Trigésimo octava jornada: VILLALCÁZAR DE SIRGA – SAHAGÚN

2009 Agosto 7
by mx7652o

(por reconstruir)

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”El Bar” del cruce de Bustillo (entre Carrión de los Condes y Calzadilla de la Cueza)

Albergue Viatoris (SAHAGÚN)

- La Posada del Camino (Sahagún)

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  1. 2009 Agosto 7
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO PEREGRINO QUE HE COMENZADO A LEER HOY…

    En esta parada estuve cerca de una hora, la ampolla se había reventado y la piel levantado. Cuando volvía a calzarme cojeaba ostensiblemente y tenía un serio dolor. Con resignación y con paso lento afronté el último tramo que es algo menos llano que todo lo anterior.

    Antonio me alcanzó cuando llevaba 10 minutos andando, y me acompañó hasta Carrión.

    Es muy curioso que Antonio tiene un paso muy rápido y aunque va acompañado por Fernando siempre se separa en la andadura, este tiene un paso muy pausado. Aunque muchas veces incomprensible tiene una razón inapelable, cada persona tiene un ritmo de paso que hay que respetar para no dañar las articulaciones. Tan malo es que una acelere el paso como que otro lo relentice.

    Con la charla en poco tiempo llegamos al alto de un repecho donde ya es posible ver Carrión, aunque todavía faltan 3 kilómetros para destino.

    Nos dirigimos al centro, junto a la iglesia de Santa María del Camino, buscando el albergue. Este se encontraba cerrado y hasta la una no se abría. Aprovechamos para disfrutar el magnífico pórtico románico que escenifica el tributo de las cien doncellas.

    Poco a poco fueron llegando los compañeros, primero Miguel y luego Fernando. Cuando estábamos todos reunidos nos replanteamos continuar hasta Calzadilla, pero mi pie maltratado, no podía dar un paso más, y el poder visitar este pueblo con tranquilidad nos convenció a terminar aquí la etapa del día.

    A la 13:30 abrió el albergue Margarita, la hermana del párroco de Santa María. Esta es una anciana encantadora que da conversación al peregrino y ánimos para que se sienta cómodo durante su estancia en este albergue. Este alojamiento está compuesto por dos habitaciones grandes con literas. El baño aunque tiene lo imprescindible necesita un repaso importante pues se le ve viejo y un poco escaso para los peregrinos que se pueden llegar a hospedar.

    Después de asearnos Fernando y Antonio me acompañaron al centro de salud de Carrión para que me atendieran el pie. Yo me suelo resistir bastante antes de acudir al médico pero ante la insistencia de Fernando, que alardea de haber visitado casi todos los centros de salud, y las molestias no me quedó más remedio. La enfermera me reparó con un mimo increíble mi ampolla, primero levantó la piel y la corto con un bisturí, después la desinfectó y la tapó con un apósito resistente. Me aconsejaron que durante dos días no levantara el vendaje, que lo protegiera con calcetines y que me olvidara de andar con las botas, que no podía tener ningún tipo de rozadura sobre la misma.

    Con muchas dudas de cómo iba a continuar mañana salimos del centro de Salud. La verdad que con las sandalias que llevaba la herida no me molestaba y decidí continuar con este calzado pues para retirarse siempre hay tiempo.

    Nos fuimos a tomar una cerveza y un bocata que repusiera las fuerzas. Hoy, pese a la herida, había sido una etapa corta en comparación de la de los días anteriores, así que tenías fuerzas suficientes para pasear por las calles de Carrión y visitar la iglesia de Santiago y después llegar a través del puente sobre el río Carrión visitar el monasterio de San Zoilo. Estuvimos un rato largo descansando en el claustro renacentista.

    Por la noche cenamos todos juntos en un restaurante cercano al albergue y a las nueve y media ya me encontraba en la cama con las botas empaquetadas en la mochila. En mi cabeza rondaban dudas de si podría continuar y con estas inseguridades me quedé dormido pensando que no había que anticipar las cosas y que el propio camino dictara su veredicto al día siguiente.

    Carrión de los Condes – Terradillo de los Templarios. 29-04-2003

    La noche fue magnífica y mi única preocupación era como andaría con la ampolla en el pie que me impedía ponerme las botas. Con las sandalias al no presionar en el tobillo no me dolía, pero nunca había andado tanto con sandalias.

    Con estos pensamientos y dudas, a las seis y media de la mañana me tiré de la cama. Rápidamente me preparé y salí a la calle. Todos los bares que me encontré estaban cerrados, así que hoy no tocaba desayunar en barra por lo que tuve que tirar de la manzana que siempre llevo como reserva para las emergencias.

    Con paso lento, pero sin molestias, emprendí el recorrido por las calles de Carrión. Pasé el puente y poco después el monasterio de San Zoilo.

    Además de la duda por mi pie tenía el temor por los 17 kilómetros sin ningún pueblo que anunciaba la guía, ella hablaba de un gran reto de soledad. Me propuse que si llegaba como ayer a Carrión, me retiraría en Calzadilla de Cueza. De momento me encontraba muy bien.

    Atravesé el cruce de carreteras a la salida de Carrión y por una carreterita secundaria de muy poco tráfico y con un arbolado muy agradable emprendí camino hacia el monasterio de Benevívere. A estas horas de la mañana el frescor estimula el disfrute del Camino, además un precioso amanecer en la naturaleza fortalecen la moral y me llenan de positivos pensamientos. Sin apenas darme cuenta recorrí los primeros kilómetros hasta las ruinas del monasterio, del que apenas queda un recuerdo de lo que fue un centro de oración y acogimiento de peregrinos. A este punto se tarda aproximadamente una hora y media.

    Por arte de magia el arbolado desaparece y nos encontramos con un camino recto y llano que permitía ver el horizonte. A la derecha y a bastante distancia se insinuaba la autopista y de frente, casi en el horizonte, sobre una pequeña loma unos arbolitos, a los cuales llegaría dos horas después. A la izquierda se veían grandes fincas de cereal, donde un tractor roturaba la tierra. Las fincas eran enormes, al tractor le costaba bastantes minutos recorrer la longitud de las misma.

    Ni por delante ni por detrás había ningún peregrino, estos habían esperado la apertura de los bares para desayunar. Tiempo que yo les llevaba de ventaja, esto me permitía ir en soledad y no tener que compartir conversación. En las primeras horas me apetece ir sólo con mis pensamientos gozando de la paz y tranquilidad del campo abierto.

    Mi cabeza volvió a volar por los recovecos de mis recuerdos. Las distracciones eran nulas, mucho menores que en la etapa del día anterior, aquí ni tan siquiera había poyetes que interrumpieran mi marcha.

    El vuelo de algunos pájaros y los tractores fueron mi entretenimiento. A las 10 de la mañana llegue a una granja y a un cruce de caminos, allí aproveché para descansar un rato. No se veía a ningún peregrino. El cielo estaba despejado aunque corría algo de aire.

    La fila de arbolitos se veía en la distancia y me parecía imposible que el camino no torciera nada y se llegara hasta ellos, cosa que efectivamente hizo. Cuando llevaba casi 4 horas empecé a notar el cansancio y mis ojos trataban de buscar una señal del pueblo de Calzadilla, pero no se podía distinguir nada. Este pueblo está en una hondonada y hasta que se está al lado no se puede ver la torre de su iglesia.

    Entre las primeras casas está el albergue. Estaban limpiándolo y me dirigí al único bar-restaurante, donde llegue sobre la 11 y media.

    Estaba cansado pero el pie no me dolía. Solté la mochila y me tomé un merecido desayuno. Estaba cansado pero feliz por ver que no solo con las botas se puede hacer el camino. Revisé el apósito del pie y comprobé que estaba perfecto.

    Allí estuve parado durante una hora en la que no llegó ningún peregrino.

    Con las fuerzas renovadas volví a cargar la mochila y por un terreno algo más ondulado reemprendí la marcha. Agradecí las ondulaciones, me había saturado de la monotonía de la llanura.

    A mitad de camino de Lédigos se pasa por los restos del hospital de las Tiendas que entretienen durante un rato al caminante, este nombre viene de que los frailes colocaban lonas en el exterior del monasterio para albergar a los peregrinos durante la Edad Media. En hora y media llegue a Lédigos. Este es un pueblecín sin servicios para el peregrino, a parte del albergue y del refugio privado anexo al mismo. Aproveche y tome una coca cola que me refrescara.

    Estando aquí parado me alcanzó Antonio con su marcha rápida y con él hice la última media hora hasta Terradillo de los Templarios.

    Este pueblo casi abandonado de casas de adobe tiene un remanso de tranquilidad en el albergue privado. Este tiene en la fachada una enorme flecha amarilla y una cruz templaria muy grandes que hacen casi imposible saltárselo.

    Fuimos los primeros en llegar. Nos recibió Marisa que nos coloco en una habitación de cuatro personas que compartiríamos con Miguel y Fernando. Las camas tenían sábanas y sería un lugar perfecto de descanso.

