Vigesimo cuarta jornada: CACABELOS – O CEBREIRO

2009 Agosto 7
by mx7652o

(por reconstruir)

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- 4651 – Después de Villafranca del Bierzo (o – i – de la condición peregrina del peregrino de Astorga)

- 4004 – Del paso por Vega de Valcarce (LEÓN)

- 4051 – De las conexiones de algunos momentos

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11 comentarios dejar un →
  1. 2009 Agosto 7
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO PEREGRINO QUE HE COMENZADO A LEER HOY…

    La salida se hace en subida y por el arcén de la carretera hasta Pieros, donde repuse agua en la fuente. Desde Pieros quedan aproximadamente otros dos quilómetros de arcén en subida. Era agradable ver los prados verdes existentes a la izquierda. Había vacas y ovejas paciendo tranquilamente. Hay que tener especial cuidado en este trecho de 4 quilómetros.

    Por un camino carretero, a la derecha de la carretera, se sale de este pequeño castigo que representa para el caminante el asfalto y la proximidad a los vehículos de motor. Nada más empezar el camino es posible observar a la derecha el taller de un maestro escultor de piedra. Estaba cerrado pero me impresionaran algunas de sus obras que se podían ver desde la valla.

    Me encontraba cansado y el calor era importante, aunque en este tramo mejoró decidí darme un respiro y descansar profundamente en un hostal donde encontrará tranquilidad. Con estos pensamientos llegue a la entrada de Villafranca. El albergue municipal estaba nada más entrar, a la derecha del camino. Tenía muy buena pinta. Un poco más allá está la iglesia de Santiago, de estilo románico con una magnífica portada del Perdón. Esta iglesia tiene un privilegio del papa Calixto III que concedió a los peregrinos enfermos o impedidos que pasaran por la puerta la misma indulgencia y favores que si hubieran llegado a la mismísima Compostela. Estaba cerrada y no pude sellar.

    También me impresionó el castillo de los marqueses de Villafranca. No se puede visitar al tener carácter privado. Por la calles empinadas me dirigí a la plaza donde encontré el Hostal San Francisco. Rápidamente me duche y bajé a comer al Bar Sevilla. Eran las 4 de la tarde cuando me lancé a una reparadora siesta sobre sábanas.

    Cuando quise despertar eran las 8 de la tarde y empezaba a anochecer. Me dolían las piernas y no tenía muchas ganas de moverme. Estuve un rato pensando que hacer, si seguir aquí hasta mañana o bajar a dar una vuelta. Me decidí por la segunda. Así que recorrí el pueblo hasta la salida para conocer el recorrido de mañana. La gente estaba paseando en una tarde muy agradable. Vi varios peregrinos en las terrazas de los bares de la plaza dando cuenta de su cena y de unas magníficas cervezas.

    No tardé más de media hora en mi recorrido y me aposente en una mesa a degustar un vocka con naranja y posteriormente una pizza. A las 10 estaba de nuevo en la cama plácidamente dormido. Fue una jornada corta pero el cansancio acumulado y el estado de ánimo la convirtió en un día agotador.
    Kilómetros 22,4

    A las siete de la mañana me despertó el reloj sin que me hubiera despertado ni una sola vez. Recogí la ropa que tenía tendida y baje a degustar un desayuno que me aportara las fuerzas necesarias para una nueva jornada. En las calles había poca gente y no coincidí con ningún peregrino. Así recorrí las calles hasta que atravesé el puente sobre el Burbia y posteriormente por una carreterita secundaria llegue al andadero de suelo amarillo, que sería mi acompañante en los próximos 10 kilómetros. Este andadero da seguridad al peregrino pero le machaca los pies, ya bastante dañados. Durante este recorrido se va pegado a la autovía y se puede observar la gran infraestructura que se desarrollo para juntar Galicia con Castilla-León de una manera rápida. Hay algunos viaductos que son impresionantes por su altura. En un par de horas llegué a Pereje donde paré a tomar café con un brasileño en el único bar abierto. Son muy bellos los castaños que hay antes de entrar en el pueblo. Enseguida continué el paseo, siempre en ligero ascenso, por este valle. El río Valcarce fue mi acompañante hasta las Herrerías. Su murmullo era agradable y me integraba en la naturaleza. Los árboles, la luz, el aire y el cielo desprendían belleza a raudales, la primavera estaba en su apogeo. Es un placer caminar en días así, sin prisas y disfrutando de las pequeñas cosas que están a nuestro paso. A las once llegué a Trabadelo donde cruce el río por un puente y me dispuse a un apetitoso bocata de jamón, llevaba 12 kilómetros y todavía quedaban unas cuantas horas. Despacio y meditando en el recorrido fui avanzando por los pequeños pueblos de La Portela y Ambasmestas. En este compré unas postales y aproveche para escribirlas. Hoy me lo estaba tomando sin prisas. A la 1 llegue a Ruitelán. Volví a parar a tomar una cerveza en la casa rural que se encuentra en la entrada del pueblo, antes de cruzar el río. Es fantástica y ante la amabilidad del camarero decidí parar un poco más y comer. Era el único comensal en esa preciosa casa llena de detalles y buen gusto. Una buena ensalada, un filete, café y copita de pacharán me dieron poco ánimo para continuar y si muchos amarres para no moverme, pero tenía que llegar a Cebreiro. Como buen peregrino me puse en marcha a eso de las tres de la tarde. Al poco rato pude ver el desvío de la carretera que adentra en el camino a la Faba. Recuerdo que me encontré un gran rebaño de ovejas que me impedían el paso, poco antes de iniciarse la subida. Los perros me ayudaron en el adelantamiento. Uno de ellos se puso delante de mi e iba repartiendo gruñidos a las ovejas para que apartaran, las cuales obedecían al momento. Magníficos perros pastores. Nada más adelantar al rebaño y tras una curva cerrada a la izquierda se inicia la verdadera subida. Son unos tres quilómetros hasta la Faba que quitan el aliento a cualquiera. Las piedras estaban húmedas y había bastante barro junto con las boñigas de las vacas que se mezclaba, creando una pasta bastante desagradable pero perfectamente comprensible en un paraje como aquel. El camino va rodeado de árboles y poco a poco se nota el ascenso y se puede apreciar en algún momento que Ruitelan se queda en el fondo del valle. Subí con fluidez aunque llegué sudando a la puerta del nuevo albergue de la Faba, donde aproveche para reposar y hablar un rato con un agricultor del pueblo que me dio una clase maestra sobre su huerta. Al salir del pueblo encontré sentados en la protección de la última casa del pueblo a una matrimonio de Alicante con los que volví a entablar conversación. Ella se asfixiaba en la subida y necesitaba recuperar el resuello. El era miembro de la Asociación del Camino de Alicante y me proporcionó información del camino que allí se inicia. Con tanto entusiasmo me hablaba que le pedí información del mismo. Con paso tranquilo y acompañado de esta pareja emprendí la marcha de los últimos 5 quilómetros. La subida se suaviza y se convierte en algunos tramos en sendero. Aquí los árboles desaparecen y se aprecian en su plenitud las hermosas montañas verdes y redondeadas. Es impresionante el paisaje y merece la pena pararse a disfrutarlo. Eran pasadas las 7 de la tarde cuando llegué al Cebreiro. Allí paré a visitar la iglesia de Santa María. Este pueblo surgió como refugio de peregrinos en el siglo IX, pero es en 1072 cuando Alfonso VI delega en los monjes de la abadía de San Gerard d’Aurillac el hospital y se construyó una abadía. El lugar alcanzó una gran fama. En 1487 la abadía fue anexionada a Cluny, pasando a depender de los benedictinos de Valladolid hasta su expulsión en 1854, consecuencia de la desamortización. La iglesia de Santa María, de estructura prerromana, pertenece a los siglos IX y X. En ella se nota la influencia del arte asturiano. Se guarda en ella la talla románica del siglo XII de Santa María la Real, así como el cáliz del famoso milagro del Cebreiro. El milagro dice que en el siglo XIV, un vecino del pueblo de Barxamaior, sube a oír misa al Cebreiro un día de copiosa nevada. El fraile, que era de poca fe, no aprecia el sacrificio del labriego. Pero, en el momento de la consagración, la hostia se convierte en carne y el vino en sangre. Los Reyes Católicos, peregrinos en 1486, conocen el milagro y donan el relicario que se exhibe junto al cáliz en el templo. Me aposenté en el albergue y tras una ducha reparadora, fui a cenar a la Taberna Celta, donde me trataron a cuerpo de rey. Con el cansancio en el cuerpo a las 9 y media estaba en la cama repasando esta espléndida etapa, una de las más bonitas de mi camino. Kilómetros 30,0

    http://aig02.blogia.com/

  2. 2009 Agosto 8
    La hospitalaria Enlace permanente


    DEL DIARIO DE MONTSE, QUE ME ESTÁ ENCANTADO… TANTOS AVATARES DE UN CAMINO Y PARA UN CAMINO… TANTA POESÍA INTERIOR EN ELLA… LITERATURIZADO AL CATALÁN…

    paramos a desayunar por segunda vez en un pueblo llamado Cacabelos. A partir de ahí me sorprende gratamente encontrarme de nuevo con camino de verdad: viñas y árboles frutales: manzanos y perales, cerezos, nogales…

    Caminamos juntos en silencio. En mi cabeza, arremolinándose las emociones pasadas, presentes y aun las futuras… mi imaginación no tiene límites y echaba de menos cosas que había dejado a medias, y pensaba en cómo se iban a desenvolver, predecía, hacía juicios, y echaba aún de menos cosa que jamás han ocurrido, mientras mis ojos se llenaban de verde y de azul. Los acontecimientos pasados, en mi caso, siempre tienen que ver con paisajes vividos o imaginados, pero siempre entrañables.Los paisajes inundan mis ojos y mi mente se desborda: casas pequeñas, el día a día de las personas que puedan habitar en ellas… como en una novela por inventar, nunca leída pero siempre leída. Aquello que jamás sabré escribir, aquello que jamás sabré describir, aunque me gustaría tanto…

    El presente, andar los caminos junto a Joan S. El futuro, la voluntad de seguir haciéndolo por el camino real, la vida. Y en medio del pasado, del presente y del futuro, todo lo vivido en los últimos días y el trabajo,y los chicos y los amigos y la familia y todo en concreto y nada en concreto.

    Y llegando al albergue, una ducha muy rápida. Y el pelo hecho un desastre, pero deberá aguantar. No hay agua caliente y me pregunto quien es el guapo que se va a lavar la cabeza con agua fría. Yo no. Hoy no. Por la tarde, pequeña siesta en la que, en sueños, se me mezclan el camino y mis amigos de internet, así como animales exóticos, como ñús azules, avestruces brillantes, hipopótamos y elefantes de colores, que representa que eran el producto de algo que habíamos fumado, mientras many bailaba con una de las chicas de León. Me despierta el sonido de la melodía de un minuetto. Era un móvil en la vida real. Despierto, pues, y me doy cuenta de que mi sueño ha sido realmente buñueliano. Hace muchos años vi una película: “El discreto encanto de la burguesía”, donde algunos animales se paseaban por delante de la cama de alguien. Debo de estar muy malita :)) y además, debe hacer como 25 años que no me “fumo” nada que no sea un triste malboro ligth, así pues… mis paranoias oníricas son dignas de figurar en encilopedia.

    Camino del puebo, para visitarlo, me hincho a comer moras, bajo un sol precioso que se ha dignado salir sólo para mí. O eso imagino yo y a mi me basta. Paseo por el pueblo, merienda-cena y vuelta al albergue. Mañana hay que subir a “O Cebreiro”. Ya estoy metida de lleno. Me apetece. Mis pies responden, por el momento. ¡Ya era hora!

    10-09-02

    Villafranca del Bierzo – O’Cebreiro
    32 km
    Ha costado y ha sido una etapa muy dura. Fue una pena no llevar una grabadora para ir registrando todos mis pensamientos porque más tarde ya no es posible describirlos.

