Doliente del anochecer y del venenoso viento en Askizu


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De la media barra partí la mitad, la rellené, un dulce, el chocolate y la lata de cola, cerré con  llave y me senté en la esquina del frontón que daba a la mar, esa tarde tenía sexo hembra; a disfrutar de una inmensa cena peregrina. Los del renault primero se me aproximaron por ver si algo me sacaban, no otra cosa que un saludo meditabundo aunque cortés; luego observé como intentaron abordar el albergue, me alegré de ser cauta; algo más hablé con el propietario de la casa de al lado, cuando aparcó su coche cerca y del que descendieron dos niños, no verás hoy ponerse el sol -me dijo.

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Yo tengo fe -fue mi respuesta. No lo verás -me repitió. La luna, sin embargo, gibosa y crema, inspiraba tanto o más. Cuando me entró el frío me deslicé de nuevo hacia el interior de la casa, los impertinentes se habían ido. Sostuve una conversación con una mente pobre, al otro lado del teléfono, del mundo, de los insalvables océanos de incomprensiones, hasta que comencé a escuchar desconocidos ruidos en el tejado. Primero, sobresaltada, no sabía lo que era, colgué a la oreja y fui a investigar, llegué a la conclusión de que sólo alguna teja suelta, e insistí en volver a sostener aquella conversación con la mente, que aunque pobre, se preocupaba por mí. Se anunciaban vientos huracanados y lluvias ofensivas, que en seguida se personaron induciendo a la intranquilidad, más por  la perspectiva de naufragar al día siguiente bajo ellas pero ya, mientras en soliloquio íntimo, me desahogaba de la excitación de éste con usted.

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Recordé esta otra tarde que abrí aquella ventana, que quise dejarle percibir el azote de los elementos, que hacían volar, sin recato alguno o consideración, una bolsa de plástico por la plaza, hasta elevarla a la altura de la espadaña de la fantasmal, ahora sí, lúgubre iglesia de San Martín; volvieron los del renault a la plaza e hicieron un trombo, me asusté retirándome  angustiada de la ventana; eso quizá lo haya escuchado, bajé abajo y apagué todas las luces, regresaron una vez más, no sé si sólo para intimidarme o porque nada nuevo, en horas de galerna, se les ocurría hacer. De todas formas logré conciliar el sueño entre los batientes quejidos que iniciaron todas y cada una de las contraventanas. Es decir, si alguna vez me he crecido valiente, dominando a la desbocada imaginación infantil, aquella penitente noche lo fui. Desperté a las cuatro, madrugada pura, con la misma voraz hambre  que me había acuciado en Pasajes de San Juan. No cedí a la tentación de levantarme y terminarme la cena. Todavía demasiado cansada volví a dormir.

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*Estimado visitante o lector, esta entrada forma parte de un conjunto más amplio y de una experiencia terapéutica. Si has dado conmigo remitido por alguna amistad o bien porque la casualidad te guió hasta mí, te recomiendo que lo visites por si pudiera ser de tu interés. El enlace al que yo personalmente te remito es el siguiente EVOLUCIÓN, donde te dirijo unas palabras.

** Si te encuentras dentro de La lectora y la Magia, hallarás este Camino íntegro en la pestaña que aquí figura como Vía Evolución. En otros apartados de esta bitácora existen experiencias anteriores relacionadas con el Camino a Santiago o milenaria peregrinación por la ruta de las estrellas. Además de otros apartados en las diversas pestañas cada uno con sus particularidades, donde el contenido global de la misma ha sido o esta siendo listado.

*** Puedes igualmente plantear cualquier pregunta o duda en los comentarios, sea esto porque hayas llegado aquí en busca de algo, y no hayas sido capaz de dar con ello, o sea porque la inquietud te ha surgido aquí mismo. A veces me encuentro en el Camino y no en el albergue virtual, de todas formas regreso. Gracias por tu atención .*)

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Con música celta de Orio a Zarautz a Guetaria a Askizu, de la mano de Alasdair Fraser

Es uno filósofo guardando silencio

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