    Después de la ducha nos sentamos a reposar en el patio rodeados de la ropa tendida del albergue. Los peregrinos fueron llegando durante toda la tarde. Aquí volvimos a encontrarnos con Javier, el marino mercante y con el agricultor francés que ya se había juntado con sus compañeras. Javier tenía una tendinitis y decidió terminar mañana en Sahagún.

    Sólo salimos para dar una vuelta por el pueblo. Este apenas tiene diez habitantes empadronados. No había ni tienda ni bar ni ningún servicio para el peregrino. El único sitio que permite alguna comodidad es el albergue privado en el que te venden pan, embutido y la bebida que quieras. Si el camino no pasara por aquí este pueblo sería uno más de los muchos abandonados que ya hay en España.

    Por la noche nos reunimos todos los peregrinos a cenar el menú de Marisa (7 €). Este es un negocio seguro en un lugar donde no hay nada y en las proximidades tampoco. Sólo Sahagún tiene los servicios necesarios, pero se encuentra demasiado lejos para hacerlo, se convertiría en una etapa muy larga.

    A las 10 de la noche ya me encontraba en la cama dispuesto a dormir y feliz por haber vivido una etapa dura y al mismo tiempo tremendamente hermosa.

    Kilómetros.- 26,2.

    Puedo decir que esta noche dormí como un lirón. La noche anterior había tenido la preocupación de la ampolla y me había creado intranquilidad, pero hoy ya con la seguridad que la ampolla no me impediría continuar, y el haber dormido con sábanas en una cama sumamente cómoda me facilitaron descansar adecuadamente. El día anterior había tenido toda la tarde para reposar, esto también facilitó la sensación de relajo de todas mis articulaciones. Nos levantamos a las 6,30 de la mañana, como siempre, me preparé rápidamente y me acerqué al comedor, donde pudimos desayunar adecuadamente, aunque creo que el precio fue un poco caro (3 € por un café con leche y bollo). Este desayuno me relentizó un poco, y en vez de salir solo lo hice acompañado de Javier. Este está prejubilado y según comenta se aburre en casa. Descubrió el camino hace un par de años y de vez en cuando hace recorridos de una semana. Hace dos años inicio la andadura en Roncesvalles y se enamoró del Camino. Tiene un paso lento pero constante, nunca hace etapas de más de 25 kilómetros. Desde ayer tiene una molestia en la pierna derecha (tendinitis) que le obliga a cojear ligeramente y decidió volver a casa en Sahagún. El camino da libertad de realización y se puede adaptar a las posibilidades de cada persona. Con esta charla iniciamos el recorrido, este es más variado que el del día anterior. Este se hace por caminos agrícolas y se pasa por más pueblos lo que anima al caminante y le marca pequeñas metas que facilitan el paseo. El día era claro y el frescor de la mañana ayudaba. El primer pueblo es Moratinos el cual lo atravesamos sin ver a ningún habitante. Después llegamos a San Nicolás del Real Camino este es el último pueblo de la provincia de Palencia. Esta nos ha mostrado un terreno duro y llano que marcan la personalidad de sus gentes acogedoras. Después de serpentear por caminos agrícolas siempre pegados a la nacional 120 llegamos a Sahagún. La rica historia de la villa facundina se refleja en un importante conjunto histórico artístico que engloba obras de diferentes periodos y estilos. No existen indicios de la capilla dedicada a los mártires, han llegado vestigios de la antigua iglesia mozárabe, sobre todo capiteles. Aunque esta se situaría en la tipología común de templo de tres naves con cabecera tripartita recta. Pero curiosamente las manifestaciones artísticas más significativas son coetáneas a los momentos de mayor apogeo del monasterio. Pocos restos son los que perviven de la majestuosa Abadía Cluniacense exceptuando la magnífica capilla de San Mancio, aunque si se conservan algunas obras ejemplares en estilo mudéjar, reflejo arquitectónico de la rica integración cultural que se producía en el Burgo. Paramos a almorzar un apetitoso queso de cabra y un vino recio de la tierra. Habíamos recorrido trece kilómetros y no tenía ninguna molestia en el pie, a diferencia de mi compañero que en los último metros la cojera era notoria. Con tristeza y dándonos las direcciones nos despedimos. Otro amigo que se marcha de la aventura emprendida. Sahagún desempeño un papel importante en la historia religiosa. En el siglo XII se estableció allí la sede de la orden benedictina en España, en un monasterio del que sólo queda un arco, bajo el que pasa la carretera. En cambio, las iglesias románicas de ladrillo edificadas por una importante colonia mudéjar que permaneció en el lugar se conservan bien. Todas están construidas con idéntica planta, con arcadas ciegas sobre los ábsides y un macizo campanario de planta cuadrada que se eleva por encima del coro. De este estilo son las iglesias de San Tirso, San Lorenzo y la famosa Peregrina, en un descampado en las afueras.

    http://aig02.blogia.com/

  2. 2009 Agosto 8
    La hospitalaria Enlace permanente

    DEL DIARIO DE MONTSE LITERATURIZADO AL CATALÁN…

    Después de un café con leche y de intentar evitar las miradas “raras”, por fin, tomo el bus hacia Carrión. Allí me dirijo al refugio, pero aún está cerrado. Margarita, la hospitalera, muy amablemente, me dice que tengo que volver allí sobre las 12, que será cuando se haya terminado la limpieza y que, mientras, puedo esperar en el bar “España”, que desde allí podré ver pasar a los caminantes, que tienen que pasar obligatoriamente por delante. No, no creo que Margarita tenga comisión.

    Llueve. De forma indirecta pienso que igual he “creado” esa vasculitis para poder escaquearme de andar bajo la lluvia… pero luego pienso “vaya bobada”. Es en el bar España donde leo el libro (bueno, me lo leo casi entero) que llevaba para hacer el trabajo de la universidad. Tengo tiempo de eso y de hacer balance de muchas cosas, aunque rehúyo meterme en balances que puedan llegar a ser nocivos para mí, en el sentido de que… bueno, hacer un examen de conciencia en un bar de Carrión de los Condes, me parece una tarea un poco inútil.

    De todas maneras, hay muchas cosas en mi vida que tengo que cambiar, me guste o no. Y es curioso: en mi otro fin de etapa, la otra vez, en Nájera, ya llegué a esta misma conclusión: la mochila pesa demasiado-la vida pesa demasiado. Un paralelismo que hizo que, en los 5 meses que han transcurrido desde la otra vez, realmente “he cambiado” cosas que me estaban afectando enormemente.

    Esta vez, parece que el peso sigue siendo demasiado para soportarlo en el camino (mis pies se resienten, mis piernas no lo resisten, lo cual quiere decir que aún llevo demasiados potingues, demasiada ropa superflua) ¿Y en mi vida? ¿Qué es lo que debo cambiar ahora en mi vida? No tengo ganas de cambiar nada más. Lo que yo creo que debería eliminar, ya está eliminado… quizá se me abran los ojos cuando llegue… no sé… veremos.

    Después de tres horas y media en ese bar, siendo observada por todo el pueblo, que ha ido desfilando por allí (nadie me dice nada, pero todos me miran con curiosidad. No llevo mochila, pues Margarita me la guarda, pero lo de las chanclas resulta un tanto pintoresco)… Tomo dos cafés con leche, me fumo un cigarrillo extra que no tocaba, leo, pienso, escribo, esta vez no lloro, estoy resignada y sé que mañana volveré a casa, dejando a Christianne, a Roger, a Óscar, a Judith, a Agustín y a James, que son los que últimamente hemos frecuentado. Las dos brasileñas que quedan son puramente anecdóticas y voy a olvidarlas rápidamente.

    Mi vista va dirigiéndose periódicamente hacia la ventana por la que se supone que debo ver a los caminantes. Veo a uno, con el cual jamás he hablado, pero pasa de largo.
    Por fin, tras esa larga espera, aparecen los franceses, Oscar y JS. Les recibo en la calle, bajo la fina lluvia, y tras un abrazo, recojo mis bártulos del bar, agradezco con una sonrisa al barman el hecho de no hacerme preguntas y de haberme dejado pasar la mañana allí y me voy con ellos hacia el refugio.

    Carrión de los Condes

    20-10-2000

    Me encuentro en el bar España otra vez, como ayer, pero ahora ya esperando a Aleix, que nos vendrá a buscar (ha salido a las 5,30 de la mañana de Barcelona).

    Ayer, en un momento dado, Margarita me pidió que hiciera de hospitalera mientra ella se iba a comer. En el poco rato que estuve allí sólo llegaron Judith y Agustín, a quienes estampé el sello del albergue, cobré las 300 ptas y les indiqué la litera que les correspondía. Nos reimos mucho, ya que se supone que sólo ellos dos tendrán, en toda la historia del Camino de Santiago desde sus comienzos, mi firma puesta en su credencial y eso, para mí, es todo un acontecimiento :)))

    Fue en esa hora y media, que me di cuenta de que esto de esperar a los peregrinos que van llegando, alentarlos en su hazaña, mimarlos y cuidarlos si vienen muertos de cansancio (que es lo que suele ocurrir) tiene su “miga”. Ahí, querido Many, es donde me di cuenta de que las personas que hacen este trabajo (si es que se le puede llamar trabajo, porque la mayoría son voluntarios) pueden ver aumentada su autoestima, en cuanto asumen que están ayudando, prestando un servicio a unas personas que en ese momento lo necesitan… no sé explicarme mejor. Pienso que a veces las personas necesitamos sentir que alguien “depende” de nosotros, necesitamos salirnos de la rutina diaria y normal, para saber que “somos buenos para alguien”, tomando la palabra buenos no en el sentido del bien y el mal, sino… ¿como lo diría? en un sentido global… ufff, creo que no me explico demasiado, pero no importa.