    Joan S. llevó el peso todo el rato. Yo solamente llevaba los sacos y los polares, que no pesan nada. Mis pies han llegado al albergue con un inicio de alergia de la que tanto conozco ya, pero no me importa, porque solamente quedan dos días para caminar y , vamos, ¡no creo que en dos días vaya a morirme por una alergia!

    Realmente, no es lo mismo caminar en primavera o en otoño que en verano. Si bien no es “pleno verano”, se nota que todavía hay mucha gente que está de vacaciones. El camino es más anónimo, se encuentran peregrinos jóvenes, pequeños grupos en bicicleta, muchos hombres solos, alguna que otra mujer sola, algunas parejas… pero al haber más gente, cada uno va a su aire y no encontramos la comunicación de otras veces.

    La pena de esta etapa es que los primeros 15 km son de asfalto, por carretera, aunque el paisaje que te va envolviendo no tiene desperdicio. Una vez en O’Cebreiro, después de una ducha con agua caliente, donde puedo finalmente lavarme el pelo, después de tomar queso con miel y una cerveza en “la casa celta”, un rinconcito de privilegio, me siento en un banco de piedra, muy cerca del albergue, mientras el capi duerme la siesta.

    Allí, cuaderno y pluma en mano, me despacho a gusto con lo que veo. Cuando releo lo que he escrito me siento algo simplona, como si estuviera escribiendo una redacción para la escuela, pero no me importa, es lo que siento y es exactamente lo que os transmito:

    Ha sido una preciosa putada, subir hasta aquí. Preciosa porque la vista y el espíritu se colman de todo aquello que la ciudad y la vida cotidiana no nos puede ofrecer, o no nos ofrece tan directamente. Y “putada” porque es todo subida y subida y subida… ¡un buen ejercicio cardiovascular, por lo menos!

    Contemplo lo que me rodea, a los cuatro vientos, y descubro que el paisaje no es más que un conjunto de dibujitos de párvulos. Diviso montañas verdes-verdes, pintadas con los colores de las cajitas “Alpino” o “Staedtler” de mi infancia. Los caminitos son marrón claro con las orillas marrón oscuro, tal como yo pintaba los mapas en mi época de primaria. Los retazos de los campos arados tienen todos los tonos de la cajita, toda la gama entre el amarillo y el marrón: ocres, beis, marrón claro, marrón oscuro, naranja claro, naranja tostado… las manchas de castaños y nogales abarcan desde el verde pálido, casi amarillo hasta el verde oscuro, casi negro. Las tonalidades del azul del cielo, con pinceladas blancas y azules más oscuras, son bonitos cromos de colección Elgorriaga – yo sigo en mi primaria- las carreteras, viéndolas así de lejos, se me antojan cintas de un negro brillante o de un gris plateado, serpenteando relucientes y cada coche que pasa se me figura un brillante, una lentejuela móvil…las flores que surgen espontáneamente entre la hierba parecen clavadas en el suelo, como si alguien hubiera estado antes que yo y me las hubiera clavado una por una para que yo pudiera disfrutarlas… hay flores de color lila, azul, amarillo, blanco…

    En eso estoy, inocentemente atrapada por colores, formas y texturas, intentando pensar lo maravilloso que podría ser saber describir realmente lo que veo, intentando pensar por un momento si sería capaz de plasmarlo todo en una tela, intentando ordenar, en mi cabeza, la cajita de colores: blanco, amarillo pálido, amarillo oscuro, naranja, rosa, rojo, granate, lila, azul pálido, azul oscuro, verde pálido, verde oscuro, marrón claro, marrón oscuro, gris claro, gris oscuro, negro, intentando emborracharme con los colores que veo, con los colores que imagino, con el carrusel de energía que gira en torno a mi, tocando las flores, sintiendo la brisa en mi pelo, cogiendo el cuaderno, dejando el cuaderno, cogiendo la pluma, dejando la pluma, sintiendo la hierba bajo mis pies, en una palabra… feliz.

    Entonces llega Joan S. y me despierta de mi ensueño. Volvemos al pueblo. El día anterior fue la fiesta del santo patrono (y no me pregunten cual es ese santo, porque no me acuerdo)… desde luego, como periodista sería un verdadero desastre. Me interesa solamente aquello que me llega directamente, aquello que toca las fibras de mi interior. Los datos no me importan. Como en la canción de Luís Eduardo Aute “dejemos los datos, seamos un cuerpo enamorado”…

    El día anterior, día de las fiestas del patrón, hubo 34.000 personas congregadas en un pueblo de diez o doce casas contadas… El párroco nos cuenta que tuvo que hacer una misa cada hora durante dos días para que todo el mundo pudiera acceder a ella.

    Nos divierte observar cómo limpian la pequeña iglesia: a golpe de “karcher”, con agua a presión (talmente como el capi limpia el Swing)… los bancos están fuera de sitio y se limpian paredes y suelo a la vez. Entramos para que nos pongan el sello en la credencial y salimos con los pies llenos de barro y polvo (así quedó la iglesia con el tema de la fiesta)… es curioso…

    Compro unos pendientes y unos pins en forma de brujitas, en la tienda de souvenirs, cual turista total y absoluta, para mis amigas… me ha costado encontrar algo, pero me resultan graciosas, esas brujitas. La chica que me los vende me cuenta que llevaban dos días sin agua, por la coña de las fiestas, así que finalmente tengo que agradecer a los dioses el hecho de haber decidido llegar hoy en lugar de ayer, ¡qué cosas!

    http://laltreblogdelarare.blogspot.com/

  3. 2009 Agosto 9
    María Camino Enlace permanente

    DE LAS VIVENCIAS DE WILLIAM RAMOS….

    Es el paso de Castilla hasta Galicia… etapa muy bonita… muy dura… 28 kilometros y con la subida mas pronunciada de todo el camino… Todos salimos disparejos ese dia, la Argentina se fue alante, luego los muchachos y por ultimo yo y la Italiana… Me acompano en el desayuno y luego unos kilometros mas, ya que tenia que esperar a una amiga de ella que se iban a encontrar en la parada de autobuses… el camino lo emprendi solo… y me cayo bastante bien.. aunque como siempre, nunca estas solo, siempre estas viendo mas y mas peregrinos, vas hablando con cada uno, conociendo… etc… En los pueblos, vas conociendo gente, siempre daba la casualidad que conocia muchas personas en los pueblos, mayormente personas adultas… A unos 15 kilometros desde Villafranca, se empiezan a ver muchos rios alrededor del camino, algunos solamente para pesca, otros balnearios comunes… decidi meterme en uno, como en una de las etapas anteriores, ya que hacia mucho calor, mucho sol… Me sambulli, luego me quede un rato y al tiempo empeze a caminar nuevamente… Otro bano revitalizador… el agua estaba tan fria, que servia de terapia para mi pie, que a veces se me hinchaba con las caminatas… Recuerdo en esas etapas primero la mochila se me rompe… por el peso que llevaba y por que era muy pequena… Una senora desde una casa me dice que pase, que ella podia cosermela… Asi fue, me cosio la mochila y encima me brindo comida… Luego segui caminando y en una area de descanso me pare y conoci un senor ya mayor… estuvimos hablando y cuando le dije que era Dominicano, le causo mucha impreion, ya que el decia que le encantaba mi pais, por su gente y que en una ocasion vino… Me invito tambien a un bar y nos tomamos unas cervezas… Luego antes de la subida del Cebreiro… habia un grupo de discapacitados, tenian una actividad y habia una senora llevando a un chico en sillas de ruedas… entonces habia que pasarlo por un sitio y ella no podia… decidir ayudarla…y ayude al chico a levantarse y pase la silla al otro lado… comenze a hablar con la senora y le comente que en Madrid estuve de voluntario con ninos de Sindrome de down, autistas, etc… me pidio que me quedara un rato en la activida y asi lo hize.. Luego estaban todos trayendome bizcochos, refrescos, cosa que no acepte ya que al momento pense como; ya esta bueno.. hoy dia se han pasado ayudandome.. todo el mundo tenia algo que darme… decidi quedarme un rato mas compartiendo y luego me marche, todo los discapacitados me voceaban.. que me quedara, que no me vaya etc… Pero se me hacia tarde y aun quedaban 6 kilometros de subida… Mientras iba subiendo, conoci un senor que cuidaba vacos… estaba tirado en la hierba durmiendo junto a las vacas, dio un gran salto cuando me vio… Ahi es cuando vi por primera ves las famosas vacas gallegas… me pregunto que si iba a subir hasta el cebreiro y le dije que si… me acompano… queria que lo ayudara con las vacas jeje… me invito a pasarle la mano a las vacas y ver lo mansas que eran… lo ayude con las vacas y ibamos hablando y al mismo tiempo haciendo mover las vacas… luego de unos kilometros de subida el se desviaba y yo seguia… Antes de llegar al cebreiro a unos 2 kms, habia otro pueblo… decidi quedarme ahi ya que me senti muy cansado… para grata sorpresa, ahi estaba Ann Marie, la senora de Surafrica que me queria muchisimo… -William, se sorprendio al verme.. – no has comido? ahi hay cena para ti… a lo que me quede viendola… muchas gracias… hasta la cena de ese dia… no tuve que preocuparme por nada, todo fue en bandeja de plata… le comenze a contar lo que me habia pasado, con la senora de la mochila, el senor mayor y los discapacitados, estaban todos riendose, gozando con mis cuentos… Ahi fue cuando conoci al Mr Michael… Un actor de Hollywood que hacia el camino… Un Miticaso… a actuado en varias peliculas de Hollywood, pero ahora habia parado, ya que solo se dedicaba a hacer teatro en contra de Bush… Increible persona Mr Michael Garvey… Aun nos escribimos… he visto sus ultimas producciones de teatro ” The leatters Against Bush ” Increible persona… Luego se nos invito a una especie de misa a todos… donde algunos empezaron a cantar, otros a hablar, a contar experiencias… todo maravilloso… como una hermandad.. como si nos conocieramos de antanos…
    De las etapas que recuerdo con mas intensidad… ese dia emprendi el camino bien temprano y fue en donde pude encontrar el mayor reto de soledad… Dicen que ninguna persona puede ser capaz de descubrirse asi mismo sino es con un silencio profundo… Pues diria que esa etapa me marco en ese sentido… Me vi mas de 2 horas acompanado solamente de montanas, de todo el verdor de Galicia y una muy suave lluvia que me rociaba… En ese momento vislumbri un poco mi futuro… pense en todas las cosas que queria hacer… todas las metas que me he propuesto, hacia donde queria ir en la vida…Intente ver como se veia mi vida con mas de 30 anos.. se puede decir que el camino y la soledad me ayudaban a decifrar un poco mi futuro… Me sentia vivo con esa soledad… y esa pequena lluvia que me mojaba me transmitia energia… Aun no habia llegado hasta la cima del cebreiro, restaban unos kilometros.. pero la verdad fue muy agradable… pense en tantas cosas… conecte con Dios…. lo unico que pedia para mi futuro era no ser una persona comun… y tratar de aportar algo a la humanidad, en lo que sea que decida… Luego de mi subida hasta el cebreiro, estuve un largo rato apreciando el valle a lo que se sumaban mas de 5 guaguas de turistas tomando fotos y tambien admirando el paisaje… Entre a una pequena tienda y compre un t-shirt del camino…

    http://porsiempreperegrino.blogspot.com/

  4. 2009 Agosto 11
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO DE DOS QUE ATRAVESARON UN OCÉANO EN POS DE LA RUTA MILENARIA…

    Seguimos el camino, algunos tramos por agradables y polvorientos senderos vecinales, y otros por el arcén de la N-VI. Pasamos por una moderna estación de servicio sobre la ruta y al poco rato entramos en Villafranca del Bierzo

    Es mediodía, comienza a sentirse el calor. Nos sentamos a la sombra a beber un poco de agua y nos turnamos en la cola del albergue que abre media hora más tarde. Finalmente entramos, conseguimos cama y una espléndida ducha. Luego del baño, y del obligado lavado de ropa, sellamos nuestras credenciales y salimos a recorrer la ciudad. Villafranca del Bierzo reconforta al peregrino apenas este pone sus pies en el pueblo. Con sus estrechas callejuelas empedradas, sus plazas, un castillo, una ermita, un monasterio, tres iglesias, y su colegiata, Villafranca tiene un aire peregrino como muy pocos pueblos del camino. Creo que para ambos fue amor a primera vista.
    La villa, revitalizada por las repoblaciones de Francos en el siglo XI, dió origen a un pequeño burgo, que un siglo más tarde recibiría a la orden de Clunny, la cual, en el año 1120 fundaría un priorato en el actual edificio de la colegiata. Apenas entrar a la ciudad el peregrino se encuentra con el moderno y agradable albergue del pueblo. Un par de calles más abajo (la villa está construida en la ladera de una colina) nos encontramos con la austera y encantadora Iglesia de Santiago, de estilo románico y con su famosa puerta del perdón. El papa Calixto III concedía a aquellos peregrinos que por enfermedad no pudieran continuar hasta Compostela y atravesaran dicha puerta, los mismos favores e indulgencias que a aquellos que conseguían llegar hasta la ciudad Santa. Junto a la iglesia de Santiago, se encuentran los restos de unos de los hospitales de peregrinos más antiguos del camino.

