De León a Astorga, LA ETAPA DEL EREMITA ( el maestro interior o voz, el terapeuta)
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Yo sé que ellos iban de camino a Villadangos del Páramo por un mensaje que envió ella. Espontáneamente, sin esperarlo, mientras escribía, el peregrino asomó por la puerta del albergue de las Carvajalas, donde ella, al menos, había desayunado, malencarado, (él a veces se levantaba indignado, contra el resto de los peregrinos: los que roncaban o hacían ruido), ella se dispuso a seguirle, iban en busca de alguna cafetería. Había registrado ya antes que él había dejado de ser un individuo detallista, lo que más la había asombrado, aunque había tenido la tarde anterior un detalle sorprendente y tierno, que habría sido único si el detalle hubiera sido único. Le parecía un hombre muy distinto, a ella, del que había conocido en las tierras de Navarra. Sólo que, ahora, su cariño era auténtico y esperaba aceptarle como era; de hecho, deseaba conocerle más.
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Así que fueron por las calles y ella detrás de él, hasta que dieron con algún lugar, luego se perdieron durante un buen rato, de las flechas, del Camino, pero fueron encontrándolas y ella pasó a adoptar una modalidad de expresión de inusitado silencio que era un acecho. Una de las experiencias que se pueden probar, así que ella trataba de sincronizar sus pasos guiándose por el ruido de él, que era el paso de sus botas sobre el firme del Camino, sin embargo lo suyos pisaban con mucho cuidado para no hacer ruido, algo trabajoso de lograr, o en lo que la peregrina se sumía muy concentrada, más pendiente de sus sombras, se detuvieron pronto, porque él necesitaba un estanco.
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Que él no iba a ser el hombre de su vida la tenía convencida en ese trecho. Haciéndola sentir tan fuera de lugar. Pero aún así decidida a disfrutar de la experiencia. Como fuera aquella era una etapa que iba a estar dominada por los sentimientos. En el trayecto voy con ella. Lo hago desde horas más tarde, cuando se detienen las anotaciones del Camino, aunque aún no hemos entrado en las penumbras de esa jornada.
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Dieron con todos los lamentos de él, dieron con un sol mucho más agotador que en jornadas anteriores, dieron con Villadangos del Paramo, porque eso fue una cosa que él misteriosamente había decidido el día anterior, y luego se echaron a caminar y él quiso hablar de la consciencia, le gustaba hablar de temas trascendentales y quizá fue ahí cuando ella descubrió que a pesar de que le encantaba como amigo, existía una tendencia en él, a complicar las cosas en exceso; si hace calor soporta el calor, da por sentado el calor, no te quejes de lo que no tiene remedio, no luches contra ello, procura sentirte mejor, haz por sentirte mejor, por sobreponerte. ¿Qué dijo Russell que era la inteligencia? ¿Pero él que dijo? <<No sé que voy a escribir, hoy, de el Camino, el Camino no tiene nada para contar. ¿Nunca desfalleces María? Me da la sensación de que eres sobrehumana>>. Ella le había regalado la primera de las plumas. Convencida de que un Indio, que ocupa un cuerpo, que ocupa un niño, que ocupa un peregrino, no decía gran cosa de si mismo si no tenía una pluma como esa, de cigüeña, ellos creyeron que sí.
En todo caso fue sólo la primera de las plumas con las que el peregrino iba a componerse un tocado. Las demás las fue encontrando él.
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Debo reconocer que esta etapa me va llevando a mi mundo interior casi sin darme cuenta.
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Al llegar a la niña que se había caído y lloraba, el peregrino presintió que la mujer había apurado el paso para detenerse como hizo con la chiquilla, cuya abuela, poco comprensiva e insconsciente, llamaba tonta en un tono enfadado, porque, el enunciado que condena, penetra así en nuestras mentes, No eres tonta -le dijo la peregrina arrodillada a sus pies, cubriendo con la mano izquierda el rasguño leve-. Eres preciosa, ¿te duele? A lo que la niña -como encantada por el instante- le dijo que no y aceptó darle un beso. A la abuela ni palabra. Y los ojos de él como salidos de las cuencas. Creo que ahí fue donde decidió, ser, como de más inmediato, más feliz. A la comprensión de un gesto: <<Ya sé, María, ya sé lo que vas a decir>>. El día que nada tenía que contar se detuvo para ellos en un banco del Camino.