    Mi “experiencia” como hospitalera fue una pura anécdota, pero me recordó mucho los tiempos de mi juventud (allá por el Pleistoceno) cuando, de forma totalmente voluntaria y sin haber hecho cursos y cursillos, es decir, de una forma inocente (y quizá un tanto suicida, por lo que tenía de peligroso en determinados momentos. No pasó nunca nada porque los dioses me debieron proteger) estuve haciendo de monitora de niños y niñas en mi parroquia (no sólo sin cobrar, sino además pagando igual que los niños cuando nos íbamos de Colonias)… recuerdo un año en Calafell, que nos llevamos 150 niños a la playa y de los 5 o 6 monitores/as más el cura, sólo había una persona que sabía nadar: YO. Uffffffff (ahora no lo haría, forasteros!) Inconsciencia? quizá :)))

    Pero volvamos al camino.

    Ayer visitamos el pueblo (no es una maravilla y lo siento por si alguien es de Carrión) pero tampoco está mal. Lo que nos deja obnubilados es la forma como la gente suele vivir en estos pequeños pueblos: sin estrés, sin prisas, tomándose la vida como algo que está ahí (bueno, eso es aparente, faltaría hablar con la gente para saber si todo eso es cierto), en una sola palabra “viviendo”.

    El cura de la parroquia es el hermano de Margarita, la hospitalera. En la iglesia hay un órgano que se ve que hacía años que no se tocaba. Óscar es organista, aparte de maestro de escuela, como os comenté. Bueno pues ayer tuvimos el enorme placer de oir a Óscar tocar el órgano de esa iglesia, con lágrimas en los ojos por la emoción que le embargaba.
    Imaginaos una iglesia (creo que entre el románico y el gótico pero muy remodelada y reconstruida) con sólo la luz suficiente para crear un ambiente… recogido.
    Imaginaos esa iglesia totalmente vacía con sólo 8 personas (el cura, Óscar, Christianne, Roger, JS, Agustín, Judith y yo). Imaginaos que empieza a sonar Bach interpretado en exclusiva para nosotros… uffff, fueron 15 minutos, puesto que tenían que empezar el rosario y no había más tiempo, pero esos 15 minutos fueron algo que recordaré siempre. Para nosotros fue un regalo de despedida…

    Me queda hablaros del artista. Yves Alain. Un nombre que yo recordaba a través de la siguiente composición de lugar: Yves-Saint-Laurent/AlainDelon ;)
    Yves es un suizo más o menos de mi edad (muy interesante, por cierto) que salió de su casa en Suiza el día 1 de agosto y que pensaba/piensa estar 100 días para recorrer todo el camino, desde la puerta de su casa hasta Finisterre, pasando por Santiago, naturalmente.
    Su misión (la misión que se ha fijado) es hacer una obra de arte cada día. Si: en el camino. De pronto le veías caminando y de pronto le veías que se paraba porque quizá le había llegado la inspiración. Si el material que encontraba ese día era barro, hacía una escultura. Si lo que le llamaba la atención eran las cañas o las hierbas o las flores, los frutos…. cualquier cosa que se iba encontrando, entonces utilizaba esos materiales para hacer lo que le dictaba su corazón (o su mente, o sus musas)… Sus obras eran/son, por lo tanto, efímeras. Podía venir un perro detrás y destruir todo lo que había hecho Yves, pero no le importaba.
    Al llegar a Finisterre, habrá hecho 100 “cosas”, las habrá fotografiado y las expondrá en una página web, de la cual os daré información cuando él me la dé a mi (supongo que hacia diciembre) y también saldrá en formato libro (de imágenes, con comentarios en francés e inglés). Este hombre es artista, pero es también terapeuta: trabaja con drogadictos y parece ser que la finalidad de este proyecto es que el dinero que se obtenga, vaya íntegro para ayudar a esos grupos de marginados… Interesante, no?
    Yves está casado y tiene 3 hijas de edades similares a nuestros hijos, por lo cual resultó muy fácil la comunicación entre nosotros :) … lo que no te encuentres en el camino…

    Carrión de los Condes-Blanes
    20-10-2000

    Sobre las 11,30 llegó Aleix. Después de zamparse un enorme bocata y una cocacola, me despido del barman, que no me ha hecho ni una sola pregunta. Soy yo misma quien le digo: nos veremos por Semana Santa, pues pensamos reanudar el camino desde aquí. Muchas gracias por haberme dejado estar tantas horas en su establecimiento. Me respondió que algo así se suponía, pero que al verme escribiendo y leyendo pensó que igual escribía un libro o algo parecido :)))

    Ayer noche hicimos la cena de despedida. Yves pasó de largo de Carrión. Así que nuestra última conversación habría sido la que sostuvimos con él en Frómista. Las 2 brasileñas que quedaban, se habían ido a otro albergue, el que regentan unas monjas, uno que es privado y parece ser que está muy bien, también. Así que en la mesa estábamos Christianne, Roger, Oscar, James, Judith, Agustín, JS y yo. Había un deje de emoción en todos, puesto que sin poder llegar a decir que éramos amigos, sí podíamos decir que había una cierta compenetración entre nosotros (excepto con James, a quien casi nadie entendía, pues sólo hablaba australiano. No, no, no: no nos confundamos. Aquello no era inglés. Era australiano-raro.) Un hombre, James, que se parece enormemente a Santa Claus, sólo tienes que imaginártelo vestido así, para que lo “veas”. Lo que me gustó más de él fue una de las pocas cosas que le entendí: “las mujeres son más inteligentes que los hombres”. Esta frase le logró la amistad de TODAS las mujeres del grupo, no sólo del nuestro -creo que es más listo de lo que parece ;)-
    Total, lo de siempre: fotos, miradas lánguidas, Christianne me abrazó y me dijo cosas enternecedoras, también Oscar… en fin, para que os cuento?

    Aquí, en el bar España de Carrión de los Condes, constato que yo jamás habría dicho que Roger fuera un militar (un general, dios santo), me puedo imaginar a Christianne, siguiéndole durante toda su vida, con sus 4 hijos detrás, durante 40 años, cambiando de domicilio cada X años… ufff, una vida dura, la de ella.Y el camino transformaba a Roger en un hombre como todos… la mayoría pacifistas y que no creemos en las guerras y todo eso… tremendo!
    El camino desenmascara. Junta a las personas porque las iguala. ¿Será éste el espíritu del camino? Filosofía barata, pero en definitiva, cosas que hacen pensar.

    No tengo nada más en mi diario “de a bordo”.
    Llegó Aleix, como decía, desayunó, nos despedimos y emprendimos regreso a casa.
    Y bien, a partir de aquí… ya sabeis: algunas pérdidas (no sólo en el sentido de la salud física), algunas ganancias (no en bienes materiales), la rutina que nos envuelve, mi mar de todos los días y de todas las noches, mi playa, mi cielo… y unas ganas enormes, enormes, de llegar algún día a Santiago y de ir más allá, a Finisterre y… quizá, no lo sé, empezar esa nueva vida que dicen algunos que comporta eso de “llegar”…

    http://laltreblogdelarare.blogspot.com/

  3. 2009 Agosto 8
    La hospitalaria Enlace permanente

    DEL DIARIO DE MONTSE, PEREGRINA CON FAMILIA, LITERATURIZADO AL CATALÁN…

    Seis meses más tarde..
    Y con el convencimiento de que nunca más se me iban a hinchar los pies ni me iban a salir alergias…con el absouto convencimiento de que llegaríamos hasta Ponferrada!

    12-04-01 Blanes-Carrión de los Condes

    Salimos a las 7 de la mañana, con el corazón henchido y las mochilas lustrosas. Había conseguido que mi mochila pesara un kg menos que la vez anterior, a base de “sacrificar” potingues y trapitos. Dos únicas camisetas, una única crema “noche y día” como la canción.

    El viaje no se me hizo largo, aunque lo es. Quizá por lo esperado, quizá porque me llevé un libro que terminé, mirando el paisaje solo de reojoj (casi me lo sé ya)

    Llegamos a Carrión a las 16 h. Margarita, la hospitalera, no me recordó hasta que me quité las gafas. Ahora si que te recuerdo, niña-me dijo (probablemente no era así pero le agradecí el cumplido).

    Su hermano, el cura, sólo recordaba el episodio de Óscar tocando el órgano en su iglesia y la emoción que había sentido cuando ocurrió eso. A nosotros no nos recordaba para nada (además la otra vez íbamos sin Gerard) y no tuvo ningún inconveniente en reconocerlo.