    Apenas bajar la pendiente, de la calle que da entrada al pueblo, nos encontramos con un sólido castillo del siglo XIV. El cual servía como último bastión antes del ingresar a tierras Gallegas. Seguimos descendiendo por una intrincada red de callejuelas, pasamos junto a la Iglesia de San Francisco, bastante más grande, barroca, y reciente que la de Santiago, y finalmente desembocamos en la plaza de la antigua Colegiata de Santa María, hoy convertida en lujoso hotel. De allí desembocamos en la plaza de los peregrinos, donde se amontonan varios bares y fondas de la ciudad (y como no, también hay un bar “Peregrino”), y por supuesto también los peregrinos. Almorzamos unas pizzas y melones con jamón, terminamos unas cervecitas, y volvimos al refugio a probar los colchones por un rato.A las seis (más o menos), nos levantamos de la reparadora siestecilla y salimos a recorrer la villa, esta vez munidos de nuestras cámaras fotográficas. Paseamos, compramos algunos churros -que ya habían atraído nuestra atención en Saint Jean-, fotografiamos buena parte de la villa, compramos algunos cosas en la farmacia de la plaza, despachamos los churros y volvemos al albergue donde nos entretenemos un rato conversando con otros peregrinos. Finalmente todos se fueron a dormir y yo me quedé en el balcón del albergue escribiendo estas notas que cada vez me llevan más tiempo. Cuando quise acordarme eran las 11:00 y me habián cerrado la puerta de la habitación que daba al balcón, así que tuve que entrar por el balcón de otra habitación -bajo la mirada asombrada y divertida de un grupo de peregrinas que allí pernoctaban- y de ahí pasarme a la mía. Me trepé a la cucheta y descubrí, atónito, que había un tipo que roncaba más que yo. Tardé casi una hora en dormirme, con la satisfacción de saber que al otro día no sería el único culpable de los desvelos de mis compañeros de habitación.

    Me despierto, 03:30, esta todo quieto y los ronquidos de Antonio retumban sobre las paredes de la habitación.
    Me despierto, 05:30, ya no se oyen ronquidos. Están todos armando sus mochilas.
    Me despierto, 06:30, me levanto -me bajo en realidad-, despierto a Martín y media hora más tarde retomamos el camino.
    Como no podía ser de otra manera, volvemos a errar la ruta y tenemos que desandar casi un kilómetro hasta retomar la senda para peatones. La anterior, para ciclistas, eran 18 kms. por la ruta hasta la unión de ambos caminos. Los primeros quinientos metros fueron como trepar a una gigantesca duna de arena blanda. Mirábamos hacia arriba y era difícil imaginar otra cosa que no fuera una cabra trepando por ese camino. Al final llegamos a la cima y luego el ascenso continuó pero en forma mucho más leve. El paisaje del valle más abajo, era encantador, las telas de araña a la vera del camino eran gigantescas y los barrancos de varias cuadras de profundidad.

    Continuamos el ascenso por casi una hora más y luego iniciamos un leve descenso de varios kilómetros pasando debajo de algunas líneas de alta tensión que producían un murmullo sordo pero muy audible que ponían bastante nervioso a Martín. Habíamos recorrido doce kilómetros desde VillaFranca y nos detuvimos a desayunar en Trabadelo, eran las 10 de la mañana.

    El último kilómetro antes de Trabadelo es un zigzagueante y abrupto descenso entre piedras sueltas y desparejas. Algunos tramos los hacíamos casi corriendo hasta que en una curva más cerrada que las demás casi seguimos de largo en lo que hubiera sido una rodada de sesenta metros hasta el asfalto de la ruta.
    Retomamos el camino unos minutos después del desayuno, continuamos por casi una hora caminando por el arcén de la carretera, con enormes camiones que nos hacía unos finitos espectaculares. Salimos de la ruta para retomar un antiguo camino en desuso hasta Vega de Valcarce, donde entramos un poco después de mediodía. Fueron 19 kms. totalmente disfrutables y sin contratiempos, aunque a mí me duele un poco el pie izquierdo. Después de llegar, la ducha y el lavado de ropa, el sello en las credenciales, y el almuerzo en un restaurante increíblemente barato: 3 platos + agua, + cerveza + postre, por 1800 pelas. Volvimos al albergue y me acosté a probar el colchón, son las 15:30.

    Me despierto de la siestecilla tres horas más tarde. Martín me comenta que ronqué bastante y me gritaban cosas feas: “¡Bájate de la moto!”, etc.
    Salimos a aprovisionarnos de algunas vituallas, y volvimos al albergue.
    Vega de Valcarce es un pueblito sin demasiado encanto pero bastante simpático. Hoy hay fiesta en el pueblo, y luego de cenar en el mismo restaurante que a mediodía -y tomar otro decepcionante vino del Bierzo que cubriría de oprobio su denominación vinícola-, fuimos un rato a ver las fiestas en la plaza del pueblo.
    En la plaza del pueblo, descubrimos por primera vez a un personaje que nos acompañaría algunas de las siguientes jornadas, al cual Martín bautizó como el “peregrino gasolero ”, que parecía funcionar a vino (esto vendría a confirmar la pintoresca teoría de Antonio “…de que luego el alcohol se transforma en azúcar y marchas de maravillas…”) y que protagonizaría algunos incidentes más tarde.

    Había baile, bombillas de colores colgadas por aquí y allá, un grupo de música tocando en un escenario, y una feria con tiro al blanco, ruleta, fulbito, y tejo. Después de dar unas vueltas, vapuleo a Martín en tres partidos de Tejo (5 a 4, 5 a 2, y no juego más), y volvimos al albergue.
    Martín se acuesta, yo me salgo hasta el balconcito del albergue a escribir mis apuntes, y me entretengo mirando a lo lejos sobre una colina vecina, como la luna va asomando sobre las ruinas del castillo de Sarracín.

    Mañana nos espera el ascenso al famoso Cebreiro. Dicen los peregrinos que después de los Pirineos es la etapa más dura del Camino, pero luego de la odisea que nos mandamos desde Saint Jean a Roncesvalles, nos impresiona mas bien poco.
    El albergue es una verdadera porquería. No encontramos a nadie que lo atienda hasta mucho después de haber llegado. Las duchas son bastante apestosas al igual que los baños y las habitaciones y su aspecto en general. En fin, quizás el peor del camino. Pero no lo pasamos nada mal allí y el alberguista que apareció sobre fin de la tarde, tuvo a bien resarcirse (en parte) de su pobre gestión obsequiándome tres postales que tenía intención de comprar -y por la mirada de sorpresa que puso, pareció bastante claro que pocos peregrinos se interesaban en las postales de la localidad-.Me acuesto pasada la medianoche y plancho al toque.

    Nos levantamos mas bien tarde, armamos las mochilas y despachamos el desayuno entre las prisas y ansiedades de ponernos otra vez en camino. Media hora más tarde estábamos sobre el camino, los primeros 3 o cuatro kilómetros fueron un descansado paseo por la comarca atravesando primero Ruitelán y luego Las Herrerías, dos simpáticos y diminutos pueblitos de campaña. La salida de Las Herrerías, nos recibió con el comienzo del ascenso al mítico Cebreiro. Nos cruzamos con un grupo de peregrinas que subían con cierta dificultad. Intercambiamos saludos, algún comentario sobre el lugar y Martín le prestó una rodillera a la que más dificultad parecía tener al caminar.
    El ascenso era bastante empinado, por entre caminos de tierra, pedregosas sendas, y pasos bastante enlodados, fuimos ascendiendo sin detenernos, marchando siempre en la semipenumbra del oquedal de este magnífico bosque gallego. Las famosas “corredoiras” gallegas se caracterizan por sus piedras sueltas y por la tupida maleza que las rodea, no están echas para otra cosa que para marchar a pie, y los pocos cilcistas que intentaron seguirlas tuvieron que dar vuelta a los pocos metros y retomar la ruta.

    Nos tomó casi dos horas y media llegar a la cima del monte, desde allí, el valle, 1600 mts. más abajo parecía sacado de la novela de Gulliver. Finalmente llegamos a un mojón en las alturas que marcaba la frontera en Galicia y León, señalaba el km. 152,5.

    A partir de ese momento y casi hasta llegar a Santiago, encontraríamos uno de esos mojones cada quinientos metros. Algo así como un kilómetro y medio después, a las 10:45 de la mañana, entramos al famoso pueblo.

    Casas con paredes en piedra, techos de pizarra, encaramado en lo más alto del monte, con increíbles vistas del valle a lo lejos. Se nota lo reciente de las construcciones, aunque todas han sido restauradas de acuerdo a su diseño original, asi que a pesar de la lustrosa y pulida piedra que predomina por doquier, el pueblo mantiene un aire peregrino y medieval que nos fascinó al instante. Es sin dudas uno de los sitios más carismáticos del Camino. Tiene su propia leyenda del milagro de la eucaristía, ocurrido hace más de siete siglos, donde el vino volvió a convertirse en la sangre de Cristo. El cáliz del milagro es conservado en la Iglesia del Pueblo, donde ha permanecido siempre desde entonces y de donde no han podido llevárselo, ni siquiera la reina Isabel la Católica. El albergue es moderno y está muy bien ubicado en uno de los extremos del pueblo, aunque las duchas dejan bastante que desear. Un detalle es que estamos casi sin pelas y hasta la etapa de mañana no vamos a conseguir cambio.

    Al llegar a Cebreiro pedimos una par de bocadillos en una hostería a pocos metros de la Iglesia, nos sirvieron dos gloriosos sandwiches de pan de campaña, jamón serrano y queso de cabra, que junto a dos latas de coca completaron el almuerzo. Volvimos al albergue, conseguimos cama, nos duchamos, sellamos nuestras credenciales y salimos a recorrer el lugar y tomar algunas fotos. Luego de la siesta, limpiamos las cámaras, visitamos la Iglesia, la casa (palloza) de Bilbo, compramos algunas postales y la cena en un almacén del pueblo. Luego de la cena (sardinas, ensalada california, agua mineral, y de postre unos pistachos y lo que nos quedaba del chocolate comprado en Los Arcos), un cigarrito mirando el paisaje del valle y a escribir hasta mañana.

    Cebreiro nos fascinó a los dos (aunque según Martín “… había muchas arañas y una se me prendió de los garrones mientras miraba el paisaje”, en fín, que aprensivo es este muchacho…).

    http://ultreiafinisterre.blogspot.com/

  5. 2009 Agosto 17
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO DE JUAN MIGUEL GRAU, PEREGRINO DE MIAMI…

    Me levanté temprano para comenzar esta etapa de 25.6 Kms, con un fuerte ascenso al final, llegando a La Faba. Amaneció soleado y con una excelente temperatura para caminar. Dejé a Sandra y Besnd aún durmiendo y me despedí de Villafranca del Bierzo.