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- ARARE -
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<<Te confieso, María, que ayer me impresionaste. No había visto nada tan feliz desde la comunión de mis sobrinas. Eras igual que una niña, igual que ellas aquel día>>. Era por ti. Pero él no podía creerla.
La australiana se detuvo después. Hablando ellos en inglés, eso dejaba fuera de juego a la peregrina, que comenzó a sentir atracción por el especial cristal que la australiana hacia colgar de su cuello. Como una bombilla. Hizo que la mujer le gustara más. ¿Entendería ella su perorata, en otro idioma, acerca del espectáculo que había visto suceder, donde los aborígenes se emborrachan y los turistas están detrás de la vaya, divinos con su emparedado en las manos y su copita de fino, admirando el paisaje de esas colinas fabulosas? Había perdido momentáneamente a su compañero, pasos diferentes. Habían hablando por teléfono, de verse más adelante. Llegada de nueva peregrina. Isabel, la madrileña.
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María arde en deseos de seguir Camino. Como inflamada por una insolación pero de otra clase de fuego. El peregrino era un hombre que excitaba a las mujeres, ahora galante al extremo, considerándola a ella como una especie de sirvienta que obedecía fielmente sus ruegos. <<¿Qué quieres tomar? Levántate a por un vino para nuestra invitada>>. La peregrina se imagina en qué puede deparar la historia. Y se anda aquí por un tramo más agradable, donde algún breve frescor se encuentra. Y así hasta llegar a San Martín del Camino. Donde se hace tarde y noche, y madrugada febril y aún por amanecer.
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De todas formas los australianos también están ahí, ahora. No se quedan. Prosiguen hasta Hospital de Órbigo, ocho kilómetros aún por adelante. La mujer se ha sentado sobre el hombre, su pareja de cabellos blancos, a horcajadas, sospechando que María duda o no queriendo hacer dudar a María, Sin embargo, el peregrino, que esto no lo ha visto, porque es una intimidad que le muestran a ella, sabe que andan juntos pero no piensa que se acuesten juntos necesariamente, aunque hayan viajado juntos desde Australia.
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Ellos sí lo hacen. Después ella, por recomendación de él, lava la ropa. Está seguro de que la brisa la hará secar. Si tiene algún plan previsto, la peregrina lo ignora. Parece muy satisfecho, mientras la caligrafía prosigue en su cuaderno, lo que no era que contar debe haberlo convertido en algo, le pregunta por el nombre de las calas, luego ella hace un comentario de arte, Mapplethorpe: lo siniestro, lo hermoso, lo ambiguo, que él ignora no, pisotea, con la misma sensibilidad que un rodillo de cocina, se gastaría, matando moscas. Aún así, las montañas, que mañana contemplaremos acercándose, son idílicas. Y el pasaje una carretera planicie. Estarse ahí, con tan poco tráfico, calentándose al sol como lagartijas y hasta que decae la tarde.
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Todo prefabricado. Nuestro peregrino sienta a otro peregrino a la mesa. Éste les da la mano como con reparo o mejor dicho: con repugnancia. Es el instante que María escoge para escribir sus breves notas. Luego Janine Motles, una francesa encantadora, que es a quien se le ofrece un vino, y María la encargada de levantarse; Janine, golosa, comparte sus cacahuetes con miel. El vino ciertamente está muy rico, un rosado. La francesa espera para cenar, los llaman. Hay turnos. El peregrino habla por teléfono con unos y con otros; la peregrina también lo hace, con una amiga. El peregrino está muy emocionado. Un amigo muy querido se ha puesto en contacto con él y siente que lo ha perdonado. Haberle fallado, ser quien era, esa es la historia que se omite. La mujer se alegra mucho. Por él. Va a darle un masaje. Le pide que le prepare su herramienta terapéutica. Esos eran los planes.