    Nos alojamos en otra habitación pero mi recuerdo estaba intacto , el recuerdo de Cristianne, su marido el general, Agustín y Judith, Oscar, Yves-Alain, James, incluso podía oir sus risas, sus bromas y sus voces. En la habitación había solamente un grupo de ciclistas que nos saludaron amablemente.

    Era tan pronto, que nos fuimos de paseo a un parque cercano, junto al río. Un sol de aquellos de cargar pilas nos acompañaba, así como el murmullo del río. Jsalvador dormitaba en el mismo banco en que yo escribía. Gerard tiraba piedras al río, aburrido y con carita de adolescente rebelde. Tenía ganas de caminar, pero al mismo tiempo le fastidiaba haber dejado el grupo de amigos en esta semana Santa, para volver a caminar. No se quejó en ningún momento y me confundió mucho, nunca sabré si nos quiso acompañar por voluntad propia o porque no le quedaba más remedio, ya que yo había decidido por él.

    Mi primera reflexión: “no sé qué haría yo si viviera en un pueblo como este. Es un verdadero muermo”…

    Y se me va la imaginación hacia los “jueves Santos” de mi infancia, aquellas tardes de misas interminables y teatrales, donde el cura lavaba los pies a los monaguillos y a los concelebrantes (o eso era los viernes?) no recuerdo muy bien, hace tanto tiempo… lo más bonito era que el Evangelio contaba la parte macabra de la historia de Jesús, esa que contenía más “acción” y que me fascinaba (de mayor siempre he creido que de haber vivido en la época de Jesucristo me habría enamorado de él, cual María Magdalena de pacotilla)…

    En ese momento me doy cuenta de que el camino siempre me trae recuerdos semi-religiosos (un tanto eróticos a veces, que los cielos me perdonen) ¿Será porque la otra vez también empezamos en Semana Santa? Es posible, porque la última vez fue en octubre. Qué más da?

    Sea como fuere, mi mente divaga por los episodios de mi vida como un pájaro que se va posando de rama en rama. Y cada rama tiene su encanto y cada rama tiene sus alegrías y sus tristezas.

    Los niños de hoy en día ni siquiera conocen la historia sagrada. No me parece ni bien ni mal, simplemente ocurre que van a ser incapaces de descifrar la simbología que conlleva el arte, en nuestra sociedad occidental tan ligado a la historia de la Iglesia. Y eso no me lo invento, que cuando en mi época de profesora expliqué el arte románico, me las vi y me las deseé para que entendieran (y no entendieron, simplemente memorizaron)

    Y esta vez tendríais razón si me acusarais de que esto no es el Camino de Santiago. Cierto: no lo es. Esta soy yo.

    19,45- En el albergue. Un grupo de gente joven que llega cansada de andar desde Frómista y que me hablan de usted (dios mio) Tomo conciencia de nuevo de aquello que tanto me duele, pero que está ahí: “para ellos soy una señora”.
    Gerard continúa tan aburrido como antes pero se entretiene leyendo la guía fotocopiada que llevamos, de la que iremos arrancando páginas para que no pesen J

    Hace mucho frío ya, el sol hace rato que se ha despedido de nosotros. Si la cosa sigue así, estos días tendremos que ponernos las dos camisetas más el forro polar y el “nord face” o comosellame. Más reflexiones: ¿qué hacían los peregrinos en la Edad Media, cuando tenían frío? Seguro, segurísimo que no contaban con forros polares, ni botas, ni calcetines… “se me va la olla” pensando en el mérito que tienen… y la cantidad de gente que se quedó literalmente por el camino. Entonces los albergues eran “Hospitales” y muchos de ellos recibían a gente realmente enferma, leprosos, gente con piojos y con enfermedades de todo tipo… eso sí que era peregrinaje y no lo que hacemos nosotros!

    Nos vamos a cenar y de pronto nos dejan sin luz. Acudimos a la puerta y vemos que está pasando la Procesión. Nuevo tema para pensar. Con mucha guasa descubro que los guardias civiles que siguen el cortejo llevan el tricornio (pieza olvidada ya) y comento el hecho en voz alta, aunque en catalán. Pero la palabra “tricornio” debe ser internacional, porque la mujer de detrás del mostrador me explica que sólo se lo ponen en Semana santa y en la procesión que hacen para el Pilar. Curioso, cuando menos.

    Nos vamos a dormir, a la misma hora que las gallinas, para poder, mañana, empezar a andar de nuevo. Estamos emocionados.

    13-04-01

    Carrión de los Condes-Terradillos de Templarios
    (26 km)
    A las 7,30 h, todos en pie, nos sacudimos el sueño a base de lavarnos la cara con agua fría y a base de un buen café con leche en el bar España, donde nos miran raro (hemos descubierto el por qué de tan poquita gente este año: ya no es considerado “Año Santo compostelano”, por lo tanto, la gente no va, o va menos. Pero a nosotros poco nos importa).

    Empezamos a andar por carretera los primeros 5 km, con lo cual la rodilla de JSalvador se resiente un poco, ya que el asfalto le va muy mal. El paisaje, de momento, es normal. Gerard y yo estamos a la expectativa de esa etapa que en todas las guías viene señalada como “el reto a la soledad”.

    Una vez dejamos la carretera y enfilamos por el camino, podemos certificar como en un acta notarial el “efecto soledad”, pero también podemos experimentar algo que nunca se nos olvidará: que el cielo es realmente azul-cielo, con toda la gama de matices que uno se pueda imaginar, que el polvo del camino invita a caminarlo, que no hacen falta palabras para describir emociones, que basta con mirar a los ojos del otro para saber qué es la felicidad hecha pasos, esa especie de comunión del cuerpo con la tierra, con el aire, con el agua, cómo no (porque aunque no está ahí, se adivina) y también con el fuego que llevamos dentro de nosotros. Recuerdo haber sentido eso mismo en algunas ocasiones en que navegamos (aunque el capi no me crea y bromee al respecto).

    Así pues, los cuatro elementos se funden en el sentimiento que acompaña nuestro caminar. En el camino, parece que “no hay nada”. 17 km llenos de una nada perfecta, naturaleza pura que queremos fijar en nuestras retinas, en esa parte del cerebro que albergará nuestros recuerdos, tanto como en nuestra cámara fotográfica, que nunca, jamás nos devolverá esa realidad tan perfecta, pero que actuará como herramienta mnemotécnica para el resto de nuestra vida.

    En esa “nada” absolutamente plana, donde están inmersos cientos de años de historia , en cada piedra, en cada puñado de tierra de esos campos, en cada hoja renovada a efectos de la primavera de los pocos árboles con que nos cruzamos, tengo acceso a un freudiano inconsciente colectivo repleto de poetas que cantaron su belleza.

    Salgo de mi ensoñación al llegar a Calzadilla de la Cueza. A dos km de Quintanilla de la Cueza también. Efectivamente, puedo ya volver a bromear, el hechizo se ha roto y esos caminos que no he de volver a pisar, como dice Machado, quedarán para siempre en mi memoria. Allá, a lo lejos, la torre del campanario de Quintanilla. Gerard y Jsalvador la ven perfectamente. Yo sólo veo una línea vertical que sale de la tierra y se funde con el azul del cielo. Bromeamos acerca de mi miopía y de los nombres de los pueblos. Templadillos Terrarios? No! Terradillos Templarios (nos reímos con gesto cansado, pero divertido).

    Llegamos pues, a Templadillos-Terradillos y al albergue. Marisa, la hospitalera, nos enseña la que será nuestra habitación por esta noche. Nos muestra las duchas y se va a prepararnos la comida.

    Me ducho lentamente, saboreando el agua caliente y pensando en el paisaje que dejamos atrás. Mi gozo en un pozo, cuando descubro de nuevo los puntitos rojos en mis pies, amenazadores, invitándome a terminar el camino recién empezado… Vuelve la esperanza cuando llamo a mi amiga Montse, que es doctora, y me dice que ya tardo en tomarme un antihistamínico, por si acaso se tratara solamente de esa alergia a las gramíneas…

    No será tan fácil L pero lo vamos a probar. Se ha roto todo el encanto, la ley de Murphy ataca de nuevo (o quizá al apóstol no le apetece todavía que me acerque a verle)… lo siento porque no puedo controlar la situación. Se impone descansar esa noche con las piernas en alto y a ver si mañana está todo en su sitio.

    Amaneció un día espléndido. Ni siquiera me miré los pies, bueno, si, pero solo para ponerme los calcetines.

    En el desayuno me tomé el antihistamínico, pensando que haría maravillas, pero no tengo muy claro que las hiciera. Palabra.

    Empezamos a caminar y nos perdimos, porque en lugar de seguir el camino de peregrinos, nos metimos por la “Cañada real”, ahí por donde pasan los rebaños (como que las flechitas también son amarillas, pues…) Nos dimos cuenta del fallo técnico cuando levábamos como 15 minutos preciosos caminando, pero decidimos continuar adelante hasta cruzarnos con el camino verdadero, que era el que estaba justo al lado de la carretera. Este trozo era precioso, pero cuando pillamos la carretera ya no lo fue tanto.

    Algunos coches que pasaban tocaban el claxon como diciéndose “ Mira, estos tres locos, como caminan, con lo fácil que es llegar cómodamente en el coche”, pero en realidad me imagino que lo que tenían era envidia cochina de vernos tan campantes y “en forma”.