    Me encontré llegando a La Portela a María, una peregrina española muy agradable y buena compañera para caminar. Me comentó que ya era hora de regresar a casa para ella y que ésta sería su última etapa del Camino. Me dio mucha tristeza tener que despedirmos. Buen Camino María.

    En Ruitelán. Capilla de San Froilán. Ubicada sobre una pequeña cueva natural, de estilo románico popular.

    Empezando un fuerte ascenso hacia La Faba.

    Llegando al “Albergue de Peregrinos de La Faba” me llevé la linda sorpresa de encontrarme con Carmen la valenciana, a quien no veía en los últimos días y Aaron, el peregrino del Canadá.

    Después de la cena, fui con Carmen y otros peregrinos a la Iglesia del albergue, donde rezamos y cantamos en varios idiomas. Me llevé la sorpresa de volverme a encontrar con Mercedes, quien llegó al albergue bastante tarde y le tocó dormir en el coro de la iglesia. Más tarde acompañé a Carmen a cenar al Bar La Faba, el único bar restaurante del pueblo. Me retiré a dormir a la 10:00 PM rezandole a Dios por un buen día mañana, pues es una etapa de fuertes ascensos, empezando por la subida a O Cebreiro, entrando a Galicia.

    El Camino es como la vida,

    Comienzas a caminar,

    No sabes lo que te encuentras,

    Ni donde vas a llegar,

    Y aunque tu sueño sea llegar,

    No tengas vergüenza si caes,

    Lo bello y hermoso es

    Compartir el caminar.

    Me levanté temprano y antes de salir de este lindo pueblo situado en la frontera entre Lugo y León, en lo alto de las montañas, fui al Bar La Faba a desayunar y agarrar energías para el fuerte ascenso que me espera.

    Estas montañas lucenses evocan sin duda tiempos remotos; hace más de 2,000 años aquí vivían tríbus como la de los Zoelas, y pasaron dejando su huella las legiones de Roma. Por su situación estratégica este macizo fue conquistado por Augusto, de igual modo fue escenario de milagros universales, como el del Santo Grial de O Cebreiro, y ha sido testigo de guerras como la carlista o la ocupación francesa durante la guerra de la Independencia. Da cobijo dentro de sus lindes a especies emblemáticas como el urogallo o el oso pardo, y su arquitectura antiquísima cuenta con un fiel reflejo en la pallozas, peculiares casas ovaladas coronadas por techos de paja.
    Crucero que le da la bienvenida al peregrino llegando a la aldea de O Cebreiro, situado entre las zonas de Ancares y O Courel.

    Santuario de Santa María La Real.

    Este monasterio de monjes, alcanza fama universal en el siglo XIV con el Santo Milagro: “Mientras un monje celebraba misa en la capilla, un feligrés del vecino pueblo de Barxamaior asciende al Cebreiro en un día de grandes tempestades para oír la Santa Misa. El monje, hombre de poca fe, menosprecia el sacrificio del aldeano y en el momento de la Consagración el monje ve como la Ostia se convierte en carne sobre la Patena y el cáliz en sangre”. Fueron los Reyes Católicos, en el año 1486, quienes después de contemplar el Milagro, donaron el relicario guardándose el milagro hasta nuestros días. El templo prerrománico donde se conserva el Milagroso Prodigio, fue reconstruido en varias ocasiones, siendo la última restauración en el año 1962. El Cáliz y la Patena, son afamadas piezas del románico, especialmente el Santo Grial Gallego, que preside el escudo de Galicia y cuya leyenda se extiende por toda Europa. También guarda en su interior una talla románica de Santa María la Real, Virgen del Santo Milagro. Y los sepulcros del monje y del aldeano, así como una rústica capilla dedicada a San Benito.

    Oración de Santa María La Real (O Cebreiro)

    Oh María, Madre de Dios y madre nuestra: A ti acudo con singular confianza y con el espíritu con que tantos hijos tuyos te veneran en el santuario de O Cebreiro, bajo la advocación de Santa María La Real.

    Pongo en tus manos cuanto soy y cuanto poseo, imploro tu misericordia y me apoyo en tu mediación para impregnar toda mi vida de sentido cristiano siendo hijo fiel de la Iglesia, difusor de su doctrina y, en particular, ejemplo de fe y de amor hacia Jesús presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

    Concédeme la gracia que te pido para que así pueda alcanzar la dicha en esta vida y la eterna bienaventuranza.

    Amén.

    http://www.juanmiguelgrau.com/camino_de_santiago

  6. 2009 Agosto 19
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO DE ZODIACO, QUE PARECE QUE ESTÁ SUPERANDO LA ENFERMEDAD QUE LE HA SOMETIDO EN ESTE TRAMO DE SU CAMINO…

    Los cuatro peregrinos hacemos juntos el resto de la jornada, aunque el joven belga que va acompañado de una belga de mayor edad suele ir muy por delante. Ésta nos cuenta que es la tutora del joven en el viaje que están haciendo desde Le Puy hasta Santiago (1500km) para que el joven salde las deudas que tiene con la justicia de su país. Allí tienen la opción de ir al Camino de Santiago cuando son jóvenes en vez de ingresar en prisión, de donde suelen salir peor que cuando entraron. Nos cuenta que reciben una cantidad de dinero diaria del gobierno para cubrir los gastos, y que al regresar a casa se organiza una fiesta con la familia del que “cumple condena” y la de su tutor. Según nos cuenta es un acto más importante para el joven que para el tutor.

    Tras caminar junto a unos campos de vides, sobre las cinco de la tarde llegamos entre una niebla espesa al albergue privado Ave Fénix de Jesús Jato, uno de los hospitaleros más célebres del Camino de Santiago. Comenta Paulo Coelho en un artículo que Jesús le encontró durmiendo en una cueva cuando el famoso escritor realizaba la etapa entre Villafranca y O Cebreiro. El albergue hace honor a su nombre: resurgió de las cenizas tras ser quemado por los vecinos, quienes creían que Jesús Jato era un brujo. En él vamos a pasar la Nochevieja ocho peregrinos más cuatro personas relacionadas con el albergue. Hay dos peregrinos australianos (uno de ellos sordomudo) y uno de Valladolid. Sidonie, francesa, la conocí hace unos días y viene andando desde Viena (creo que partió hace tres meses). También están los dos belgas, Santiago y yo. Por otro lado, tenemos a Jesús Jato (dueño), Braulio (hospitalero del barrio del Carmen de Valencia), Carlos (escultor en madera sobre iconografía jacobea y trabajador del albergue) y Valeri, un ruso que fue hospitalero aquí y que está muy bebido (creo que es un “sin techo”). A las ocho y media hacemos una cena en familia (invita Jato): garbanzos con patatas, pollo (estaba dentro de la estufa en papel de aluminio) y botillo del Bierzo (es algo de carne). El joven belga está bebiendo ron con cola y me sirve un vaso. También tenemos vinos y cavas. Estamos en la mesa hasta que llega el momento de tomar las uvas pues no hay otro lugar donde estar sino en la cama; fuera hace mucho frío. El sordomudo y el joven belga ya están acostados mientras que Valeri no las toma. En la televisión del albergue vemos las campanadas mientras las comemos tanto españoles como extranjeros que lo hacen por primera vez (Australia, Francia, Bélgica). De esta forma acabo el año 2007 en el Camino de Santiago, algo que no me hubiese esperado jamás, pero como se suele decir: nunca se sabe…

    De Villafranca del Bierzo se puede decir que cuenta con la Puerta del Perdón, lugar donde los peregrinos enfermos e impedidos para continuar reciben el jubileo de la misma forma que si hubiesen llegado a la tumba del Apóstol (fue concedido en el siglo XV por Calixto III y continúa vigente). No está a más de un minuto andando del refugio donde hemos pasado la noche. Le digo a Jesús Jato que tengo la credencial llena y me da una nueva y me pone el primer sello del año. Nos despedimos de la gente y abandonamos el albergue los primeros (aunque a las diez) con la intención de ascender a O Cebreiro. Braulio nos ha dado su teléfono para que le llamemos si tenemos algún problema. No hay más peregrinos que vayan a intentar alcanzar hoy los 1297m de altitud de O Cebreiro (a veintiocho kilómetros de distancia) de los que partimos hoy aquí (505m), se van a tomar una jornada reposada. Nosotros nos ponemos las pilas dejando atrás el Castillo de los Marqueses de Villafranca (siglo XVI), muy cercano al albergue.

    Hoy me encuentro animado por primera vez. Ayer fue el último día que tomé el jarabe del médico y en el presente día ya parece que ha pasado todo pero por si acaso continúo bebiendo agua embotellada. El reto de entrar el primer día del año por primera vez en Galicia (O´Cebreiro es el primer pueblo gallego) me motiva, sobre todo porque es una de las dos subidas más duras del Camino de Santiago (la otra es Foncebadón-Manjarín). Los primeros diez kilómetros caminamos por el arcén (a modo de acera amarilla) de una gran carretera (N-VI) pero que al ser año nuevo está vacía. Nos plantamos en Trabadello, donde entramos en el increíble albergue (parece una casa). Más adelante comemos en un parador de turismo rural (yo una tortilla francesa con pan de hogaza y él un menú). Pasamos por Portela, Ambasmestas, Ambascasas y Vega de Valcarce antes de comenzar la verdadera ascensión en Ruitelán.

    En un primer tramo ascendemos hasta un pueblo llamado la Faba, desde el cual continuamos subiendo hasta Laguna de Castilla, último pueblo de Castilla y León. La subida continúa mientras que Santiago va cediendo ante el cansancio y cada vez camina más lento. Me comentó que nunca anda, lleva una vida sedentaria de oficina, por lo que acusa más el esfuerzo que yo (a decir verdad no estoy cansado). Me detengo multitud de veces a esperar a que me alcance o se aproxime a mí. A las seis menos diez de la tarde (ya medio anocheciendo) alcanzamos una especie de monumento o hito que nos indica que entramos en Galicia. Aún nos queda un poco hasta alcanzar ya de noche O´Cebreiro. Entramos en una iglesia turística llamada Santa María la Real, en la que hay una pila bautismal con monedas. Vamos a una tienda de recuerdos y luego al albergue, que es muy amplio y gratuito al ser de la Xunta (aunque en principio desde hoy cuestan tres euros). En él dormimos ambos y un peregrino francés que está haciendo el Camino en bicicleta y que anoche ya durmió aquí. La hospitalera nos dice que los días 31dic/1enero son los únicos en los que está permitido pasar dos noches en un albergue (la excepción es estar enfermo). Estamos mucho rato bajo la caliente agua de la ducha antes de ir al bar del lugar para tomar un caliente caldo de Berza (el francés nos lo ha recomendado). No tardamos mucho en irnos a dormir acabando así la primera jornada del año. Durante la noche nieva, por lo que me alegro de haber ascendido hoy, ya que mañana deberán ascender el O´Cebreiro nevado los que pasaron la Nochevieja con nosotros, y eso hubiese sido un contratiempo de cara a llegar a Santiago de Compostela a tiempo.

    http://zodiaco.madteam.net/relatos/2008-01/dia-21:-31-12-07:-ponferrada-%E2%80%93-villafranca-del-bie/

  7. 2009 Agosto 19
    La hospitalaria Enlace permanente

    Año Santo Compostelano.
    A UNOS 600.000 PASOS (1)
    Por Juan José Alonso Escalona

