– EL FILÓSOFO – Arcano Sin Número – del Tarot del Espíritu del Chemin: El Filósofo y la Muerte –


*Simbología tradicional del arcano

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El modo de vida del filósofo es solitario pero esta solicitud es elegida libremente, y el mismo Platón, al enumerar las condiciones naturales que favorecen el desarrollo del don de la filosofía entre  <<las naturalezas más nobles>> , no menciona la hostilidad de la muchedumbre. Se refiere más bien a destierros, a que <<a veces en una comunidad pequeña nace un alma grande que desprecia los asuntos de su ciudad>>, o bien a otras circunstancias, como una salud precaria, que apartan de los asuntos públicos de su comunidad [Ibid., 49a y sigs. Cornford, F. M., The Republic of Plato, págs. 203-204]. Pero tal vez no se halle mucho más cerca de la verdad este devolverse la pelota unos a otros, este convertir la guerra entre el pensamiento y el sentido común en el resultado de un enfrentamiento entre una minoría y una mayoría, aunque quizá sea un matiz más plausible y mejor documentado -la aspiración del filósofo a gobernar- que su tradicional manía persecutoria. La explicación más verosímil del desacuerdo entre el sentido común y el pensamiento <<profesional>> sigue siendo la idea mencionada (que tratamos con una guerra intestina), pues seguramente hayan sido los mismos filósofos los primeros en darse cuenta de las objeciones que el sentido común podría oponer a la filosofía. Y Platón descarta entre risas -en un contexto diferente, donde no aborda la cuestión del régimen político <<digno de la naturaleza filosófica>> -la cuestión de si un hombre que se ocupa de las cosas divinas también es bueno para los asuntos humanos [Platón, Filebo, 62b]

La hilaridad antes que la hostilidad es la reacción natural de la mayoría ante la preocupación del filósofo y la aparente inutilidad de sus asuntos. Esta risa es inocente y bastante distinta del ridículo que suele dirigirse contra un adversario en las disputas serias, en las que puede convertirse en un arma temible . Platón, quien en Las Leyes abogaba por la estricta prohibición de cualquier escrito que ridiculiza a un ciudadano [Platón, Las Leyes, 935: <<Suele ocurrir frecuentemente que (en las disputas] se acostumbren todos a decir cosas que provoquen la risa con respecto al adversario>> y  <<el que se ve envuelto en un intercambio de injurias no es capaz de hacerlo sin recurrir a las expresiones sarcásticas (…) Pues bien, que a ningún autor de comedias o yambos o de cualquier clase de cantos líricos le sea lícito en modo alguno (…) satirizar oral o químicamente a ninguno de los ciudadanos; y si alguien desobedeciera, que en el mismo día le expulsen del país>>.  Para los pasajes de la República, donde, sin embargo, el temor al ridículo apenas tiene importancia, véanse 394 y sigo., y 606 y sigs], temía el ridículo de toda risa. Lo que importa aquí no son los pasajes de los diálogos políticos, Las Leyes y República, dirigidos contra la poesía y, sobre todo, contra los comediantes, sino la seriedad con la que narra la historia de la joven sirvienta tracia que se echó a reír al ver a Tales caer en un pozo mientras miraba hacia arriba para contemplar el movimiento de los cuerpos celestes: <<Se burlaba de él, porque quería saber las cosas del cielo, pero se olvidaba de las que tenía delante y a sus pies>>. Y Platón añade: <<La misma burla podría hacerse de todos los que dedican su vida a la filosofía […] da que reír no sólo a las tracias, sino al resto del pueblo […] [pues] su terrible torpeza da una imagen de necedad>> [Platón, Teeteto, 174a-d]. Es extraño que en la extensa historia de la filosofía sólo se le ocurriera a Kant, quien se mantuvo libre de los vicios específicamente filosóficos, que el don del pensamiento especulativo pudiera parecerse al regalo <<con el que Juno honró a Tiresias, a quien primero privó de la vista con el fin de poder otorgarle después el donde la profecía>>. Sospechaba que sólo se alcanzaría un conocimiento intuitivo del otro mundo <<con cierto menoscabo del intelecto que es necesario para este mundo>>. En cualquier caso, Kant parece haber sido el único filósofo lo bastante soberano como para compartir la hilaridad del hombre común. Es probable que desconociese la historia de Platón sobre la joven tracia, y, con buen sentido del humor, narra una historia casi idéntica acerca de Tycho Brahe y su cochero: el astrónomo había sugerido que se guiaran por las estrellas para poder recorrer por la noche el camino más corto a casa, a lo que el cochero replicó: <<Buen señor, posiblemente se entiende usted bien en el cielo, pero aquí sobre la tierra es usted un chiflado>> [Kant, I., Teäume eines Geistersehers (trad. cast.: Los sueños de un visionario, Madrid, Alianza, 1987, pág. 60)]