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Y en esto, la mujer sale a fumar, y ya lo ha encendido, cuando un coche llega y aparca allí mismo, y se quedan mirando ella y el conductor pero eso la obliga a salir a la carretera, a alejarse más en busca de intimidad. Como si la persiguiera una maldición, el dueño del albergue y el hombre se dirigen, ahora, hacia ella, a quien el Sol del ocaso, montada en el globo, conmueve, como un ojo divino que se dejara mirar, convertido por la emoción en eclipse de corona y fulgor, le preguntan cuál es el número de habitación. ¡Ya está! -piensa ella. ¡Éste es el amigo que andaba cerca! Pero y esa mujer que ahora sale del coche, ¿quién es? Ese suceso anacrónico.
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De la loba al lobo (cuento del Camino de Santiago)
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Yo lo que recuerdo es a ella atravesando la puerta del albergue Vieira, donde pasa de largo y le hacen darse la vuelta, la llave María, una mirada que lanza el amigo, todo emocionado ve en ese preciso instante al peregrino, y conoce que el sigilo mágico ha surtido alguna clase de efecto. El corazón del peregrino en vías de recuperación, de amigos perdidos, por lo menos. Pero sigue hacia el dormitorio misteriosa, al recién llegado se lo pareció, confusa, lo era, un dormitorio real, un cubículo con dos trenas. Unas fotocopias sobre la cama, las toma. Son de la historia del Camino de Santiago, y muy buenas letras las que lee, amparándose en conocimientos esotéricos. Pero sólo como una pátina. Una historia que leer, a buen seguro, de transformaciones y caminos. No sabe, en ese momento, que el que ha llegado ha caminado desde joven, ni tampoco que es la eterna inspiración del camino que su amigo, ahora, el peregrino sigue. Ella lo que ve fue a otra mujer. Y después de la tarde transcurrida, de los detalles entrevistos, de la falsedad de su corazón, de su propio corazón, que ama y traiciona, cuando el peregrino llega y está sobrepasado, embargado por una profunda y sincera emoción, alguien al que había perdido, por haber sido quien había sido, y lo tenía recuperado, esperando para darle un abrazo, en el Camino mismo, porque se sentía que se había perdido el Camino, y que gracias a Dios se había encontrado. Ella lo ve así. Entonces, no le importa que él sienta esa necesidad de reunirse con el amigo, lo que no puede creerse es que la esté haciendo tanto de menos, pero en el fondo esto lo agradece, porque de lo que se da cuenta, en ese preciso instante, es de a qué amigo se echa (pero verdaderamente) de menos.
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De cara a la pared, Tributo, Lhasa de Sela (mi hada)
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Entonces, con esa música, al quedarse sola, se derrumba en lágrimas. El corazón roído por un dolor de ratones, lágrimas y desconsolado sollozo, en el aullido <<… te quiero amar, te quiero amar…>>, llorando de cara a la pared. Y rezando, claro que sí, <<Santa María, Santa María>>.
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Yo lo que recuerdo es que ella se aferraba al teléfono, escribía, luego lo llevaba sobre su cabeza, muy de comunicación ”extraterreste”, imagino que porque le estallaba de dolor, y la paz instantánea que se abría paso a través de la recepción del mensaje, un pitido, como si unos dedos angelicales la acariciaran los sesos y la elevaran hacia la postura del amor. Así que escribió al lobo, al niño, al hombre, y también envió, por si acaso, un santo y seña, que fue lo que luego la despertó al tener respuesta.
Cuando abrió los ojos vio la cama del compañero vacía, era de madrugada y preocupada se levantó a oscuras, habían colocado una especie de rejas y no se podía salir. Torció por un pasillo y un alemán le dijo -quizá-, que estaba prohibido abrir las puertas, la abrió, de metal, empujando un poyo de cemento, antes, que le habían colocado. Ella no comprendía el acuerdo al que habían llegado el peregrino, el amigo y los dueños pero la mochila aún estaba en la habitación. Entresacó medio cuerpo y fumó. Luego, el relente de la noche la hizo volver al cuarto, dejando la ventana abierta, a pesar del fresco, por si tuvieran que despertarla. Sus oídos trino dulce. Aunque a ellos les costó cuando trataron de hacerlo. Después de la noche catártica, la mujer dormía y roncaba a pierna suelta.
