109. ¿Y tú de qué genes eres?: Dominante, sumiso, autónomo-colaborante. La jerarquía social


directo Camín a partir de 8’54”

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Fragmento de la lectura del texto:

<<[…] lo que más curioso me resultó, fue que si la población de ratas aumentaba, la proporción se mantenía, y el número de individuos líderes o tiranos se multiplicaba, como igualmente el de esclavos y como el de individuos autónomos. Emergiendo, por encima de las ratas tiranas, un nuevo ”género” de ratas, que eran las súper-tiranas. Y así de simple me resultó comprender a mí el orden jerárquico. Y así de simple desmitificarlo y desafío a cualquiera, a que con este parámetro, observe a su entorno, y compruebe que es lo que está sucediendo en su realidad y si el liderazgo es eso tan deseable con lo que se nos están envenenando las concepciones, y la autonomía y la colaboración no son los únicos órdenes dignos […]>>

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LECTURAS AUDIOVISUALES DE LA CIUDADANA

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Sólo es la lectura de los nuevos cuadernos que he comenzado a escribir. Pero está creciendo, y es un comienzo, y de momento los editaré en reproducción audiovisual, aunque son ”un regalo” para algunas personas o tal vez entidades… y existen anotaciones inéditas, y la secuencia siempre lo es desde hace alguna semana, y se me puede escuchar leyendo inmediatamente lo que acabo de escribir al amanecer… normalmente es así pero lo que no se puede hacer es leerme fuera de esos cuadernos que transcribo. Es decir, son originales, mi obra yo la produzco así. Lo desesperadamente personal. Y la lista de palabras que figura es para que te imagines su contenido y decidas si merecerá la pena averiguarlo.

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EL CAMINO PRIMITIVO EN ASTURIAS

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  1. SAG, significa Estrés.

    El húngaro Hans Selye (1907-1982), concibió por mera casualidad la idea del Síndrome de Adaptación General (SAG), sobre el cual escribió por primera vez en el British Journal Nature en el verano de 1936. El SAG, también conocido como síndrome del estrés, es lo que Selye señaló como el proceso bajo el cual el cuerpo confronta -lo que desde un principio designó como: agente nocivo. El SAG es un proceso en el que el cuerpo pasa por tres etapas universales. Primero hay una “señal de alarma”, a partir de la cual el cuerpo se prepara parala defensa o la huída”. No obstante, ningún organismo puede mantener esta condición de excitación, por ello existe la segunda etapa que permite al mismo, sobrevivir a la primera, en ésta se construye una resistencia. Finalmente, si la duración del estrés es suficientemente prolongada, el cuerpo entra a una tercera etapa que es de agotamiento; una forma de envejecimiento debida al deterioro del organismo por mantener constante el desgaste durante la resistencia.

    El estrés en el léxico de Selye podría ser cualquier cosa, desde la privación prolongada de alimento hasta la inyección de una sustancia extraña al cuerpo, inclusive, un buen trabajo muscular. Por “estrés”, él no sólo se refirió al “estrés nervioso” sino a la “respuesta no específica del cuerpo frente a cualquier demanda”.

    Las ideas novedosas de Selye acerca del estrés ayudaron a forjar un campo enteramente nuevo de la medicina -el estudio del estrés biológico y sus efectos-, que afloró en la primera mitad del siglo XX, para incluir el trabajo de cientos de investigadores; es una ciencia que continúa avanzando en la actualidad especialmente al demostrar la conexión del estrés con la enfermedad y descubriendo nuevos métodos para ayudar al cuerpo a lidiar con el agotamiento de la vida.

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    Aunque sus esfuerzos encontraron escepticismo en un principio (él no sugirió alguna cuestión radical, como que el estrés tiene una relación causal con gran cantidad de importantes enfermedades, cardíacas y cáncer entre otras), los métodos impecables de Selye y su investigación respecto a la salud y la ciencia profesional de toda índole, gradualmente ganaron reconocimiento y sus ideas fueron tratadas con respeto.

    En palabras del propio Selye, su descubrimiento fue “suficiente para prevenir que el concepto se nos vaya de las manos, y receptivo a un análisis preciso”.

    Ratas de laboratorio estresadas
    Hans Selye estaba buscando una nueva hormona cuando cayó en cuenta acerca de todo esto. En 1934 a la edad de 28 años él era asistente en el Departamento de Bioquímica de la Universidad McGill en Montreal. Era un joven y prometedor endocrinólogo llevando a cabo experimentos químicos verdaderamente ortodoxos, los cuales involucraban inyectar en ratas diversos extractos ováricos. Esperaba descubrir cambios en el organismo que pudieran no ser causados por ninguna hormona sexual conocida, los resultados iniciales le dieron buenas razones para tener gran optimismo.