    Miércoles 13 de agosto: Cacabelos-Villafranca del Bierzo-Vega de Valcarce
    Son las 6 de la mañana; la atmósfera se presenta transparente y luminosa. La ropa, tendida en el alféizar de la ventana, aún está húmeda.
    No había dormido más de cinco horas, pero después de la ducha, me encontré sin pizca de sueño.
    A veces pienso que es un milagro que ni siquiera se me hayan hecho ampollas en los pies. Mi estado físico era de lo mejor; me sentía joven y optimista.
    Con la mochila a cuestas, bajé la escalera.
    En el vestíbulo se encontraba un muchacho joven, que me atendió con respeto y cariño. Le pedí la cuenta y me preguntó si iba a desayunar. Me quedé un poco extrañado, ya que normalmente antes de las siete me ha sido difícil encontrar a alguien que me ayude.
    Acepté y me dijo: siéntese en la Cafetería, y desayune tranquilo; eso es lo importante. Para pagar siempre hay tiempo. Me sirvió un desayuno completo, zumo de naranja incluido.
    Cuando salí a la calle de los Peregrinos, pasada la Parroquia de Nuestra Señora de la Plaza, a quien saludé quitándome el sombrero y haciendo una comunión espiritual, enseguida me topé con el puente que cruza el río Cua.
    Prada me había hablado muy bien de este paraje junto al puente y, a la vista de él, yo diría que se quedó corto.
    El Camino sigue por la carretera, por lo que crucé a la cuneta de la izquierda. A las 7,40 pasaba por delante de Pieros y, no viendo nada que me pudiera interesar, continué andando.
    A unos 2 km ya se divisa Villafranca, encaramada en una ladera montañosa y, enseguida, aparece un mojón indicando: A Villafranca 2,5 kilómetros.
    Seguí la pista que conduce al alto del Burgo medieval, entre nuevas edificaciones, que el asentamiento de nuevas familias ha realizado.
    A la izquierda queda el Castillo-Palacio, que presenta enormes cubos ovalados en sus esquinas y que, según me dijeron, pertenece a la familia Álvarez de Toledo.
    Mi deseo era llegar cuanto antes a la Puerta del Perdón. Esto suponía algo así como alcanzar una Gracia especialísima, reservada a los peregrinos de todos los tiempos.
    Levantando la mirada del suelo, a mi derecha estaba la corta pero empinada subida a la Iglesia de Santiago. Antes de pensarlo ya estaba en la Puerta, pero se encontraba cerrada. Estaba yo solo. Di una vuelta alrededor de la Iglesia; es maravillosa. Pequeña joya románica del s.XII, erigida por D. Fernando, Obispo de Astorga, en el 1186. Se encuentra en muy buen estado y su reconstrucción ha seguido fielmente las pautas histórico-artísticas de este monumento. Su mayor interés reside en la portada septentrional, que se conoce como la Puerta del Perdón. Por ella entraban los peregrinos, imposibilitados de continuar hasta Compostela, y en este Santuario podían beneficiarse de las mismas gracias, mediante la Confesión de sus culpas y la recepción de la Eucaristía.
    Mientras venían a abrir la iglesia me dediqué a examinar detenidamente sus cuatro arquivoltas y su profusa decoración escultórica.
    Me acerqué al Cementerio, anejo a la Iglesia; recé por mis familiares, amigos y principalmente por Merche, que en ese día se cumplían los 42 meses de su muerte.
    Entré en el Albergue, improvisado albergue de peregrinos por iniciativa de la familia Jato, que lo atiende gratuitamente. Lo han acondicionado con plásticos y maderas en un antiguo invernadero de su propiedad.
    Me ofrecieron café, un tomate ecológico y agua fresca. Me sellaron la Credencial y me despidieron con el saludo de Buen Camino. Mientras ya había venido la joven que cuida de la Iglesia. En la Puerta del Perdón, en ese momento, estaríamos unas diez personas, de las cuales el único peregrino, con pinta de peregrino, era yo. Los demás habían llegado en coche y en plan turístico.
    Es triste que la joven encargada no diera ninguna explicación a los visitantes; tan solo se acomodó delante de una mesa sobre la que se ofrecían tarjetas postales, libros y recuerdos de Villafranca.
    Recé ante el Cristo bizantino y el Apóstol Santiago y, encomendándome a mi Ángel de la Guarda, bajé al centro de la población para admirar sus palacios y casas blasonadas mientras recorría la calle del Agua -vía de los Concheiros-. Merece destacarse la Colegiata de Santa María del s.XVI de la escuela de Gil de Hontañón; la Iglesia de la Anunciada del 1606, en la que se encuentra el Panteón de Los Osorio; y el hospital de Santiago, único superviviente de los cinco que se tiene noticia.
    Cruzado el puente sobre el río Burbia llegué al final de la calle. A la derecha sube un camino muy empinado, que dice ser el de los francos, y va por la serranía. Siguiendo por la calzada, ésta me conduciría a la N-VI.
    En la Guía no se aclaraba cuál de las dos rutas era la mejor, y decidí seguir por la carretera.
    Llegado que hube al cruce con la N-VI, la mayor dificultad que encontré fue el intenso tráfico de camiones y turismos; principalmente por ser de doble sentido y que, inmediato al cruce se encuentra la salida de un túnel. Esto me dificultó y obligó a circular por la cuneta de la derecha con el peligro de ser arrollado.
    Al existir múltiples curvas, debía esperar una recta que coincidiera con menos tráfico y me permitiera cruzar al otro lado sin grave riesgo. Creo que esta operación me llevó cerca de una hora. Logrado esto, ya podía empezar a recrearme en el paisaje, muy bello, mientras a mi izquierda sentía el armonioso murmullo del río Valcarce. Durante 11 kilómetros fue mi inseparable compañero de viaje.
    Un cartel anunciaba Pereje; consultada la Guía y ver que no ofrecía otra cosa que ser coto truchero, recuperé mi ritmo y continué adelante.
    En Trabadelo, me acerqué a un Hostal en el que pedí un bote de Aquarius; me indicaron que lo sacara en la máquina de la entrada. Dejando la mochila, adquirí un bote. Estaba helado; me senté en una mesa para degustarlo despacio y relajarme de la tensión del camino.
    Este descanso me compensó un poco del agotamiento que traía. Hasta ese momento llevaba recorridos más de 8 Km por una de las carreteras de mayor densidad de tráfico. Consumí un segundo bote y me puse de nuevo en camino.
    En unos cincuenta minutos llegué a Portela, enclavado en este paraje de gran vegetación y arbolado; por mitad de la población pasa el río Valcarce. Todos estos pueblos son muy idóneos para disfrutar de unas vacaciones y fines de semana.
    En cinco minutos más, recuperé la serenidad al torcer el Camino por una comarcal a la izquierda, en dirección a Vega de Valcarce. Fue como entrar en el Paraíso; sin coches, escuchando el acompasado ruido de mis pasos y el acariciante murmullo del río.
    Todo esto acontece en el PK 419 de la N-VI, que sigue por el moderno y gran Viaducto, construido para salvar el valle.
    Al pasar por Ambasmestas, justo al lado de la fuente del Peregrino, donde invitaban a sellar la Credencial y ofrecían bordones, me encontré con Fernando Guerrero. Le costó un poco reconocerme. No era de extrañar por la pinta que traía.
    Nos parecía increíble que en un punto tan apartado de las vías principales de comunicación, en un valle escondido y, de forma tan imprevista, fuéramos a encontrarnos.
    Cuántas batallas libramos juntos, impulsados por nuestra fe con cuánto ardor y entrega, tanto en la Campaña del 60º Aniversario de la Consagración de España al Sagrado Corazón como en la defensa de la Familia, de la Vida, etc.
    Le encontré bastante más mayor, y supongo que a él le pasaría igual conmigo, ya que debía hacer del orden de unos doce años que no nos veíamos.
    Estaba de vacaciones con su hija y nietos, que no dejaban de tirarle del pantalón para irse a comer. Nos dimos un fuerte abrazo y le prometí tenerle presente ante el Apóstol.
    Antes de llegar al final de mi etapa encontré un Albergue que tenían el menú del Peregrino. Como ya eran las 14,30 h. entré a comer.
    La verdad es que el servicio deja mucho que desear y es una pena, porque el sitio es bonito y no se come mal, pero se presta más atención a los jóvenes del pueblo, que vienen en plan de alterne, que al cansado peregrino.
    Al entrar en Vega de Valcarce enseguida vi, en el mismo puente, un cartel que decía:Pensión Fernández y decidí hospedarme en ella.
    Llamé y, por la ventana, una señora me preguntó qué quería. Al ver que era peregrino, me abrió la puerta y me pidió que subiera por la escalera.
    Arriba me esperaba y me enseñó la habitación y el cuarto de baño, que estaba enfrente. Me pareció bien y le dije que primero me iba a duchar y luego descansaría un rato.
    Me comentó que más tarde la encontraría sentada en el banco de la entrada, tomando el fresco y ya hablaríamos.
    Vega de Valcarce es la capital del Valle, en plenos Ancares leoneses. Estas son tierras prehistóricas comunicadas por calzada romana.
    Vega de Valcarce surgió a la vera de dos castillos: a la derecha del río, el de Castro Sarracín, de los siglos XIV-XV, si bien su origen se remonta a fines del X; al otro lado, se encuentran los vestigios del de Castro de Veiga. Ambos castillos se recuerdan cargados de misteriosas leyendas, entroncadas con la tradición celta.
    Es Vega mercado en los Ancares, especialmente cuando se aíslan las aldeas y se hace difícil la supervivencia en las pallozas.
    Bajé sobre las seis de la tarde. La encontré, tal y como había dicho, sentada en el banco de la entrada. Me hizo muchas preguntas y al enterarse de que enviudé, hacía poco, se mostró muy compasiva y dio rienda suelta a sus problemas. Acababa de salir de una depresión y aún no se encontraba curada del todo.
    Vino una hija suya, acompañada del yerno. Me presentó y amenizamos la conversación. Su hija trabaja en una Funeraria y el yerno la ayudaba. Parecía que les iba bastante bien. Yo les dejé en animada charla y subí al Albergue a saludar a los peregrinos.
    Esa tarde me encontraba optimista y como a los del Albergue les encontré un tanto tristones, me dediqué a contar anécdotas e historias, que les hicieron reír a carcajadas. Me decían que lo que más admiraban en mí era verme siempre alegre y como si acabara de empezar el Camino, por dura que fuera la etapa y en el punto en que me encontraran.
    Desde donde estábamos se divisaba, sobre un altozano, el Castillo. Me puse en pie y dije que, para hacer tiempo, iba a visitar los castillos. La carcajada fue general.
    Con esa alegría les dejé y me fui a la Parroquia, que queda muy cerca del Albergue. Allí había un corrillo de señoras dialogando con el Párroco. Saludé y pregunté a qué hora había Misa. El Párroco, un tanto sorprendido, dijo que no iba a estar diciendo Misa a todas horas.
    Me disculpé y entré a hacer un poco de oración. Entró luego él y trató de justificarse diciendo que, si en lugar de ser yo sólo hubiera habido más personas, entonces no le hubiera importado celebrar una Misa. Yo le dije que no se preocupara y que me encomendara en la primera Misa que celebrase.
    Salí y me fui hacia la Pensión. La señora me había avisado que ella, antes, daba también comidas, pero que desde que se quedó sola y ver que sus hijos no querían saber nada de la Pensión, tan solo ofrecía alojamiento. Por esta razón me dirigí a un bar de la Plaza y allí consumí un poco de cecina con pan y vino.
    Todavía estuve un largo rato, sentado en la puerta de la Fonda, contemplando cómo la espesura de los bosques iba cerrándose con la obscuridad de la noche; mientras recé el Rosario.