    Me adelanté a JS y a Gerard, casi sin querer. Mi ritmo era más rápido que el suyo y no quise perderlo, aunque me advirtieron (ambos) que más me valía tomármelo con calma. No pude hacerlo, me encantaba estar tan fresquita y tan tranquila. Y no corría por el peso, que si no…

    Los 13 km que nos separaban de Sahagún los hicimos en dos horas (si tenemos en cuenta que no corríamos, está bien. De haberlos hecho corriendo, habría batido mi propia marca).

    En Sahagún desayunamos de nuevo (parece mentira como se abre el apetito caminando). Allí tuve que ponerme unas tiritas porque me notaba un no sé qué. Pero bueno, la cosa no pasó de ahí.

    http://laltreblogdelarare.blogspot.com/

  4. 2009 Agosto 9
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO DE WILLIAM RAMOS Y SUS VIVENCIAS..

    Esas etapas fueron especiales para mi ya que conoci a otro mitico, un gringo que estaba viajando por Europa y decidio hacer 1 semana del camino de Santiago solo para ver como era… Lo vi caminando y inmediatamente empezamos a hablar… Me contaba que habia trabajado 2 anos para ahorrar precisamente para ese viaje… iba a durar 10 meses viajando por Europa y Africa, tambien viajaba solo… Muy interesante… tenia de todo en su mochila, su ropa para 10 meses, saco de dormir, tienda de campana y hasta un mini horno… Duramos 3 dias juntos y una noche dormimos al lado de un rio en su tienda de campana… tambien cocinabamos nosotros mismos en el hornito… esas etapas fueron las mas feas de todas ya que siempre era plano y paralelo a la carretera, esas etapas del camino simbolizan la muerte y luego ya cuando se entra en Galicia, el renacimiento… La etapa de ese dia era larga 28 kilometros y el sol quemaba duro ya que habian pocos arboles, todo era al lado de la carretera y el unico sonido era el de las patanas que pasaban a mil por horas… a veces la gente en la calle te miraba caminando y no dejaban de admirarnos como pensando, estos si que estan locos, caminando con todo este calor… Pero, obviamente no entienden el significado de ese caminar… Decidimos quedarnos en el pueblo anterior que se llamaba Ledigos… entramos con el proposito de tomarnos unos refrescos pero, nos entro un cansancio a los dos y decidimos quedarnos… Ahi estuvimos hablando con el gran Chema…tambien estaba la americana y dos Espanoles mas, luego llegaron dos Brasilenas que hacian el camino en Bici… era el dia del cumple anos del mitico, lo llame de mi celular, lo felicite y conte un poco las aventuras de esos dias… Fuimos al supermercado y compramos unos materiales para hacernos la cena, el gringo era un excelente cocinero… Preparamos la cena, las brasilenas se nos unieron y estuvimos hablando hasta tarde… Luego todo el mundo a dormir…

    http://porsiempreperegrino.blogspot.com/

  5. 2009 Agosto 17
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO DE JUAN MIGUEL GRAU, PEREGRINO DE MIAMI…

    Carrión de los Condes
    Real Monasterio de Santa Clara.
    Es uno de los conventos más antiguos de clarisas en España, fundado en 1255 por la reina de Portugal, y sobrina de Fernando III, Mencía, acogiendo algunas monjas de Santa María del Páramo. Conserva una iglesia neoclásica y un museo con algunas obras de Gregorio Fernández.

    Iglesia de Santiago.

    Iglesia del siglo XII. La portada es una de las mejores muestra de la escultura románica. Actualmente el interior es museo parroquial.

    Monasterio de San Zoilo.

    Cuando en el curso de los primeros años del reinado de Fernando I de Castilla y León (1037-1065), Gómez Díaz, uno de sus más insignes cortesanos, recibió de manos del monarca y en gratitud a los servicios prestados un pequeño monasterio localizado en su dominio de Carrión, no pudo prever que, andando el tiempo, se fuera a convertir en una de las sedes benedictinas más prósperas del reino.
    Desconocemos en qué fecha pudo fundarse esa modesta institución monástica dedicada a San Juan Bautista en la antigua vía Aquitana. Algunos documentos sitúan ya en el año 948 a una pequeña comunidad de monjes, con Teodomiro a la cabeza, habitando estas céntricas tierras Palentinas. Lo evidente es que las bases de su verdadera consolidación fueron puestas por este magnate, perteneciente a la poderosa familia castellana Banu-Gómez. Gómez Díaz murió en 1057 sin haber completado la labor de restauración del viejo monasterio y fue su familia, encabezada por su viuda Teresa, quien llevó a término el proyecto.En primer lugar fue dignificado con el traslado de las reliquias de dos mártires hispanorromanos desde Córdoba: Zoilo (noble patricio romano muerto el año 300 bajo la persecución de Diocleciano) y Félix (monje natural de Alcalá de Henares), así como la cabeza del Apóstol Santiago Alfeo. A ello se añadió la entrega de un amplio patrimonio territorial, que en lo sucesivo no haría sino incrementarse, gracias a reiteradas donaciones de la nobleza y de los distintos reyes Castellanos y Leoneses.
    Su ubicación privilegiada en la vía de comunicación más próspera del momento, el llamado camino francés o Camino de Santiago, colaboró aún más a su prosperidad, convirtiéndolo incluso en lugar de peregrinación y en paso obligado de los peregrinos hacia Santiago de Compostela. En 1076 Teresa, emparentada con los reyes de Asturias y León, se afilió al movimiento de renovación monástico alentado por el monarca Alfonso VI (1073-1109) y donaba el consolidado monasterio familiar de San Juan y San Zoilo a la Orden de Cluny. Con la pérdida de autonomía, lejos de mermar su importancia institucional, ésta se incrementó notablemente al convertirse, junto a Santa María de Nájera (La Rioja), en la residencia del representante (camerario) de Cluny en la península Ibérica. Los desórdenes que experimentó Nájera desde fines del siglo XII provocaron que desde Cluny se decidiera conceder a San Zoilo de Carrión el prestigio de alzarse con la jefatura de todas las filiales borgoñonas en los reinos cristianos occidentales de la Península. Desde aquí se impulsa notablemente, por todo el Camino de Santiago y sus orillas, una nueva manera de construir: el Románico. A partir de esta condición no debe resultar extraño que fuera el lugar escogido por monarcas y prelados para la celebración de Cortes y Concilios.
    Desde hace tan solo unos años, los restos de aquéllos antiguos escenarios, sobre todo en su Iglesia románica, son cada vez más visibles y permiten calibrar la importancia de la construcción que allí se alzaba. Lamentablemente no son tanto, al menos por ahora, los vestigios conservados del resto de las dependencias monásticas que completaban el conjunto: claustro, capítulo, refectorio, cocina, cilla, etc. El discurrir de los siglos finales de la Edad Media fue poco propicio para el priorato cluniacense de Carrión. Los desórdenes y la pérdida de relevancia de la propia orden benedictina frente a otras mejor adaptadas al nuevo tejido social, lo sumieron en una decadencia que tan solo fue detenida tras su conflictivo ingreso en la Congregación de Valladolid en 1532.
    Rotos sus lazos con Cluny, en esta nueva etapa como monasterio, sus abades trataron de recomponer el prestigio perdido, para lo cual, entre otras cosas, iniciaron un programa de reconstrucción de las deterioradas dependencias. El más destacado fruto de esta iniciativa es el magnífico claustro trazado por Juan de Badajoz y llevado a cabo entre 1537 y 1577 por Pedro de Castrillo y Juan de Celaya. El programa iconográfico desplegado en sus bóvedas, representando la historia de la orden de San Benito y la propia historia universal de la Salvación, no tiene parangón en las realizaciones coetáneas del territorio castellano leonés ni de la propia Europa.
    Desde la época de los Condes, el monasterio tuvo hospitales dedicados a la acogida y el cuidado de los peregrinos, alguno de los cuales se cita en los textos de los antiguos viajeros a Compostela. Así Doménico Laffi, clérigo boloñés, anotará en 1673: “A la salida de Carrión encontramos un gran convento donde dan ración de pan y vino a los peregrinos”. En esa misma época, en el siglo XVII, fue sustituida la iglesia románica por una espaciosa pero no muy afortunada construcción barroca, en cuya portada septentrional se fueron incorporando los principales personajes de la historia del monasterio.
    La primera mitad del siglo XIX quebró definitivamente la vida monástica de San Zoilo de Carrión. La desamortización de 1835, a la que había precedido la invasión napoleónica y el Trienio Liberal, ocasionó cuantiosas e inevaluables pérdidas en su patrimonio. Ocupado por la Compañía de Jesús desde 1851 para instaurar un famoso colegio de bachillerato (el primero de España) en el que se inspiró Ramón Pérez de Ayala para escribir su novela AMDG (ad maiorem Dei gloria). En 1959 los jesuitas abandonaron el convento y en él ubicó el Obispado palentino el Seminario Menor de la Diócesis de Palencia. Desde 1992, este antiguo monasterio tan lleno de historia y de cultura, fue convertido en el “Hotel Real Monasterio San Zoilo”.

