sus nombres desde el principio de los tiempos, entre la vigilia y el sueño, que a mí también pareció, que mismamente un ángel me abrazaba tan estrechamente que iba a dejarme sin respiración. Pero yo corrí la suerte, de la persona que conoce en gran medida el potencial alucinatorio de la cannabis, que estaba consumiendo por aquel tiempo y en ello imperaba una lógica, que era la del conocimiento y no la de la superstición, cuando la cannabis, desde hace más de cinco mil años ha sido la querida terapéutica de gran parte de la humanidad. Ahora bien, la primera vez que yo hice una crisis psicótica, necesité tan sólo de la tecnología, que pasó a formar parte de mi vida… y de la lectura del Diario de un Mago de Paulo Coelho, sumado eso sí, a más de una década de estudio sistemático de la astrología, que te induce a creer que más que tu genoma y tu epigenoma, lo que impera sobre ti, son los astros bajo cuyo cielo naciste, que son posiciones fijas para siempre, como si fueran las horas de un reloj analógico y en la que los mismos astros pasan, luego, a tener el papel de manecillas.

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JOSE DEL BAR CENTRAL EN CARBAJAL DE LA LEGUA LEÓN

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Pero como esto es un camino y hay que escribirlo, te diré que después de todo, termino por alcanzar Carbajal de la Legua a las 11h26min, que recibe este nombre, porque una legua medieval era lo que separaba a este entorno que fue un caserío, hoy ciudad residencial y preñada de urbanizaciones, de la urbe de León. Y carbajal que viene de <<carballín>>, por los carballos o robles, cuando en el siglo XII llegaron ahí las monjas benedictinas, que permanecieron ahí por más de cuatrocientos años, hasta que finalmente fueron trasladadas a la Plaza del Grano, que es donde nosotros las hemos conocido, y que no son otras que ”Las Carbajalas”. Pero que en el siglo XVI, cuando se quiere implantar la reforma de su orden, que dicen que conformaba cuestiones tan delicadas como la transformación moral del monasterio, la comunidad se escinde, y parte de las monjas se trasladan a León con la nueva abadesa, mientras el resto permanece con la anterior superiora en Carbajal, fallando la justicia en favor de Carbajal, hasta que en 1600, el nuevo obispo Juan Alonso, consigue convencerlas para que todas se trasladen a la nueva sede del mercado del grano de la ciudad. Yo, más interesada, por conseguir una bebida isotónica con mucho hielo, porque hace ahí un calor que ya espanta, que por las iglesias, no llevo a ver siquiera la que se advoca a San Martín, y que ahí fue construida entre los siglos XVI y XVII, un santo que monta a caballo y reparte la mitad de su capa con un pobre, San Martín de Tours, y que hasta aquí fue impulsado por los monjes de Cluny, religiosos franceses que hacia el siglo románico XI, fueron favorecidos por las monarquías de Europa. Así que como Carbajal es muy largo, y se extiende a lo largo de la carretera N-630, primero por la avenida de León, que termina por convertirse en la de San Antonio, cuando me interno en el Bar Central para sellar mi credencial, que es el establecimiento autorizado, son cerca de las doce menos veinte. Y ahí lo que rechazo, porque me parece una bobada, es un obsequio, que no es del bar en sí, sino de la diputación o los concejos… y que es una gran bola roja de plástico que parece un llavero, que el dueño no te dice que lo que sucede con la bola es que dentro conserva un chubasquero de emergencia, muy útil en cualquier caso si uno no tiene capa y es tanto el calor que hace, que yo eso lo sabré luego, ya cuando es tarde, por Luis en Poladura de la Tercia, aunque el pañuelo si que se lo acepto porque es malva y yo ese color lo adoro. Pero, al parecer, ahí se extienden credenciales, así que si a uno le apetece ser un peregrino puramente laico, y no entrar ni siquiera en trato con ”Las Carbajalas”, puede llegarse hasta aquí y tomarse un prieto picudo pero sólo clarete, que es el vino que yo me llevo para la comida, que luego haré en un lugar muy agradable. Porque con los sándwich yo salí de casa, aunque Jose me dice que si quiero, puedo adquirir lo que desee en una tienda  cercana pero yo ya le digo que con el vino bien fresco que me sirve en la botellita de agua, la bebida isotónica en la ”cantimplora”, y el café que me estoy tomando… voy servida hasta el día siguiente. Que esto va a ser un asunto para meditar, porque lo cierto es que si uno hace noche en Cabanillas, desde luego que al amanecer se olvide de que existe un bar de Cascantes porque ese no lo abren hasta tarde, y hasta La Robla se pueden hacer muy duros, los casi diez kilómetros, sin haber desayunado con solidez […]

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[los anuncios que se vean a partir de estas líneas serán una penalización que me impone el sistema por no pagar para que se me retiren]

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Es uno filósofo guardando silencio

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