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El reflector y la voz de radio, María, María, por favor. Despierta María, nos tienes que abrir. Ella muy nublada pero obediente se pone los zuecos, vuelve a pasar por delante de los baños, tuerce en el pasillo, empuja el poyo de cemento, la puerta se abre lo suficiente para dejarles pasar y dice que es nada cuando ellos le dan las gracias y ya va camino de la habitación, muy somnolienta, de hecho, además de la hierba, se había tomado un miorelajante que esperaba que fuera milagroso, se metió en el saco, el peregrino anduvo por el cuarto, le dijo que iba a cerrar la ventana, que estaba fresco, que si no le importaba le hiciera un hueco a su lado, no la quería despertar, eso le dijo, pero cuando ella quiso darse cuenta, las caricias por su espalda la habían amordazado, y le quitaban la ropa, creía que uno solo. Pero tampoco es consciente de si alguien más estaba en el cuarto, porque todo estaba muy oscuro, como si fuera la boca del lobo, sólo que sin miedo, y sin poder moverse, porque las paredes eran tigres de papel.
Aquello en que se rompe una promesa, fue -de fijo- ese desacostumbrado darse las buenas noches. El peregrino milagrosamente se había curado y a estas alturas del Camino no parecía presentar los mismos problemas que le atribulaban. Lo que sanaba la amistad. Y si algo la tranquilizó a ella fue abrir los ojos y encontrarse sola y desnuda bajo una manta áspera, el peregrino durmiendo del otro lado, en su camastro pero solos los dos en la habitación con las mochilas.
Luego el amigo estaba fuera, en la mesa del desayuno. Un tío muy guapo aunque con algunos kilos de más, un niño mono. Hablando de mitos y gozos urobóricos para comenzar con energía la mañana. ¡Uy! Y cuanto cinismo. Echaron a andar y ella no va nada convencida. La promesa le parece que sigue en pie. Se detiene. Saca el saco de los arcanos y de él extrae al Demonio Rider con su pentagrama invertido. Y ya sabe de quién va acompañada. Ahora lo único que queda por decidir es en qué punto del Camino sus caminos se bifurcan. Ella tiene firmes intenciones de despacharlo en cuanto pueda, pronto. Por lo menos al jodido demonio. No lo quiere más con ella. Rechaza los apegos insatisfactorios de la carne, no quiere saber nada de tejer otros tantos lazos con la potencia diabólica, Un peregrino en el Camino, uno nuevo que comienza, otro que no sabe si será capaz de hacerse amigo de la mochila, Estos, con experiencia, ella desde Roncesvalles, y él, de raigambre, desde Saint-Jean-Pied-de-Port, le aseguran que no debe preocuparse, que es cuestión de días, que a medida que estos sucedan se entenderá con ella mejor. El peregrino es un niño -piensa ella.
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Desayunando, en una cafetería imponente, balcones y el sol dando en sombras doradas en las mesas, en las que se estremecen las ramas temblorosas de algún árbol que se vigoriza al sol, un olor a bollería recién salida del horno, a jugos de naranja, a café.
¡Oh María, lo que tú necesitas es un alguien que te proteja!
- Ya tengo alguiens que me protegen, peregrino.
No, pero yo a lo que me refiero es a que necesitas a alguien que se preocupe por ti.
- ¡Peregrino! Te repito que tengo lo que quiero.
Donde ella se olvida de la botella de agua y el peregrino del ‘pearcing’ sale a devolvérsela y donde ellos no saben aún que se convertirán en dos de esos amigos imborrables del Camino, el Indio y él, y aún falta por encontrarse con algunos de los mejores. Pero ahí es donde la familia del Camino comienza a formarse.
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Atravesando Hospital de Órbigo, el peregrino la pone al día de lo sucedido en ese albergue ayer, cuando llegaron unos, empujando un carrito de la compra. De Puertollano.
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Si por este oído le entra lo que le va diciendo, por el otro le sale. Harta necesita un descanso y se suma a la música. ¡Haces que se vaya la melancolía! ¡Me devuelves de nuevo a la vida! … Te quería como a lo inalcanzable (Amaral)
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Villarejo de Órbigo
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Santibañez de Valdeiglesias. Iglesia de la Trinidad.
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<<La tarde y la noche pasadas pesan en mi cabeza y en mi corazón.