    Terradillo de los Templarios.

    Como su mismo nombre indica fue territorio jurisdiccional de la Orden del Temple.

    Después de una larga y agotadora caminata, pude buscar refugio y cenar en el Albergue los Templarios. Terminé de cenar y me dio tiempo para entrar en la computadora y leer mis correos electrónicos y contestar algunos. Preparé como es costumbre todas las noches, mi equipo para la jornada siguiente que será aún más larga.

    Hoy salí a las 5:30 A.M. del albergue, sin desayunar, cansado, adolorido y medio dormido. Empecé a caminar en plena oscuridad con la ayuda de una linterna hasta que encontré el camino y poco a poco mi vista se fue acostumbrando. En ocasiones como ésta es cuando más extraño un buen café cubano para empezar la mañana.

    Sahagún
    Ermita de la Virgen del Puente.
    Arco de San Benito.
    Iglesia de la Trinida. Está fechada en el siglo XVI. Es un edificio de ladrillo en el que predomina el estilo neoclásico. Tenía en su interior un retablo churrigueresco que hoy se encuentra en el monasterio de las MM. Benedictinas. En la actualidad se utiliza como albergue para peregrinos.

    Iglesia de la Trinida. Está fechada en el siglo XVI. Es un edificio de ladrillo en el que predomina el estilo neoclásico. Tenía en su interior un retablo churrigueresco que hoy se encuentra en el monasterio de las MM. Benedictinas. En la actualidad se utiliza como albergue para peregrinos.

    Iglesia de San Tirso.
    Comenzó a construirse en piedra, pero inmediatamente se siguió en ladrillo. Los tres ábsides se hicieron en estilo mudéjar y las columnas de la cabecera se transformaron en pilastras de ladrillo. Sobre el crucero se levantó una monumental torre de aspecto sumamente macizo.

    Iglesia de San Lorenzo.

    Data de la primera mitad del siglo XVIII. Presenta planta basilical y una soberbia cabecera tripartita con los ábsides en forma de tambor. La preciosa torre está realizada en ladrillo y es una hermosa muestra del espíritu cristiano con las maneras decorativas mudéjares.

    Saliendo de Sahagún sobre el río Cea se encuentra el “Puente del Canto”, construído en 1085 por orden de Alfonso VI.

    http://www.juanmiguelgrau.com/camino_de_santiago

  6. 2009 Agosto 19
    María Camino Enlace permanente

    - Diario de JUANJO ALONSO, Agosto/ 1997 -

    A unos seis kilómetros nos esperaba Carrión de los Condes. El camino se hace por la carretera. Por ella caminamos, uno en pos de otro, Luigi y yo. Al mediodía entramos en Carrión. Enseguida y, en dirección hacia el Albergue, encontramos el Convento de Santa Clara. En la puerta advertí que también ofrecían hospedaje, y sin pensármelo dos veces, entré y conmigo Luigi.

    Pedí información sobre el hospedaje, y el encargado, un muchacho joven de apariencia sudamericana, me dijo que las habitaciones no tenían cuarto de baño, pero que se podía disponer de varios servicios. Tuvo que atender a otras personas y me pidió que esperase y que enseguida me las enseñaría. Mientras descubrí una máquina expendedora de refrescos, y me dispuse a sacar bebida para Luigi y para mí. Oscar, que se había integrado a nosotros, no lo consintió, y nos compró Aquarius y Coca Cola.

    A Luigi no le hizo demasiada gracia quedarse en el Convento y se fue al Albergue con Oscar. A partir de este momento no volví a verle hasta el Monte del Gozo. Dejado mi equipo en la habitación, y una vez recuperado con una buena ducha, me acerqué al Albergue para saludar a los Peregrinos. Allí me sellaron la Credencial y me indicaron que Luigi había estado allí pero que había decidido seguir Camino.

    Entablé amistad con un grupo de jóvenes capitaneados por Cesar, un leones de Santa María del Páramo, y otros tres, dos de ellos de Madrid. Cesar conocía bien al italiano y me dijo que no me preocupara por él, ya que actuaba siempre así. Decidí visitar la Iglesia de Santa María del Camino, donde se gozaba de un fresquito muy agradable. Es del siglo XII. Está enclavada en uno de los cubos de la antigua muralla. Ha sufrido muchos avatares y ha quedado muy desfigurada su primitiva antigüedad. La portada es de compleja iconografía, amén del Pantocrator con Evangelistas y Apostolado. En su interior destaca la Virgen con el Niño del siglo XIII y un Cristo del XV.

    Los jóvenes escuchaban mis consideraciones, que atrajeron a otros visitantes. Oscar, que también nos acompañaba, decidió comprar en un super algo para comer; yo tenía tanta sed que lo único que compré fue otro Aquarius. Oscar me dijo que iba a comer en la Plaza bajo unas sombras muy majas. Le animé, si bien yo aún no había decidido qué hacer. Al final, volví a las Clarisas y me tumbé a dormir. Creo que lo necesitaba más que comer.

    A las 17′30 me levanté e hice mi visita histórico-artística. La Iglesia de Santiago, destruida durante la guerra de la Independencia, ofrece una extraordinaria fachada del siglo XII, joya del románico palentino. Visité las de Belén, San Andrés, San Julián, la ermita de la Vera Cruz y, por último, bajé hasta el Monasterio de San Zoilo. Goza éste de un claustro plateresco, obra maestra del Renacimiento castellano (siglos XVI/XVII). Hace poco se ha encontrado una entrada a la Iglesia, que es del XII. Una maravilla digna de contemplar de cerca y detenidamente. Nadie debiera pasar por Carrión sin admirar la belleza de San Zoilo. Al otro lado de la carretera existe una Calzada romana, inicio de la del Camino a Calzadilla.

    Como mañana, según me comentaron, sería una etapa muy dura por el intenso calor y aspereza del terreno, decidí subir de nuevo a la ciudad con la idea de comer algo y sobre todo de beber. Enterado de que en Santa María del Camino se celebraba Misa a las 18 horas, me acerque hasta allí. Como de costumbre, se rezó el Rosario y, a continuación, la celebración de la Eucaristía, muy íntima y clásica. Me recordó las vividas en mi adolescencia.

    Cerca de las Clarisas hay un bar. Allí encontré a Oscar con Mariví, su mujer. Me la presentó, hablamos bastante y me confirmaron que Oscar dejaba el Camino para volver con ella a Cabezón de Pisuerga, donde viven. Les deseé toda clase de dicha y les prometí que les tendría presentes en el abrazo al Apóstol. Nos despedimos con evidentes muestras de cariño.

    Oscar me pidió la postal de Villalcázar de Sirga con la disculpa de ponerme sus señas y en ella escribió: Es bonito encontrarse en el Camino personas tan honestas y profundas como tú. Ya me contarás tus experiencias hasta Santiago. Gracias por compartir tu persona conmigo. Oscar.

    Domingo 3 de agosto:

    Carrión de los Condes-Calzadilla de la Cueza

    Me levanté muy temprano, ya que no deseaba asarme en este tramo del Camino, pues hasta tal punto me lo habían dibujado. Bajé a la cocina para tomar unas tortas que compré a las monjitas. En la nevera encontré leche y me serví un buen vaso. Dejé mi donativo y 4 tortas, para que otros peregrinos también pudieran gozar de estas exquisiteces. Al salir miré el reloj: eran las 5′30 horas. Fuera de la ciudad, frente al Monasterio de San Zoilo, me di cuenta de que aún era noche cerrada. Saqué de la mochila la linterna, y con su ayuda, me interné en la espesa oscuridad de la noche. Al llegar al cruce, después de pasar la Cruz Roja y Gasolinera, seguí hacia la izquierda, saliéndome del Camino. Ahora iba por carretera. Procuré ceñirme bien a la cuneta y llevar constantemente encendida la linterna; todavía no había demasiado tráfico, pero era peligroso circular por un arcén tan estrecho que, a veces, desaparecía. Hasta las 6′30 no comenzó a clarear.

    Al otro lado de la carretera se adivinaba un cartel. Enfoqué con mi linterna y pude leer: N-120 Sahagún. Su lectura me tranquilizó un poco. De noche, por carretera y sin saber la dirección que había tomado, me hacía sospechar un desvío importante. Ahora, por lo menos, sabía que estaba en buena dirección. Calculo que llevaría unos 4 kms andados cuando, después de pasar Calzada de los Molinos, la lazada de mi bota izquierda se enganchó con la fijación de la derecha, dando conmigo al suelo. La caída fue tan violenta e inesperada que quedé como un sandwich entre el piso y mi mochila. El bordón salió disparado así como la linterna. Me levanté con cuidado, dando gracias a Dios, ya que si hubiera venido algún coche en ese momento, lo más seguro es que me hubiera aplastado.