    Jueves 14 de agosto: Vega de Valcarce-O Cebreiro-Alto do Poio
    Creo que esa noche soñé con alguna de las leyendas medievales del Castro Sarracín y, sobre todo, con la dureza de la etapa que debía realizar al día siguiente.
    Me desperté, como siempre, a las 5,45 h. Sin pereza me duché, aseé y acondicioné bien mi mochila. Me esperaban 10 kilómetros de dura ascensión.
    A las seis y media cruzaba el puente sobre el Valcarce. Me detuve para echar un último vistazo sobre el pueblo.
    Aún no había amanecido y el cierzo se empezaba a despegar de la superficie del río. Al contemplar tanta belleza mi alma estalló en una acción de gracias al Creador. ¡Todas su obras son maravillosas!
    Hacía frío y al observar que la cafetería-pastelería de la carretera estaba abierta, me dirigí hacia ella y dejando mi mochila en el exterior, me introduje en el establecimiento.
    Como me extrañó encontrar a una hora tan temprana un servicio de hostelería abierto, lo comenté con la dueña. Ella me aclaró que, siempre que ve peregrinos en el Albergue o por el pueblo, procura abrir pronto, porque sabe que madrugamos mucho.
    Pedí chocolate con ensaimada y un vaso de leche fría. Compré dos botellitas de agua y, agradeciéndole su gentileza, me dispuse a emprender mi ascensión con brío y coraje.
    Al salir saludé a cuatro peregrinos que también habían venido a cargar sus pilas. ¡Buen Camino!
    Como a unos veinte minutos pasé por Ruitelán, que conserva una modesta pero encantadora Iglesia románica de ábside rectangular, de gran tradición hispánica, que debe pertenecer a finales del siglo XI o principio del XII. Se encuentra nada más cruzar el río.
    Entrando en Herrerías volví a encontrarme con una familia francesa, padres y una hija de unos quince años. Los tres gozaban de una vigorosa salud, y de bastante &laqno;humanidad».
    Iban muy fatigados y, al saludarles, me pidieron que no retrasara mi ritmo, que ellos debían tener presente su condición y que irían haciendo paradas según se lo pidiera el cuerpo. Eran muy simpáticos y les animé con la tan manida frase de lo importante es llegar y añadí: Santiago está sentado y no tiene prisa; hace 20 siglos que nos espera. Les hizo mucha gracia y tomaron el cuaderno para apuntar la frase.
    Al final de Herrerías, en las últimas casas, se dice que estuvo el Hospital de Ingleses. A unos trescientos metros volví a cruzar el río e iniciar, todavía por la comarcal, una pendiente que dudo mucho fuera capaz de superar un coche en primera.
    A mis espaldas oí el resuello de un peregrino joven, que me dio alcance. Me volví para saludarle y poco más pudimos decir, porque necesitábamos toda la ventilación de nuestros pulmones para respirar.
    Como a un kilómetro apareció a la izquierda un sendero, que bajaba al vallecillo. Cruzamos de nuevo el río y empezamos el colosal ascenso por la montaña.
    Le dije al joven peregrino que él fuera a su paso, porque yo no era muy buen escalador. Me lo agradeció y se puso delante.
    A pesar de que todos los días y, de forma especial éste, me rociaba con el spray ahuyenta-insectos, todos los tábanos, moscas y mosquitos de los Ancares arremetían contra mi piel y nada podía hacer para evitarlo. Esto suponía que, además de hincar el bordón en el sitio adecuado, agarrarme con fuerza a los matorrales y buscar el punto de apoyo para no resbalar, debía espantar, constantemente, con la mano que tuviera libre a los enemigos matutinos de cada etapa peregrina.
    El camino, vereda o pista, como se quiera llamar, es más bien una pendiente que, para superarla, hay que escalar.
    Procuraba no mirar hacia arriba, pues tan solo encontraba un camino cerrado por el bosque; en cada recodo esperaba ver alguna claridad, indicadora de haber superado la prueba, pero esto no sucedió hasta bien pasadas dos horas de continua ascensión.
    A la entrada de la Faba, sentado en una roca y vaciando botella tras botella de agua, estaba mi predecesor. Me dijo que tan sólo hacia un cuarto de hora que había llegado. Le pregunté si eso me lo decía para consolarme y, sonriente, me dijo que era la pura verdad. También él había sentido la tentación de pararse y no continuar.
    Despojándome de la mochila, empapada de sudor y no digamos nada de mi camisa y pantalón, saqué mi botellita de agua y empecé a vaciarla.
    Enfrente de donde estábamos había una fuente de fresquísima agua y unos paisanos de la Faba nos indicaron que bebiéramos sin miedo de ella, porque era muy sana y recuperadora. Llené mis botellitas y creo que metí dentro de mi estómago algo así como dos litros. Recuperado pude integrarme en la sorprendente belleza del paraje.

    La Faba es un pueblo, casi como una aldea, cuesta arriba, cuesta abajo, muy de montaña y rodeado de frondosa y verde vegetación. Alguna casa guarda el empaque de mansión-palacio o casa solariega. Precioso; no me importaría vivir en él.

    Cuenta la historia que el Obispo de León, San Froilán, se estableció como eremita por estas tierras ;La Faba y el Cebrero separan León de Galicia, donde se une el cielo y la tierra».

    Ahora, juntos, reemprendímos la subida a Laguna de Castilla. El paisaje se abre ante la ausencia de vegetación.
    Caminamos por una pista de arena y piedra, muy propia de alta montaña. Al llegar a Laguna, coincidimos con la salida de vacas de un establo y que se encaminaron por la misma pista en dirección hacia nosotros. Era evidente que no cabríamos todos, así que nos apartamos como pudimos para dejarlas pasar, pero ni así lo logramos.
    El vaquero nos indicó que no las asustáramos, porque podían darnos una coz. ¡Lo que nos faltaba! Por fin, y con un potente olor a vaca en nuestra ropa, logramos continuar camino arriba.
    A unos seiscientos metros, en una bifurcación, se toma la ruta de la derecha, que se convierte en pista y, enseguida, se encuentra un mojón indicador del kilómetro 152,5, que son los que faltan para Santiago. Muy próxima se halla una gran piedra con el escudo gallego, que señala la entrada en la comunidad a través de la provincia de Lugo.
    El sol ya estaba en pleno cenit y el calor dificultaba más el ascenso; no obstante, como todo esfuerzo tiene su premio, de pronto me encontré en el asfalto de la carretera que circunda O Cebreiro.
    La emoción embargó todo mi ser. Allí estaban las pallozas soñadas; allí estaba la iglesia de Santa María la Real; allí se encontraba el Relicario del Santo Milagro del Cebrero.
    Aún no me lo creía y, sin embargo, ya me encontraba en el interior de la Iglesia, avanzando hacia el Relicario en el que se venera el Cuerpo y la Sangre de Cristo, encerrados en unas ampollas de cristal de roca.
    Caí de rodillas ante el Santo Milagro. No puedo relatar el cruce de sentimientos que embargó mi alma. Lloré y lloré con incontenibles lágrimas de emoción. A sus pies estaba este peregrino, bañado en sudor, aferrado a su bordón, mientras el peso de su mochila le hundía, cada vez más, en el reclinatorio. No sé cuánto tiempo estuve mirando, con los ojos empañados por las lágrimas, el Sagrado Misterio.
    Quise acercarme pero, con gran cariño, un franciscano me pidió que no lo hiciera; podía servir de ejemplo y los demás también lo harían y podía dañarse el relicario. Me dijo que le siguiera hasta la sacristía, para sellarme la Credencial y para que me explicaran el Milagro.
    En la Sacristía estaban dos frailes más; mi acompañante me dejó con ellos. Se interesaron mucho por mi peregrinación. Al verme tan emocionado, uno de ellos me miró al pecho y dijo que había algo en mi persona que le evocaba la imagen de los peregrinos históricos.
    En mi camisa, junto al corazón, llevaba una medalla de Santiago y al cuello la Tau, que me había regalado Luigi en Castrojeriz. Le pedí al franciscano que me aclarara el significado de esta cruz.
    Me dijo que en el Antiguo Testamento fue la señal que los israelitas llevaban en la frente para que el Ángel exterminador no los matara.
    Luego el otro me explicó el Milagro del Grial.
    Les pedí su bendición y ellos, a su vez, me pidieron que les tuviera presentes en el abrazo al Apóstol.
    La Iglesia del Milagro es románica del s. XI sobre fundamentos de otra del s. IX. Tiene planta basilical de tres naves con bóvedas de cañón. La imagen de la Virgen titular es una talla del s. XII.
    En la nave de la derecha se encuentra el Relicario. El franciscano me contó el relato del milagro de la siguiente manera: Por el año 1300, en una mañana de violenta ventisca, llegó a oír Misa un pastor del vecino pueblo de Marxa Major. El monje, que celebraba la Misa, pensó para sus adentros: ¡Será burro, hacer este camino con este tiempo, sólo por un poco de pan y vino! Instantáneamente, las especies eucarísticas se convirtieron en carne y sangre». El hecho fue difundido por todo Europa y, hasta Wagner parece que se inspiró en él para su Parsifal.
    El relicario, consistente en dos ampollas de cristal de roca, y dos estuches de plata para su protección fueron regalados por los Reyes Católicos, durante su peregrinación de 1486.
    Me costaba trabajo apartarme de este acogedor lugar. A la salida de la Iglesia vi a un señor que vendía fruta, hortalizas, huevos y miel. Compré unos higos de hermoso aspecto y, sentándome junto a la carretera, los comí. Luego, continué el Camino.
    Aún cuando los lugareños te animan, diciendo que lo peor ya ha pasado y que, a partir de ahora, se marcha por suaves pendientes, la verdad es que cada suave descenso supone una nueva cima a coronar y esto sobre un cuerpo que ya lleva más de 5 horas de penoso ascenso,

    http://www.biescasvignau.com/03Espanol/07.Trekking/10.CaminoFrances/Diarios/JJ.Alonso.97.03/%2010A.DiariosJuanjo.htm

  8. 2009 Agosto 21
    La hospitalaria Enlace permanente

    DEL DIARIO DE ÁNGEL SILVENTE

    No me gusta en lo que se ha convertido el Camino en las últimas etapas. Hay mucha gente haciéndolo: muchos son turistas, otros son deportistas, algunos no sé ni lo que son, pero quedan muy pocos peregrinos. Antes, ningún caminante te negaba conversación. Ahora los que te devuelven el saludo lo hacen de mala gana. Más que nunca siento la necesidad de hacer mi propio Camino. Y en estos pensamientos encuentro una iglesia. Hacia ya bastantes jornadas que no entraba en ninguna para rezar, hábito que había ido adquiriendo anteriormente y que ahora estaba perdiendo. Este gesto a demás me da independencia sobre los demás y hace que me quede solo.

    Pero un poco más adelante, justo cuando empezaba a llover me encuentro a Juanen peleándose con su capa de agua. Le ayudo a colocárselo y seguimos los dos. Voy muy fuerte. Quizá sea rabia por ver que me estoy perdiendo una experiencia personal única que había estado buscando mucho tiempo. Pronto dejo a Juanen atrás. La lluvia decae, pero después arrecia hasta el final. Muy cerca de Villafranca rebaso a Gonzalo y a Ana. Van bastante mal. Les hubiera acompañado, pero estoy muy cerca del final y conviene que me adelante para buscar refugio.

    El albergue municipal está lleno. No así el Ave Fénix, que es bastante cutre pero que se pilla con ganas. Llueve a cántaros y no es plan de irse a la base de acampada. Este es un refugio bastante curioso. Hasta el último rincón está aprovechado. Hay unas literas muy extrañas, entrecruzadas y con muchos recovecos. El techo tiene goteras. En algunos sitios está perforado totalmente con agujeros recortados en forma de estrella por los que el agua entra que da gusto. Hay muchos trozos de madera por ahí cortados y consigo tapar el agujero con ellos.

    La comida la hacemos en el refugio. Es una buena comida y la siesta mejor. Después Juanen y yo nos vamos a ver Villafranca. Es un pueblo grande y no una ciudad. Eso le da mucho encanto. De aquí es Luis del Olmo. Las casas tienen tejados de pizarra. Hay un montón de iglesias y también un castillo de torres muy peculiares. Junto al albergue del Ave Fénix, o del Jato, está la iglesia de Santiago. Un privilegio del papa Calixto III concedía a los peregrinos enfermos que pasaban por ella los mismos privilegios que tendrían llegando a Santiago. La concesión sigue en pié y aquí se concede la Compostela a todo aquel peregrino que justifique su enfermedad e incapacidad para continuar a Santiago. Villafranca, y el resto del Bierzo, son ya Galicia. Quizá no administrativamente, pero así lo delatan el paisaje, las costumbres e incluso la forma de hablar de la gente.