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Me proveo de música y echo a andar mucho más rápido que él. Y es que suena ‘Resurección’ de Amaral y me da alas. Alcanzo Santibáñez de Valdeiglesias. Pero ahora es una nana, Lullaby, la de The Cure, lo que escucho y como es una nana, me detengo a darle un beso; aunque no quiere detenerse, apenas…
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<<’be still be calm / be quiet now / my precious boy / don’t struggle like that / or I will only / love you more>>
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Algo estallará en mi interior y correré más que nunca. No importa que casi todo sea cuesta arriba, en continuo ascenso. En ese momento no. No me fatigaré. Como poseída iba por la música. El Monte de Colomba, encinas, castaños y robles. Encontraré un lugar mágico donde detenerme. Esperando dejarlo ir. Luego me dirá: <<María, ¿a la velocidad que ibas… te dio tiempo a ver a la oveja muerta? >>. Para mí era un hito. Ese era su terreno>>.
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Y allá que se fue él, ella tumbada en la hierba. La peregrina tranquiliza sus pasos tras suyo, no tiene ninguna intención de detenerse, y pierde el tiempo en buscar una aproximación a Astorga, con tal de no asomar por el Camino. Al final, donde el Crucero de Santo Toribio sucedió una cosa curiosa, que por ahí se guarda. El Indio la espera. Y andan juntos hasta San Justo de la Vega, donde ellos se detienen, los australianos y la madrileña no, y él fuma tabaco de liar.
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Luego es cuando se echan al Camino y la polaca va delante, y el peregrino le hace ver, que encomiable es peregrinar así, y la mujer por lo menos va sola y sin conversación se anda más descansada. Eso sí, anda con un rictus de sufrimiento que le embellece la sonrisa, porque los brazos dan los pasos por los pies, sobre las muletas. Y se produce el encuentro con el francés de las cerezas, y él sí es como lo que una se espera de un terapeuta del corazón. Y eso debe ser alguna frontera, y luego el esfuerzo de las vías, y luego…
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<<Íbamos hablando de algo muy íntimo, algo suyo, muy suyo, cuando Navarra se detuvo al lado de aquel hombre que nos ofreció cerezas de su bolsa. Tomé cuatro y estaban muy sabrosas, muy dulces. El hombre era un francés de pelo adorablemente blanco y de él se desprendía algo muy agradable. A la sombra de una construcción, en el suelo mismo, le dijo a Navarra que había tenido que subirse en un tren hasta León, que su pie no estaba bien, el tobillo… y que cómo era posible que con el Sol que soportábamos él, un caballero, no abriera su paraguas para mí. Navarra respondió: <<Tienes toda la razón del mundo. Ahora mismo>> – y se dispuso a abrir, por fin, el paraguas. Pensé: ¡Oh Dios mío! ¿no me hará entrar así en Astorga? ¡Así que entraste en Astorga bajo palio! -exclamaría Antonio luego, al regreso de mi viaje…. Lo peor, además del exceso de calor, del que ciertamente nos protegía su paraguas, fueron las cuestas o la exagerada cuesta que da acceso a la ciudad. Habíamos cruzado la vía del ferrocarril para entrar en Astorga por la travesía de Minerva y la calle puerta del Sol. Sentí, de nuevo, como la antigua lesión, alojada en el soleo, despertaba, y como estaba al borde de la rotura de fibras. Forcé en aquel empinamiento del Camino… por acoplarme otra vez a su paso. Así que cuando se ofreció a acompañarme, de esa misma guisa, a correos…>>
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Ingredientes del Cocido Maragato
Garbanzos, patatas y verduras.
Sopa de fideos que puede ser tan espesa que se mantiene derecho el tenedor que en ella se clave.
De postre el roscón maragato y las natillas, seguido de una “queimada” para entonar.
Caminando de regreso al Hotel Guadí.
Vista desde el balcón del Hotel Gaudí.
- EL PEREGRINO GRAU -
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http://www.youtube.com/user/Daniel1Merlin#p/u
“Un paseo por ‘Las Médulas’ (nueva versión)
El Valle del Silencio – Peñalba de Santiago (León, España)
Ir pensándose estas posibilidades de acercamiento antes de la etapa maragata, luego llegaremos a la comarca del Bierzo.