    Aún sentado en la cuneta, advertí que sangraba por todas partes; no era así, pero la profundidad de las heridas hacía que sangrara en abundancia, manchando brazos, piernas, pantalón, camisa y calcetines. Me inquietó sobre manera la herida en la espinilla de la pierna izquierda. De pie, recogido el bordón y la linterna, me di cuenta de que tendría que buscar un sitio más seguro para curarme, ya que el tráfico iba creciendo y el espacio de la cuneta era muy estrecho. Dejando un reguero de sangre tras de mi, busqué un lugar donde poder curarme sin prisas, dedicando el tiempo necesario para hacerlo bien. Al fondo, como a unos 300/400 mts y a la otra banda de la carretera, había una casa de campo que parecía deshabitada. Sin prestar mayor atención a las heridas, me dirigí a ella. A la derecha de la casa había una era. Descargué mi mochila y saqué lo necesario para curarme. Con el agua oxigenada limpié toda la sangre de brazos y piernas; de esta forma pude advertir que el daño era inferior a lo que, en un principio, había pensado. Me había herido en la espinilla de la pierna izquierda. y también en la rodilla de la derecha. En el dedo pulgar tenía un corte muy profundo y con gran hemorragia de sangre, así que traté de curarle primero. El agua oxigenada hervía produciendo gran calor en la mano; conprimiéndolo con bastante algodón logré parar la hemorragia. Lo tinté bien de Betadine y aprisioné con una tirita. A continuación lavé bien las heridas de las piernas, pidiéndole a Santiago que no me pasara nada en la herida de la espinilla; tenía temor de que tardara en cicatrizar o que no cicatrizara bien. La tinté también con Betadine y a continuación hice lo mismo con las de la rodilla. Estas seguían sangrando bastante por lo que me vi precisado de vendarlas con fuerza. Durante la cura oí cómo se abría una ventana de la casa y la volvían a cerrar…

    Recogido que hube todo el botiquín, de nuevo crucé la carretera y continué el viaje. Ya había salido el sol y empezaba a calentar. La circulación también era más fuerte y el paso de coches y camiones hacía bastante incómodo el caminar por el arcén. El vendaje de la rodilla permanecía bien sujeto, lo que hizo que me sintiera orgulloso de la habilidad con que había practicado las curas. La tirita del dedo gordo se me caía con frecuencia, dando lugar a paradas para secar la herida y reponerla. Sobre las 10′30 llegaba a Cervatos de la Cueza. Allí pregunté si había algo abierto para comprar cosas de comer. Me dijeron que un poco más arriba abrirían un supermercado. Subí y, en efecto, estaban metiendo mercancía en una tienda un poco grande y con pretensiones de supermercado. Me acerqué y pregunté si me podían vender alguna cosa. La encargada, un tanto contrariada, me dijo que ya que me encontraba dentro cogiera lo que necesitase. Al final sólo compré pan, una lata de sardinas y otra de mejillones en escabeche. Busqué una sombra en una pequeña plaza y me senté a disfrutar de tan suculento manjar. Tenía sed y se había acabado el agua de mi botellita.

    A una señora, que pasaba por la plaza, le pedí que me indicara dónde coger agua. Me dijo: esta Ud. sentado encima de la fuente. Me sorprendí y miré a mi alrededor; ella sonriente añadió: debajo de Ud. Efectivamente, a ras del suelo había un grifo. Le abrí y, aunque no salía fría, llené mi botella y la vacié por dos veces. Rellena de nuevo y repuestas mis fuerzas, salí a la N-120 para alcanzar la meta de esta jornada. La rodilla me dolía bastante y la herida del dedo me molestaba y sangraba cada vez que apretaba el bordón. El sol y la temperatura estaban alcanzando su cenit. Me sentía desfallecer; había consumido todo el agua, así que mi pensamiento se centraba en encontrar una fuente. A la derecha de la carretera quedaba Quintanilla de la Cueza. Vi algunos árboles y arriba del pueblo una hermosa torre exenta y, al lado, la Iglesia. Sin pensarlo más, me dirigí hacia allá. Cuando llegué me di cuenta que la Iglesia estaba abierta y estaban diciendo Misa. Entré, descargué la mochila y me quedé al fondo de la nave. Sentía vergüenza del sudor que empapaba mi camisa y pantalón. La gente se volvió para mirarme; yo me limité a dar gracias a Dios porque, a lo largo de todo el Camino, ha hecho posible que pudiera participar, cada día, de la Eucaristía. Al finalizar la Misa, entré a la Sacristía para que el Sacerdote me sellara la Credencial. No tenía el sello, pero me la firmó.
    Tan sólo me faltaban unos 5 Kms para Calzadilla. Cuando me lo dijeron me extrañó, porque la etapa de esa jornada era de unos 17 kms y yo los había hecho de sobra. Después pude confirmar que mi equivocación en la salida de Carrión me había supuesto 5 Kms de más. Este último tramo de la etapa fue muy duro. El sol, un sol implacable, se ajustaba al cuerpo, agotando las últimas energías de mí peregrinar. Mirando al horizonte nada asomaba que no fuera la inmensa planicie de Castilla. Por fin, tras una curva y como a unos 2 Kms, apareció la torre de Calzadilla.

    El afán de llegar alejaba, como en un espejismo, el perfil del pueblo. A la derecha, y por encima de unas eras, un cartel anunciaba Hostal Camino Real. Recuerdo que llegando pude apreciar un gran enjambre de avispas negras o así me lo parecieron a mí. Entré en el Hostal casi a rastras. Eran las 14′15 horas. Me acerqué a la barra del bar y pedí una botella grande y fría de agua. Me la dieron de litro y medio; me la bebí. Me dijeron que tenían habitaciones y solicité una. Subí, tropezando en los peldaños, porque me faltaban fuerzas para levantar más los pies. Me duché; limpié las heridas, repuse vendajes y bajé a tomar algo. De todas formas me encontraba tan cansado que sólo pedí un pincho de tortilla. Descansé hasta las 17′30.
    Aunque el calor era sofocante, quise unirme a los peregrinos de Carrión; así que subí al Albergue. En la puerta estaban Cesar con los de Madrid, sentados y con los pies metidos en unos barreños de plástico con agua. Habían llegado deshidratados y, para colmo, el Albergue sólo tenía una ducha y 6 camas. Todos iban a dormir en el suelo. Sacaron un botijo que fueron pasando de mano en mano. Creo que este es el peor Albergue de todo el Camino. El Hospitalero, sin embargo, era bastante simpático y acogedor. Me apostilló en la credencial: Buen Camino, peregrino ¡ULTREYA! Miguel.

    Mantuvimos una buena tertulia en la que hice el comentario de las avispas, confirmándome que había muchísimas y que a Miguel le habían picado el día antes. Enterados, por mí, de que en el Hostal tenían Menú por 1.000 pts. bajaron todos a cenar. Yo, antes de unirme a ellos, subí hasta el cementerio donde hay una torre de ladrillo, exenta, que por su arquitectura y formas no dudo que es mudéjar,posiblemente de los siglos XIII/XIV.

    En el Albergue se me presentó un señor que, al enterarse de que yo trabajaba en Publicidad, me explicó sus habilidades en el terreno de la Heráldica. Él dibujaba los escudos y, es más, estaba dispuesto a sacarme los escudos de mi familia. Se llama José Antonio Rueda y vive en Palencia. Quería, por todos los medios, enseñarme sus dibujos, y al saber que yo bajaba al Hostal, me acompañó porque le era muy grato hablar con personas que entendían de historia y de arte. Cuando llegamos, me dijo que iba al coche para coger los dibujos que, siempre, llevaba consigo. Sentados en una mesa, compartida por los otros peregrinos, J. Antonio me fue enseñando sus escudos y ofreciéndome los que yo quisiera, porque eran fotocopias y los originales los tenía en casa. Yo se lo agradecí, pero le dije que los guardara y que se quedara con mis señas. Si algún día pasaba por Madrid, con mucho gusto le acompañaría. Saqué mi Guía y, entre todos, estudiamos la etapa del día siguiente. Antes de cenar, llamé a mis hijos y hablé con Marcos. Todo iba bien y ya les seguiría llamando, para decirles por dónde me encontraba.

    Aquí, en este Hostal, empecé a darme cuenta de que la nueva cultura del ruido había prendido con más fuerza en los pequeños núcleos de población que en las principales capitales. Cuanto más retirados de la gran Ciudad, tanto más gritos, golpes, estentóreas carcajadas y más palabrotas y blasfemias.

    En toda la noche no dejaron de hablar a gritos, de reírse y competir en groserías, disputas y vaciedades. Por desgracia no sería mi última experiencia.

    .

    Lunes 4 de agosto:

    Calzadilla de la Cueza-Sahagún

    A pesar del griterío, el cansancio era tan grande que terminé conciliando el sueño por espacio de unas dos horas. A las 6 me levanté, y compitiendo con otros huéspedes dado que sólo había un cuarto de baño y un aseo, pude componer mi cuerpo. Abajo desayuné unos sobados y café con leche. Pagué y con mi equipaje a la espalda enfilé a la carretera. En el Km. 218 de la N-120 crucé el río Cueza. Como a unos 2 Kms. a la izquierda está el antiguo Hospital de Santa María de las Tiendas. A esas horas de la mañana es fácil hablar con Dios; a Él dirigía todos los días innumerables jaculatorias, algunas sin final, agolpándose unas encima de otras, al Dios Todopoderoso, al Amor Infinito, a Jesús Compañero y Amigo inseparable, a María, la más hermosa de todas las criaturas, al Ángel de la Guarda. Tenía como una desazón hasta llegar al Ángel de la Guarda; no podía separarse de mi pensamiento. Le sentía tan cerca de mí y sentía tan real su protección que deseaba llegar a nombrarle …bajo cuya custodia me puso el Señor con todo su Amor de Padre. Tantas veces, cientos de ellas, quizás miles, no lo sé, a él me encomendaba. Y al Espíritu Santo para que me enseñara a amar a Jesús, a amarle hasta la locura, pidiéndole que todo el amor de mi corazón se centrara en su corazón.