    El pueblo tiene unas cuestas tremendas y conviene quedarse en las calles de abajo. En una tienda encontramos a Armando. Parece ser que no lo pasó muy bien en la Cruz de Ferro. Está en la base de acampada. Pretende seguir hasta O Cebreiro la jornada siguiente porque quiere anticipar un día su llegada a Santiago. Quedamos en vernos después de hacer las compras, en la misa.

    Pero Armando no aparece en la misa. Juanen y Gonzalo, que ha bajado al fin, suben al albergue. Yo me voy a buscar a Armando a la base de acampada. Quiero despedirme de él y desearle suerte de corazón para que llegue bien a Santiago. Pero no le encuentro por ninguna parte, así que al final subo yo también al refugio. Ya va siendo hora de cenar y de acostarse.

    Villafranca del Bierzo – Ruitelán

    Día 23
    8 de Agosto
    20,6 km.

    El estado físico del grupo, en general, no aconseja continuar hasta O Cebreiro. Nada más salir de Villafranca hay una subida muy fuerte y de las más largas del Camino. Además tendríamos que tragarnos la ascensión más mítica y más dura de toda la ruta. Mejor quedarse en Ruitelán. Pocos sabemos que allí hay un refugio, así que seguro que hay poca gente en él.

    Nos levantamos a las seis, pero como llueve esperamos a que pare y retrasamos la salida hasta las ocho. Después no caería más que algún pequeño chaparrón durante el resto del día. Ana y Gonzalo, vaya par de mariquitas, le pagan al Jato para que les suba la mochila hasta Ruitelán y así poder hacer la etapa sin peso.

    La salida de Villafranca es una cuesta de muchísima pendiente que te pilla de improviso. Pero, bueno, las piernas están frescas a estas horas de la mañana. A parte, el ambiente anima mucho. Estamos subiendo las verdes montañas que nos separan de Galicia. Ya queda muy atrás la desoladora llanura de Castilla. Eso sí que te quitaba las ganas de moverte. Ahora es más entretenido. Subes montes, los bajas, sorteas valles. El paisaje cambia continuamente.

    La cuesta nos cunde. Villafranca queda pronto muy abajo y se otean todas las calles del pueblo como a vista de pájaro. En la parte alta, junto al castillo se ve el albergue. Levantando más la mirada, allá en el horizonte se divisan los Montes de León por donde cruzamos un par de jornadas antes y pasamos la Cruz de Ferro. Entonces me invade un sentimiento de cierta pena. Me doy cuenta de que esto se está acabando, de que no hay marcha atrás. Por eso no tengo ningún afán por avanzar demasiado en cada jornada. Hasta ahora no había tenido ese sentimiento. Sólo pensaba en seguir adelante y llegar a Compostela. Y cuando llegue ¿qué?. Me estoy habituando mucho a esta vida y es mejor que la que siempre he tenido. Me siento muy a gusto en mi Camino.

    La ascensión es selectiva y Ana y yo nos volvemos a quedar solos. Creo que ahora nos llevamos incluso mejor que antes. Pronto la rampa disminuye y el camino es una pasarela horizontal por lo alto de lo montes. Sin embargo el paisaje da algo de pena. Los montes están roturados para su aprovechamiento maderero. El valle está muy dañado por las obras de la autovía. Pero también quedan áreas intactas como el bosquete de castaños que enseguida atravesamos. Bajando a Trabadelo hay un menhir justo al lado de la senda. Como en otras ocasiones he mencionado: esto es territorio celta.

    De Trabadelo a La Portela no hay más remedio que seguir la carretera. Me sorprende lo bien que está caminando Ana. Con lo mal que terminó la etapa anterior… Hasta Ruitelán se va por el fondo del valle siguiendo por una carretera estrecha y sin ningún tráfico. El sol sale de vez en cuando y a veces también caen unas gotas. Ahora sí que hay unos bosques espléndidos. Aunque estoy cansado, parece que voy en volandas por lo maravillado que estoy del paisaje. No veía tanta frondosidad desde el Pirineo.

    El albergue de Ruitelán está vacío, como habíamos previsto. El hospitalero es un poco “notas”. A demás pierde aceite por los cuatro costados y habla de forma muy grosera. No me inspira confianza. Al final acabaría cayéndome bastante mal.

    El resto del día pasa sin más. Comida, siesta, cena… Eso sí, como es un refugio pequeño y poco conocido hay muy poca gente. En cierto modo se recupera ese ambiente familiar al que me había acostumbrado en la primera mitad del Camino. Pero pronto hay que acostarse. Mañana es la gran subida a O Cebreiro, de la que tanto se hablaba ya desde Roncesvalles y que a la que tanto todos temían. Pero mañana será también la entrada en Galicia, la tierra del Santo. Al fin Galicia. La última Comunidad Autónoma. Navarra, La Rioja, Castilla y León y al fin Galicia. También será el día en que abandonemos Castilla y sobre todo la interminable provincia de León.

    Ruitelán – Triacastela

    Día 24
    9 de Agosto
    30 km.

    Nuestro objetivo para este día es simple. Llegar a Viduedo. Nos han dicho que allí se puede conseguir una litera por quinientas pesetas. La etapa así no es larga y se puede hacer muy llevadera. No conviene castigar más al personal. Gonzalo sobre todo va un poco hecho polvo. Juanen tiene tendinitis. Ana sin embargo parece estar bien, sobre todo después de la etapa de ayer.

    Pues si bien la etapa debería ser importante, desde luego ninguno pensamos que fuera a ser tan trascendental como lo sería para el resto de ruta y sobre todo para nuestras vidas. Pero no adelantemos acontecimientos.

    Otra vez madrugamos en exceso. La lluvia vuelve a retrasar nuestra salida. Después del desayuno charlamos un rato con el hospitalero. Resulta que era cura, pero no ejercía. También era enfermero, pero tampoco ejercía. Un tipo raro. Como Juanen anda más lento es el primero en salir. Los otros tres lo hacemos unos veinte minutos después. Es todavía de noche. Llueve de forma muy fina, calabobos lo llaman por aquí. Para salir de Ruitelán seguimos la carretera. Pero no se ve nada y no se ven las señales amarillas que marcan la dirección correcta. Subimos y subimos por la carretera. Otros peregrinos también lo hacen. ¿Pero dónde está la famosa senda que sube al Cebreiro? Después de un kilómetro y pico después del último cruce y tras consultar la guía me doy cuenta de que me he equivocado, la senda está más atrás. Hay que retroceder hasta ese cruce para seguir hasta Las Herrerías. Cuando les digo esto a Ana y a Gonzalo me miran con cara como diciendo: “vas fresco si te crees que vamos a dar la vuelta”. No están por la labor de dar marcha atrás para tomar la senda. Al fin y al cabo la carretera también llega. Es más larga, pero con mucha menos pendiente. Así que al final yo opto por bajar a Las Herrerías. Si no hago la subida a O Cebreiro reviento. Ellos dos prefieren seguir por donde iban. Nos debemos ver en O Cebreiro, al final de la subida. Pero no ocurriría así. De hecho no volveríamos a caminar juntos.

    Deshaciendo lo recorrido por carretera veo las luces de Las Herrerías en el fondo del valle, a la derecha. Aunque empieza a amanecer el día es muy oscuro. Encuentro una senda que parece llegar hasta allí. Merece la pena probar. Voy solo y puedo disfrutar de hacer cosas que en el grupo serían puestas en entredicho. A demás puedo caminar al ritmo que quiera, pararme cuando quiera y hablar con quien quiera sin estar pendiente de cómo están los demás.

    La senda es correcta y no tardo en retomar la auténtica ruta. La subida es muy empinada y hay mucho barro, pero eso da igual. Voy entre bosques realmente hermosos. En las laderas del fondo de los valles hay prados de un verde casi fosforescente. Ahora sí que estoy en mi medio. Una enorme sensación de felicidad me llena. Llueve a intervalos intermitentes una lluvia racheada que cae de canto por el viento. Realmente no podría estar en un sitio mejor que aquí. Es la mejor senda de todo el Camino, mucho mejor, incluso, que las sendas de los Pirineos.

    En la ascensión se atraviesan un par de aldeas que parecen de otra época. En la última de León, Laguna, encuentro a Juanen. Queda muy poco para el final de la subida. Un poco después de Laguna hacemos juntos la entrada en la provincia de Lugo. Estamos ya bastante altos. No obstante O Cebreiro está a mil trescientos metros sobre el nivel del mar. Aquí arriba hay poco bosque y predomina el prado. Las montañas ya no nos dan refugio y hace mucho viento. Eso hace que la lluvia fina y helada se meta por todos los rincones del chubasquero. Mojados, con viento y con una temperatura que no estará entre diez y quince grados, la sensación térmica es muy baja.

    No podemos esperar a los demás a la intemperie. La ventisca nos hiela. Vamos al albergue y allí metemos las manos en agua caliente porque están muy entumecidas y duelen. Tras una hora estos no aparecen. Nos llenamos los chubasqueros de periódicos para retener el calor y aprovechando una tregua de la lluvia continuamos.

    http://www.euskalnet.net/diariosdeperegrinos/angel.silvente.htm

  9. 2009 Agosto 23
    María Camino Enlace permanente

    DEL ESCRITOR LUIS YAÑEZ

    Y Villafranca del Bierzo, villa de francos, señorial y monumental, donde el peregrino antes de nada debe visitar la iglesia de Santiago y entrar en ella los Años Jacobeos por la “Puerta del Perdón”, que solamente se abre en esos años, siendo el único punto de todo el Camino de Santiago en el que se concede el “Jubileo” a aquellos peregrinos que por razones de salud no pueden continuar hasta Compostela, este privilegio le fue otorgado en el siglo XII por el Papa Calixto II a la villa de Villafranca del Bierzo, y cuya prerrogativa sigue todavía vigente.
    Muchos otros monumentos se pueden admirar en esta bellísima villa, tales como la Colegiata de Santa María de Cluniaco, románico-cluniacense, el Convento de Santa María de la Anunciada, la iglesia de San Nicolás el Real, el castillo-palacio de los Marqueses de Villafranca, el Palacio de Torquemada, donde pasaba largas temporadas el famoso inquisidor de triste recuerdo Tomás de Torquemada, y la casa del Padre Sarmiento una de las figuras más señera de la Ilustración española del siglo XVII, y la del literato Enrique Gil y Carrasco, autor de la famosa obra “El Señor de Bembibre” que novela las andanzas de este Señor en sus enfrentamientos con el Conde de Lemos por estos pagos, y la fuente del parque coronada por Cauca, la diosa infernal romana, y la calle del Agua, típica del Camino y posiblemente una de las más artísticas y representativas del mismo.

    http://luisyanezabelaira.blogspot.com/2009/05/ponferrada-16-04-2009-presentacion-un.html