Aldous Huxley, la experiencia visionaria, 1961 (Fragmento)
¿Cuál es la naturaleza de la experiencia visionaria?
LA LUZ
Creo que el máximo común denominador de todas estas experiencias es el factor de la luz. Puede haber tanto luz mala como luz buena. En ‘el paraíso perdido’, Milton habla de la iluminación del infierno, que describe como la oscuridad visible. Esta, creo yo, es una descripción psicológica muy buena de ese tipo de luz siniestra que en ocasiones ven los visionarios, y creo que es la luz que ven muchos esquizofrénicos.
En el libro de la doctora Séchehaye, “diario de un esquizofrénico”, su paciente describe con precisión la terrible luz en que vive: es una especie de luz infernal, es una luz semejante al brillo que hay dentro de una fábrica, el malévolo brillo de la luz eléctrica resplandeciendo sobre las máquinas. Pero por otra parte, los que tienen una experiencia positiva dicen que esta luz es de una belleza y significado increíbles.
La experiencia luminosa positiva puede dividirse, pienso, en dos tipos principales. Existe la experiencia de lo que podría llamarse la luz indiferenciada, una experiencia de simple luz, de que todo se encuentre inundado de luz. Y también la experiencia pe la luz diferenciada; es decir, de objetos, gente, paisajes que parecen estar impregnados de luz y brillar con luz propia. En general creo que se puede decir que la experiencia de la luz indiferenciada tiende a ser la experiencia asociada con la experiencia mística total. Creo que se puede definir la experiencia mística de una manera bastante simple diciendo que es la experiencia en que se trasciende la relación sujeto-objeto y en la cual hay un sentimiento de complete solidaridad entre el sujeto y otros seres humanos y con el universo en general. También hay un sentimiento de lo que podríamos llamar la corrección última del universo; a pesar del dolor, a pesar de la muerte, a pesar de todos los horrores que continúan teniendo lugar alrededor de nosotros, este universo está bien de alguna manera y hay una comprensión directa de frases como las que encontramos, por ejemplo, en el Libro de Job; frases que, en nuestro estado ordinario, ciertamente no podemos comprender. Me refiero a cuando Job dice: «Sí, aunque me asesine, aun así seguiré confiando en Él». Esto resulta incomprensible a nuestro nivel biológico ordinario y, no obstante, se hace perfectamente comprensible a nivel místico, incluso a nivel de misticismo provocado. También hay otro rasgo muy característico en la experiencia mística: el sentimiento de gratitud inmensa, una intensa gratitud por el privilegio de estar vivo en un universo tan extraordinario como éste, tan maravilloso en su conjunto. Una vez más encontramos frases de la literatura mística que son totalmente incomprensibles al nivel biológico ordinario y cotidiano pero que se hacen completamente comprensibles a nivel místico y visionario. Por ejemplo, hay una frase de William Blake en la que se dice: «La gratitud es el Paraíso mismo». ¿Qué significa ésto? Resulta muy difícil de imaginarlo en nuestro estado mental ordinario, pero se hace perfectamente claro en condiciones místicas tanto espontáneas como provocadas: la gratitud es el Paraíso mismo, la gratitud es intensa y la verdadera experiencia de la gratitud tiene una calidad reconfortante v gozosa que se encuentra más allá de las palabras. La experiencia luminosa está descrita una y otra vez en la literatura religiosa. Después de todo, los casos más célebres (la experiencia luminosa de San Pablo en la ruta de Damasco; la tremenda explosión de luz que despertó a Mahoma, haciéndole desmayarse a causa de su intensidad; la experiencia de tremenda luz que describió Plotino tres o cuatro veces en su vida) los encontramos una y otra vez en la literatura. Y no se piensa que estas experiencias luminosas están reservadas a hombres y mujeres excepcionales y notabilísimos; no lo están. Gran número de personas ordinarias las han tenido; este es uno de los grandes méritos del libro más reciente del profesor Raynor C. Johnson, Watcher on the Hills (Observador en las colinas); que recopila gran número de casos de personas perfectamente ordinarias que han tenido la tremenda experiencia de la luz indiferenciada. Si se me permite citar una carta que recibí hace poco de un corresponsal anónimo, diré que se trata de una mujer de unos sesenta