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    Las ratas desarrollaron una triada de síntomas a partir de las inyecciones del extracto, los cuales incluían el crecimiento de la corteza adrenal, la atrofia del timo, del bazo, de los nódulos linfáticos, y úlceras sangrantes profundas en el revestimiento interno del estómago y el duodeno, todo lo cual podía incrementarse o decrecer en severidad ajustando la cantidad del extracto.

    Al joven Selye le parecía obvio que estaba a punto de descubrir una nueva hormona ya que entonces nadie había producido este tipo de síntomas. Escribió: “Se han de imaginar mi alegría, a los 28 años parecía que me encontraba frente a una nueva hormona”. Sus esperanzas comenzaron a desvanecerse cuando, primero con el extracto de placenta y luego con extracto de pituitaria, obtuvo los mismos síntomas. Pero todavía no estaba derrotado ya que asentó: “Se suponía que la mía era una nueva hormona y quién iba a saber que tal vez la pituitaria también podía manufacturar esta misma.”

    Enseguida, sin embargo, inyectó extracto de riñón, bazo y otros diferentes órganos, todos los cuales produjeron el mismo efecto. Estaba desconcertado. En un último esfuerzo para aclarar estos resultados bizarros inyectó Formalina, (sustancia utilizada en la preparación de tejidos para estudio microscópico) y al producir el mismo síntoma supo que había fallado en descubrir una nueva hormona.

    La única perspectiva permitida a quien es joven e ignorante
    Quedó en este punto frente a dos opciones. La primera y más evidente era terminar con esta línea de investigación, había suficientes razones para creer que por este camino no llegaría a nada valioso. Él sabía que muchos científicos muy capaces habían desperdiciado los mejores años de su vida girando alrededor de un indicio falso. “Me deprimí tanto que durante dos días me senté solo en mi laboratorio -escribe- meditando amargamente cómo pudiera haber evitado este infortunio y preguntándome qué debería hacer ahora.”

    La otra posibilidad, mucho más difícil, era instrumentar alguna manera de examinar sus datos. Esta, por supuesto, fue la opción que eligió.

    Selye revisó la teoría con la que comenzó su formulación años antes, en la Universidad de Praga, de habla alemana, donde a los 19 años comenzó su carrera de medicina. Fue aquí cuando, inconscientemente, desarrolló las ideas que lo llevaron a descubrir el SAG.

    Años después, Selye recordó que de los pacientes examinados durante su introducción a la medicina clínica, todo ellos “se sentían y se veían enfermos, tenían la lengua saburrosa, se quejaban de más o menos dolores difusos en las articulaciones y de perturbaciones intestinales con pérdida de apetito.” También, en general, “presentaban fiebre, inflamación del hígado, del bazo o de las anginas, erupciones en la piel”, y otros síntomas generales. No podía ser sino más tarde, cuando los indicadores aparecieran, como, digamos, padecimiento del hígado, para poder recomendar un tratamiento.”

    “Dado que estos fueron mis primeros pacientes -escribe Selye-, yo era todavía capaz de verlos sin ser desviado por el pensamiento médico del momento. Si hubiera sabido más, nunca me hubiera hecho preguntas pues todo ya se manejaba de la manera como se suponía que debía ser.”

    La pregunta esencial que se clavó en la mente de Selye era en realidad una muy simple: ¿cómo era posible que los doctores, tras una larga historia de la medicina, habían gastado tanto tiempo y energía en el descubrimiento y tratamiento de enfermedades individuales y le habían dado tan poca atención al “síndrome de sólo estar enfermo”? Aunque cautivado por esta idea, siendo joven e inexperto –y trabajando bajo los lineamientos y demandas de la escuela de medicina- Selye no tenía el tiempo, la energía o la experiencia para dedicarse a ello. Mencionó brevemente la idea a su asesor quien de inmediato se rió entre dientes ante la ingenuidad del joven. Y así, la idea quedó latente durante buena parte de la siguiente década.

    Acerca del “Síndrome de sólo estar enfermo” y las sangrías
    El recuerdo de la enfermedad no específica, no abandonó del todo a Selye, aunque, años después, cuando estaba buscando un tema bajo el cual pudiera examinar sus fallidos experimentos con hormonas, vinieron a su memoria los síntomas de los pacientes en el hospital de Praga. Comprendió que aquellos compartían algo en común con sus ratas enfermas. Su intención era descubrir cuál era esa conexión y, de hecho, decidió de inmediato dedicar su vida al descubrimiento de la raíz de esta enfermedad no específica.