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Si se supone que el filósofo no necesita de la chusma para enterarse de su <<ridiculez>> -el sentido común que comparte con el resto de los hombres debe estar lo suficientemente alerta para poder anticipar su risa-; si se admite, en suma, que lo que nos ocupa es una guerra intestina entre el razonamiento del sentido común y el pensamiento especulativo que se da en el espíritu del propio filósofo, examinemos, pues, con más detenimiento la afinidad entre la muerte y la filosofía. Si partimos del mundo de las apariencias, el mundo común en el que se aparece al nacer y del que se desaparece al morir, entonces es lógico desear conocer el hábitat común y acumular todo tipo de conocimientos sobre él. A causa de la necesidad que tiene el pensamiento de trascenderlo, nos hemos apartado de él, en un sentido metafórico, hemos desaparecido de este mundo, y esto puede entenderse -desde la perspectiva del razonamiento lógico y del sentido común– como la anticipación de la partida final, de la muerte.

Así lo describe Platón en el Fedón: a los ojos de la multitud, los filósofos no hacen más que perseguir la muerte, de lo que la mayoría podría deducir, si le importa algo, que los filósofos harían bien muriéndose [Platón, Fedón, 64]. Platón no está tan seguro de que la mayoría no tenga razón, excepción hecha de que desconoce cómo ha de interpretarse todo esto. El <<auténtico filósofo>>, aquel que dedica toda su vida al pensamiento, tiene dos deseos: en primer lugar, estar libre de todo tipo de preocupaciones y en especial, del cuerpo, que siempre requiere cuidados, <<inmiscuyéndose en nuestras investigaciones nos causa alboroto y confusión, y nos perturba de tal modo que por él no somos capaces de contemplar la verdad>> [Platón, Fedón, 66d]; y, en segundo lugar, poder alcanzar un más allá donde las cosas que ocupan el pensamiento, como la verdad, la justicia, la belleza, sean igual de accesibles y reales que lo perceptible ahora por los sentidos corporales [Platón, Fedón, 65].

Incluso Aristóteles, en uno de sus textos más sencillos, evoca para sus lectores aquellas <<islas de los bienaventurados>>, que lo son porque allí <<los hombres no necesitan nada y ninguna cosa les sería útil, de forma que sólo quedaría el pensamiento y la contemplación (theôrein), es decir, aquello que todavía llamamos vida libre [Aristóteles, Protréptico,, B 43, Ingemar Düring (de.), Frankfurt, 1969]. En resumen, el giro que caracteriza el pensamiento nunca es algo inocuo. En el Fedón invierte todas las relaciones: los hombres, que de manera natural huyen de la muerte como el mayor de los males, ahora se vuelven hacia ella como el mayor de los bienes.

Por supuesto, todo esto está dicho con ironía o, por expresarlo más académicamente, está enunciado en el lenguaje metafórico; los filósofos no destacan por sus suicidios, ni siquiera cuando sostienen con Aristóteles (en una sorprendente observacion personal del Protréptico) [Ibid., B110], que aquellos que deseen divertirse deberían filosofar o abandonar la vida, pues todo lo demás se queda en palabras ridículas y tonterías. Pero la metáfora de la muerte, o más bien, la inversión metafórica de la vida y la muerte -lo que en general se llama <<vida>> es muerte, lo que se llama <<muerte>> es vida-, no es algo arbitrario, aunque puede verse con menos dramatismo: si el pensamiento establece sus propias condiciones y se vuelve ciego ante lo aportado por los sentidos al suprimir todo lo que está al alcance de la mano, es para dejar sitio para que lo distante pueda manifestarse. Por decirlo de un modo más simple: en la distracción proverbial del filósofo, todo lo presente en su espíritu, y entre las cosas ausentes se encuentra el mismo cuerpo del filósofo. Tanto la hostilidad del filósofo hacia la política, <<los asuntos humanos>> [Platón, República, 500c], como la que siente hacia el cuerpo tienen poco que ver con las convicciones y creencias personales; son intrínsecas a la misma experiencia. Cuando se piensa, no se es consciente de la propia corporalidad, y esta experiencia llevó a Platón a atribuir inmortalidad al alma una vez que se ha separado del cuerpo e hizo que Descartes concluyese  <<que el alma puede pensar sin el cuerpo, si bien, mientras el alma siga vinculada al cuerpo, podría verse alterada en su funcionamiento por la mala disposición de los órganos corporales>> [Descartes, R., carta fechada en marzo de 1638, en Descartes, Oeuvres et Lettres, pág. 780].

ARENDT, H. ‘La vida del espiritu’. pp. 104 a 107

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* Simbología tradicional del arcano

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Upshaw sings Golijov – Ariadna en su Laberinto

    (conocido a través del Pr. Mario Teodoro Ramírez Cobián)

    1. Este espacio comenzó a llamarse La Ananda de Ariadna en Julio/ 2011,
      Pero ese título surge de más antiguo… en mi laberinto… y también, en gran parte, de la obra de Nietzsche…

Es uno filósofo guardando silencio

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