años que me decía haber tenido una experiencia cuando era niña que le había afectado a lo largo de toda su vida. Decía «Tenía unos quince años o dieciséis, me encontraba en la cocina haciendo tostadas para el té y, súbitamente, en una oscura tarde noviembre, todo el lugar se inundó de luz y durante un minuto estuve sumergida en ella y tuve el sentimiento de que, de una manera inexpresable, el universo se encontraba bien. Esto me ha afectado para el resto de mi vida; he perdido todo temor a la muerte; tengo pasión por la luz pero no tengo miedo alguno de la muerte, porque esta experiencia luminosa ha sido una especie de convicción de que en cierto modo todo está bien para mí.» Estas experiencias son relativamente comunes; muchas más personas de lo que se supone las tienen; me refiero a que vivimos en un período en que a la gente no le gusta hablar de estas experiencias. Si se tienen estas experiencias, uno mantiene la boca cerrada por miedo de que le digan que se vaya a ver a un psicoanalista. En el pasado, cuando se consideraban creíbles las visiones, la gente hablaba de ellas. Lógicamente corrían un riesgo considerable. puesto que la mayoría de las visiones del pasado eran consideradas como inspiración del demonio; pero si se tenía la suerte de convencer a los semejantes de que la visión era divina, se conseguía un crédito considerable. Ahora bien, la situación ha cambiado y la gente ya no quiere hablar de estas cosas. Este es el valor, diría yo, del reciente trabajo del profesor Maslow sobre lo que él llama experiencias clímax. Está recopilando gran número de casos de este tipo de experiencias y asegura a sus estudiantes que no los va a considerar locos si le hablan de estas cosas. y dice que resulta sorprendente ver qué número de ellos han tenido esta clase de experiencias. Esto es todo por lo que respecta a la luz indiferenciada y permítaseme señalar aquí un hecho interesante. Creo que puede decirse que en todas las religiones, tanto primitivas como desarrolladas, la luz es una especie de símbolo divino predominante; pero lo que resulta interesante es que el símbolo está basado en un hecho psicológico: que la luz del mundo. la luz interior, la iluminación, la clara luz del vacío de la literatura budista, son símbolos; pero también son hechos psicológicos Esta experiencia luminosa cuasi-sensorial es algo que han tenido muchas (creo que podríamos decir todas) religiones y que se ha convertido en… el símbolo primario. De la luz indiferenciada pasamos a la luz diferenciada es decir, la luz contenida en los objetos, la luz que brilla en las cosas y la gente. Al nivel más simple es una especie de geometría luminosa viviente. Aquí hay algo sumamente interesante. Creo que también en este caso podemos decir que ciertos símbolos están basados en hechos psicológicos. Por ejemplo los mandalas de la India, por los que se interesó tanto el difunto Dr. Jung. También estos, creo yo, están basados en hechos psicológicos. En lo que podríamos llamar estadios tempranos de la experiencia visionaria se ven, con los ojos cerrados, objetos que son exactamente iguales a los mandalas. Estas construcciones altamente simbólicas se encuentran basadas, una vez más, en experiencias psicológicas inmediatas. Por supuesto, más allá de estas hay todo tipo de experiencias visionarias más reales y naturales; experiencias de arquitecturas, de paisajes, de figuras. Resulta interesante encontrarse con que, una y otra vez, en las descripciones de experiencias visonarias volvemos a hallar descritos los mismos elementos; por ejemplo, en el libro de Heinrich Klüver acerca del peyote, en el que hace un resumen de la mayoría del material publicado sobre el tema hasta la fecha en que él escribió su libro. Volvemos a encontrar incesantemente esta descripción de paisajes y edificios con incrustaciones de gemas. Las puertas y las ventanas se encuentran rodeadas de joyas, todo el mundo del paisaje está lleno de lo que Ezequiel llama las piedras de fuego. Estas descripciones, lógicamente se asemejan muy de cerca a las descripciones de paraísos, mundos póstumos y tierras de ensueño que pueden encontrarse en todas las tradiciones del mundo… Creo que resulta importante señalar aquí una vez más que existe una base psicológica para gran cantidad de material que se puede encontrar en la literatura tradicional de la religión y el folklore.