    “Si acaso existía tal cosa, como una reacción singular no específica del cuerpo para daños de cualquier clase –escribió en su jubilosa epifanía-, ello, por sí mismo, podría representar un estudio valioso. Por supuesto que trabajar el mecanismo de esta clase de estereotipado síndrome de respuesta ante el peligro como tal, podría ser mucho más importante para la medicina que descubrir otra hormona sexual.

    Al juntar las piezas del rompecabezas, Selye se auxilió con un poco del conocimiento médico. Ciertos tratamientos que él conocía, eran utilizados en pacientes que sufrían aparentemente de nada. Los médicos prescribían a la mayoría de éstos, cosas como descansar, comer alimentos de fácil digestión y protegerse de los cambios bruscos de temperatura. También retomó que existe una cantidad de tratamientos no específicos en la historia de la medicina antigua y, de hecho, también en la medicina contemporánea, que, aunque extrañas -algunas inclusive bárbaras-, habían tenido un innegable -si acaso esporádico- éxito: prácticas como inyectar substancias extrañas al cuerpo, terapia de fiebre, terapia de choque y las sangrías.

    No le tomó demasiado tiempo a Selye formular una teoría que hiciera uniforme toda su aparentemente disparatada información. Conjeturaba que existía algún mecanismo en el cuerpo que respondía de manera general a los agentes externos; “agentes nocivos” era el mejor término que él podía acuñar en ese momento. La cualidad de sólo estar enfermo que había observado en los pacientes de Praga, los síntomas compartidos por sus experimentos con ratas, el uso universal de ciertos tratamientos, así como la exitosa práctica de remedios para el estrés como la terapia de choque, cuando se tomaban juntas, sugerían que el padecimiento específico, si no era causado por una sola influencia, estaba ciertamente delimitado por fuerzas similares; existía una conexión en la reacción del cuerpo al padecimiento que daba la apariencia de algún mecanismo interno combatiendo a los agentes estresantes.

    El Sistema: Hipotálamo – Pituitaria – Adrenal
    En breve, este sistema gobierna la clase y la cantidad de respuesta que el cuerpo produce para combatir el agente estresante. Dicho sencillamente, el hipotálamo -puente entre el cerebro y el sistema endocrino-, envía un mensaje a la glándula pituitaria, productora de hormonas, incrustada entre los huesos de la base del cráneo, para liberar HACT (hormona adrenocorticoide) en la corriente sanguínea. Esta señal apresta a la corteza adrenallocalizada encima de los riñonesa crear corticoides, otra hormona, desde el material crudo disponible. Estos corticoides son entonces enviados hacia los lugares del cuerpo donde se necesitan, para utilizarlas en todos los niveles posibles de defensa contra el agente estresante.

    El gran logro en las metas de Selye fue la identificación del estrés basado en “leyes biológicas demostrables”. Este descubrimiento es remarcable por el hecho de que nadie lo había hecho antes. “Podría haberse descubierto durante la Edad Media –escribe Selye-, su reconocimiento no dependía del desarrollo de piezas complicadas de algún aparato, sino solamente de un estado mental imparcial, de un punto de vista fresco.

    El legado
    Con el conocimiento del SAG y del Sistema hipotálamo-pituitaria-adrenal, súbitamente fue posible comenzar a medir el papel del estrés en nuestras vidas, lo cual es precisamente lo que Selye y una multitud de investigadores han estado haciendo durante la última media centuria.

    El investigador Selye publicó 33 libros y más de 1,600 artículos científicos, casi todos ellos sobre el tema del estrés. Entre sus muchos textos científicos, existen también manuales populares tendientes a educar acerca del estrés, el más popular fue The stress of life (El estrés de la vida), una explicación profunda del estrés y del origen del síndrome.

    Selye trabajó como profesor y director, en el Instituto de Medicina Experimental y Cirugía de la Universidad de Montreal, de 1945 hasta su retiro en 1970. También se convirtió en líder filosófico, cuyos puntos de vista sobre la salud ayudaron a cambiar la manera de ver el cuerpo y la mente, en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Adoptó rápidamente el papel de representante del bienestar y se le pedía que hablara lo mismo a un grupo de religiosos que de médicos. Habló frecuentemente del valor del amor y de la importancia esencial de ayudar a otros para nuestro bienestar. Él no fue, en ningún momento de su carrera, como cualquier científico “normal”. Pero fue, a no dudar, un innovador y su influencia se extiende tras él. Hasta ahora, a casi veinte años de su muerte, estudiantes e investigadores continúan trabajando asiduamente en dar a conocer al mundo sus ideas.

    http://hypatia.morelos.gob.mx/no4/el_estres.htm

Es uno filósofo guardando silencio

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