  10. 2009 Agosto 24

    DEL DIARIO DE LEON DEGRELLE

    Parto al alba, por un camino de macadán azul, reflejo del aguacero caido.
    Los primeros kilómetros no tienen ningún interés. La tierra aquí es bastante llana. Cientos de obreros iban a la ciudad en ciclomotor. Hacían falta todavía dos horas para llegar a la nueva cadena montañosa (¡a franquear!) y no se avistan aún. No hay más que viñedos a los lados, bonitas cepas verde claro, azuladas por el sulfato decorativo. Delante de mí caminaban dos “sulfatadores” completamente teñidos de verde claro; detrás de ellos, tres mujeres, admirables como columnas, portando un enorme jarrón verde sobre su cabellera. Estas cargas dan a las mujeres un busto perfecto, con caderas ágiles, y un porte de diosas.
    Serpentean bonitos riachuelos con puentes asombrosos, completamente construidos con enormes placas de pizarra. Las casas son con balcones de madera corridos, que se juntan con una alta parra.
    Después, se descarga un nuevo chaparrón, que fue vencido por un pálido sol, y se sucede mi llegada a una pequeña ciudad, anidada entre gigantescos montes verdes y rojos y entre dos ríos saltarines. Los valles son tan cerrados que el principal se llama Valcárcel, el valle-prisión. Es este paisaje, en más grande, bastante parecido al del valle del Ourthe, más árido que el del Semois.
    Villafranca es una ciudad muy linda, un poco del tipo de Montjoie, con todas sus casas (muchas blasonadas) con graciosos balcones corridos, pero, por el contrario, está sembrada de islas místicas, todas las iglesias de la “peregrinación”.
    Aquí, muchos peregrinos llegaban al límite de sus fuerzas. Algunos no eran ya capaces de llegar hasta Santiago. Es por esta causa que se concedían a Villafranca del Bierzo, en favor de los que ya no podían más, los mismos poderes que a Santiago. La “Puerta del Perdón”, que es un admirable pórtico románico de la iglesia de Santiado de aquí, hacía las veces del famoso “Pórtico de la Gloria” de Compostela. ¿Emotiva también, esta piedad, este consuelo para los que no llegarían al final del camino?. . .
    Varias iglesias muy bonitas, ciertamente bien conservadas. En San Francisco, un curioso Cristo en. . . un sepulcro, una hurna completamente de cristal, con un cadáver de un realismo impresionante. Una Virgen. . . también llamativa, puesto que era una imagen de las que se encuentran en un estado interesante: ¡”Nuestra Señora del buen parto”! Grandes recuerdos de Cluny; la Virgen de la Colegiata se llama Nuestra Señora de Crunego, deformación evidente de la palabra Cluny.
    Llueve otra vez. Pero ahora de una manera absolutamente fantástica, ¡furiosa! ¿Qué voy a hacer estos días si continúa lloviendo así? A pesar de ésto, muchas pulgas. Mi estado general es bueno. Mi espíritu está laxo. Siento un gran relajamiento, incluso intelectual. Este dichoso talón izquierdo me hace sufrir mucho constantemente: son los nervios, más que la enorme bota. ¿Futuras etapas?Tengo por delante cien kilómetros que me separan de Sarriá y son lo mismo que la selva. Nadie conoce ninguna fonda en estos parajes. Así, pues, no hay más que hacer la aventura completa. Desde Sarriá te telegrafiaré. Y después de Sarriá, habrá aún otras dos etapas misteriosas. Pero luego, será carretera, y dos días más tarde, sábado, pues, ¡Santiago!

    Una etapa más abatida, dura, toda de montañas (de 1200 metros de altitud y más) y por senderos espantosamente pedregosos, colmados de miles de bloques de piedra y de cantos rodados por las aguas desde los neveros.

    **Cada mañana pienso que no podré llegar hasta el final. Hacia las dos horas de comenzar la etapa, me domina el desánimo, me flaquean las fuerzas, el cansancio hace presa de mí, jadeo mucho. Pero, después, tras una hora de siesta, me siento otra vez completamente “feliz”, renovado y con el ánimo hasta dispuesto a llegar a pie al mismo polo norte pasando por el polo sur.
    Te escribo desde lo alto de las montañas de Galicia, ya en la provincia de Lugo, donde entré hace poco (la última provincia del camino que me queda por atravesar antes de la de Santiago, La Coruña, como meta final). Llueve, es la historia de nunca acabar. Pero el bondadoso Santiago, al que imploro, “caminando”, con un fervor muy interesado, ha contenido el diluvio durante toda mi larga caminata.
    La jornada, pues, se presentaba dura, quizá más dura que las habituales, porque me encuentro menos predispuesto, bastante débil en este momento, más sensible a la distancia de los kilómetros, a la abruptez de las subidas, que se me hacen interminables, y al peso tiránico de este sacrosanto morral que me mata.
    He dejado la bonita Villafranca muy temprano, a las tres de la madrugada, pues no me era posible poder dormir más, devorado como estaba por horribles pulgas completamente negras, duras como el jade, y que crujían -no estallaban- más que trituradas con fuerza entre mis uñas vengadoras.
    Seguí el camino durante veinte kilómetros, primeramente por el valle del río Valcárcel, verdaderamente aprisionado -esa es la sensación- entre montañas gigantes, casi en acantilado. Río del estilo del Lesse, alegre, brincador, cantarín, cortado veinte veces por presas de piedra, a lo largo de cuya ribera estaban los pescadores de truchas que se veía, además, matizada de extraños claros redondos de gavillas. Riberas áridas, con alturas increíbles, que parecen cortadas a pico, pero que los campesinos, en las pequeñas parcelas disponibles, se empeñan en cultivar, surgiendo así estos dorados trozos de trigo o de avena. Ciertamente, de estas recolecciones minúsculas (y emocionantes, pues ¡qué denodado esfuerzo significa tener que subir cada día hasta aquí a realizar la labor, trabajo humano, por ello, doblemente meritorio!) estaban recogidas, en estas alturas, en pequeños montones de paja, los que parecían focos amarillos intentando en vano una ascensión imposible.
    Bonitos colores, amarillentos también, esparcidos como estrellas, sobre el respaldo verde de centenares de grandes castaños con sus largas semillas nuevas. Los árboles en el valle son espléndidos, enormes, fantásticos a veces, de un resplandeciente verde brillante.
    Los pequeños pueblecitos, al borde del agua, son menos sombríos que sobre los montes. Los muros están, con frecuencia, enjalbegados de blanco. Los balcones, corridos, de madera, tan originales, tan bonitos, son marrones o rojos. Las flores que los adornan, son claveles o geranios. Alguna que otra parra grande sube hasta las ventanas, como para ver dentro lo que pasa. Abajo, están los carros llenos de ruedas, cortos, bajos, esperando a uno u otro rey merovingio en busca de un peregrinaje lento y fácil.
    Después de haber recorrido veinticinco kilómetros, quise alojarme. Había un pueblo bastante grande llamado Herrerías, pero donde fue imposible obtener albergue. La mala voluntad de los lugareños fue general. Obtuve las mismas respuestas por todos sitios: “No” o “Nada”. Me he visto obligado a abandonar el valle y sus majestuosas fortalezas, situadas, semejando espléndidos nidos de águila, sobre los picos, en la actualidad completamente cubiertos de hiedra, perfectos oteros desde donde antiguamente los señores asaltaban a los peregrinos.
    También dejé, abajo, las ruinas del hospital inglés (sí) destinado a los peregrinos británicos, muy numerosos en aquella época (unos tres mil al año de promedio).
    Para encontrar una cama no tenía más remedio que iniciar el camino del ascenso, de doce kilómetros, subir hasta los 1293 m de altitud para alcanzar (ésto sin rodeos inútiles) el pueblo de Piedrafita. ¡Qué subida! No conozco nada más laxante y que desanime tanto como estos caminos con largas revueltas que conducen, al cabo de un cuarto de hora, a cincuenta metros por encima del punto de partida. El sol está ardiente, es un sol de tormenta, asomando entre enormes nubarrones negros dispuestos a descargar su peso a cada instante. Era -mañana la abandonaré- la gran carretera del mar, casi tan desierta como los caminos rurales. En ocho horas de camino he visto -y es domingo, y en julio- alrededor de seis automóviles, de los cuales dos eran franceses. De hecho, el turismo en España, y las vacaciones, no son atributo más que de una ínfima minoría. Sudaba, sufría, entre los montes repartidos en conos muy sorprendentes, anchos por la base, terminando en la punta por estrías que producían vértigo.
    Fui abordado por un policía de paisano, muy amable, que me salvó en Piedrafita. Pues cuando me presenté en la fonda -se entraba por la caballeriza, se subía una escalera tenebrosa y se penetraba en una cocina negruzca -la “patrona” me negó la alimentación y el alojamiento. Fue necesario que el policía subiera a hablar con ella para que al fin transara y me aceptara.
    Increíble. No había más que una “habitación”, con el techo de madera blanca, que estaba libre. Pero todo “extranjero” le daba miedo. Cada vez que se presentaba uno, era necesario una hora de “seducción” antes de deponer su actitud y aprovisionarles. Después, a veces, hasta eran amables. Estas gentes rudimentarias están mentalmente en la edad de las cavernas y de los uros.
    Cae la noche, extendiéndose por todas partes las largas nieblas húmedas. Me hubiera gustado haber llegado ya a destino. Pero había tenido que renunciar a lo que quería. Esto era más duro de lo que había imaginado y no veía con claridad lo que haría a continuación. Me fue necesario cepillarme los dientes más a menudo para sentir otra vez todo lo contrario. Estoy contento de haberlo realizado. Una vez que se me pase el cansancio que arrastro, este viaje me dejará grandes e inolvidables recuerdos.

    Muy temprano, abandoné la “fonda” infecta, y emprendí la escalada (4 kilómetros) del último pico de la cadena de los Montes Cabrero, en lo alto del cual está situada la vieja iglesia de piedra azulada donde tuvo lugar el más extraño de los milagros, inspirador, se dice, de la leyenda del Santo Grial.
    Imagínate el más extraño de los pequeños pueblos de montaña, con las casas ovales (sí, ovales), es decir, exactamente el estilo de las chozas de la Edad del Hierro. Ovales para resistir mejor, como aún hoy, las ventiscas de nieve. Durante cuatro o cinco meses del año, las nieves son aquí de tal magnitud que no se puede salir de las casas. Los tejados son cónicos, de paja completamente trenzada y reforzada con ramajes en forma de encañizadas. Estas casas, o chozas, se llaman “pallozas”; actualmente constituyen un vestigio arcaico de reminiscencia extraordinaria.
    La iglesia, construida con enormes piedras, es pequeña, con un soportal románico como un túnel, que es famoso desde la Edad Media por la historia que te voy a contar.
    Una “madrugada” de enero, el cura del pobre lugar oficiaba solo la misa, mientras que la nieve ventisqueaba afuera, en la oscuridad. En el momento en que iba a consagrar las Especies, escuchó pasos; un hombre (¿un habitante del poblado?, o ¿un peregrino?), desafiando la tempestad, penetraba bajo las viejas bóvedas. El sacerdote hizo entonces una reflexión bizarra:
    -Pobre hombre, dijo, aquel que desafía la nieve, la oscuridad, el frío ¿y para qué?
    Fue entonces cuando, repentinamente, lo que sus manos sostenían era un trozo de carne, de la que la sangre corría por sus dedos, sobre su estola, sobre el mantel del altar. El milagro incorpóreo de la Consagración, pues él había dudado, ¡se había hecho visible! Esta carne y los trozos de tela manchados de sangre, aún se conservan. ¡Te imaginarás con qué fe los peregrinos subían por estas rampas para contemplarlas! Un Papa, Pascual II, vino de incógnito, incluso vestido de peregrino, para dar cuenta por sí mismo de este hecho milagroso. Isabel la Católica llegó también a estas alturas e hizo guardar la carne y la sangre en dos pequeños relicarios encantadores, de plata y oro, permanentemente aquí, que se conservan en la parte superior del Tabernáculo. El sacerdote actual me los mostró. Todos nuestros Burguiñones, Felipe el Hermoso, Carlos I, Felipe II, también los vieron.
    Ahora, la vieja iglesia está toda carcomida por las nieves, y el cura, un joven extraordinario, vive como el más pobre campesino, en su cuadra, entre algunas gallinas, en medio de las cuales me ha invitado a compartir su rústico almuerzo. Después, me acompañó durante cuatro kilómetros por los montes.
    Para mí, en esta pobre vieja iglesia desnuda (ni un solo banco), ante este tabernáculo iluminado (pues estas reliquias están consideradas como el Santo Sacramento, y una Bula de 1487 confirma el milagro), la apertura de este doble relicario, tenía algo de sobrenatural, de extrañamente medieval, e incluso proveniente de los tiempos místicos (para los que crean) y wagnerianos.

    http://compostela2004.free.fr/mi_camino_de_santiago.htm

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