    A la hora y cuarto de haber emprendido la marcha, bordeé Lédigos y me separé de la carretera para entrar por un camino de arena y piedra relativamente cómodo. A media hora de camino paré en Terradillos de Templarios. En el Albergue volví a encontrar al alemán con su caballo. Entré en el local y pedí que me sellaran la credencial. La Hospitalera me dijo que si quería sentarme a desayunar podía hacerlo. Se lo agradecí, pero le dije que lo único que quería era llenar mi botella de agua. Entró un joven, bastante ebrio, quien comenzó a dirigir una serie de requiebros soeces a la chica, mas, como vi que ya se conocían, preferí dejarles solos y continuar por el Camino de Santiago.
    Según me adentré, el olor a tierra mojada, recién regada por la lluvia, hizo que mis ojos se posaran sobre unas humildes flores silvestres, de color azul cielo, que habían brotado a lo largo del borde del camino. Quedé como absorto durante un cuarto de hora o algo más.

    Enseguida tuve que prestar atención, porque me encontré en un pequeño barranco, que tuve que salvar sin problemas. Por él, mansamente, discurría el agua del Arroyo de Templarios. La pista continuó cómoda hasta Moratinos. Allí, en la Plaza, al lado de la Iglesia de Santo Tomás, que conserva una imagen de la Virgen con el Niño del siglo XVI, dejé la mochila y en la fuente bebí agua hasta quedar saciado. Rellené la botella y pude saludar a Cesar, que con sus amigos llegaba para hacer lo mismo. Sentado en un banco miró las heridas de mis piernas y me enseñó su rodilla, operada ya dos veces de los ligamentos cruzados. Precisamente se estaba portando bastante bien, aunque en ocasiones se le hinchaba y tenía que parar para refrigerarla un poco. Ahora la traía hinchada; se la remojó con agua y yo, impresionado, le pregunté dónde había comenzado el Camino. Al decirme que en Roncesvalles, añadí que, entonces, era evidente que podría llegar al final sin problemas. Se sonrió asintiendo, si bien -me dijo-, se quedaría en La Virgen del Camino, a unos 3 Kms pasado León. Allí le recogería su hermano para ir al traumatólogo, descansaría unos días y volvería para finalizar el Camino. Como todavía iban a descansar un rato, yo, deseándoles buen camino, continué por él.

    En poco más de media hora llegué a San Nicolás del Real Camino, que es el último pueblo de la provincia de Palencia. Desde aquí se puede hacer el Camino por varios cruces y tramos. Dicen que lo mejor es salir a la carretera y culminar la etapa por ella. Yo no lo hice y sufrí lo intrincado del Camino con serias dudas de si habría acertado en la elección. Pero como al final todo se alcanza, también en esta ocasión llegué a Sahagún, desfallecido, pero llegué. Poco después aparecían los demás, todos igualmente desfallecidos y casi todos con los pies maltrechos. En el Albergue me sellaron la credencial y pude admirar su belleza arquitectónica. Se encuentra en la Iglesia de la Trinidad con torre mudéjar y que, reconstruido, ofrece al peregrino toda clase de comodidades.

    En la Guía se daba razón de una Hospedería Benedictina. Esto atrajo mi atención decidiéndome por ella para poder gozar un poco de la vida monástica. Llegado al Convento, me acerqué al locutorio. La monja me miró un tanto confundida. Le pedí hospedaje y me contestó que la Hospedería estaba completa; no había ni una cama. Había que solicitarlo con mucha antelación y máxime en verano, porque la tienen ocupada casi todo el año. Como no podía más, le rogué que, por favor, me diera un vaso de agua fría y que me dejara descansar un rato al fresco del vestíbulo. Se fue y yo me quité la mochila y me senté en un banco de la entrada. Al cabo de un rato vino con una jarra de agua con hielo, un vaso y un bote de naranjada. Me dijo que el bote estaba más frío. Lo bebí de un trago. A continuación me sirvió dos vasos de agua. Se lo agradecí con toda el alma, ya que me sentía sólo y con la sensación de que mi presencia no era grata. En cierto modo me sentía como un proscrito. Salí sin rumbo, pasando de nuevo el Arco de San Benito. Me entretuve en admirar la Iglesia de San Tirso, impresionante joya románico-mudéjar. Casi de frente pude leer el rótulo de una Fonda, llamada La Asturiana. Abrí la puerta y pedí una habitación. La acababan de arreglar y me la asignaron. Les pedí que me lavaran un poco de ropa, aunque no la plancharan. Se miraron, como dudando, pero al final aceptaron. Se la bajé y ya, en mi habitación, me sentí otro. Dejado mi equipaje, con el neceser en la mano me dirigí al cuarto de baño. Estaba vacío y recién limpio. Di gracias al cielo por sentirme de nuevo persona y bajé a comer. El menú costaba 1.000 pesetas. Se llenó el comedor y el servicio era mínimo: la chiquita que me había acompañado a la habitación. La pobre no daba abasto, pero me puso una botella de litro y medio de agua para que me fuera más leve la espera. Comí muy a gusto, abundante y bueno. De pronto aparecieron también Cesar con sus amigos. Les prepararon una mesa redonda. Yo procuré acabar cuanto antes para que pudieran acomodar a más gente que esperaba. Subí a la habitación y me acosté hasta las 17′30. Por la tarde hubo conato de tormenta, pero no terminó de descargar por lo que hacía un bochorno insoportable.

    Ya descansado, hice mi recorrido histórico-artístico. En mi visita a la Iglesia de San Lorenzo actual, con su museo y acompañado de Marianela, custodiadora tanto del Museo como de la Iglesia, me sentí emocionado por lo maravilloso de sus esculturas así como por el acogedor trato de la guía. (Para Marinela mi más cariñoso recuerdo y agradecimiento. No sabe Sahagún la joya que tiene en su persona). De esta forma, despacito, contemplando las maravillas de esta ciudad leonesa, pasé la tarde.

    Por la noche vinieron nuevamente los jóvenes peregrinos a cenar. Nos saludamos y estudiamos la etapa del día siguiente. Cesar me dijo que era bastante dura y que él, a lo mejor, se quedaba en el Albergue de Burgo Ranero. A mí me pareció razonable y quedé en parar allí. A eso de las 12 de la noche me puse en contacto con Covadonga (la Asturiana) para ver a qué hora abrían y poder liquidar mi cuenta. La pobre estaba cansadísima y me dijo que ella se levantaría para atenderme. Yo me negué; le dije que la pagaba en ese momento y que me dijera dónde tenía la ropa tendida para que por la mañana pudiera recogerla. Me enseñó el tendedero y recogí toda la ropa, aún no muy seca pero se terminaría de secar en el cuarto. Su marido le dijo que me dejara preparado el desayuno y que yo mismo en el microondas podía calentarlo. Así quedamos.
    Empezó a echar cuentas y, al final, me dijo: deme 2.600 pts y ya está. Le dije que había comido, cenado, amén del desayuno, ropa, habitación y contestó que Dios ya se lo daría por otro lado. Le tuve que rogar que se quedara con 3.000 pts.

    A las 6′30 de la mañana bajé ya preparado para calentarme el desayuno y marchar sin meter ruido. Covadonga salió de su habitación, poniéndose la bata, para servirme el desayuno. En esta tierra todavía quedan ángeles. Covadonga es uno de ellos.

    .
    http://www.biescasvignau.com/03Espanol/07.Trekking/10.CaminoFrances/Diarios/JJ.Alonso.97.03/%2010A.DiariosJuanjo.htm

  7. 2009 Agosto 21
    La hospitalaria Enlace permanente

    DEL DIARIO DE ÁNGEL SILVENTE

    Finalmente, Carrión. Nada más entrar hay una hospedería de muy buen aspecto pero muy cara y con demasiados lujos para peregrinos ascetas y ya curtidos como nosotros. Más adelante hay un albergue, pero está completo. Así que decidimos continuar hacia la base de acampada, ya saliendo del pueblo. En el camino hacia allí atravesamos el caudaloso y limpio río Carrión por un imponente puente de piedra. Al llegar a la base de acampada y para sorpresa nuestra nos encontramos con el mismo hospitalero que nos atendió en la base de Villafranca de Montesdeoca, aquel que exageraba tanto. Esta vez lo hace al referirse al calor y dureza que encontraríamos en la etapa siguiente y a la lluvia que caería por la noche.

    Tras la ducha compruebo que tengo una nueva ampolla. Esta vez en el talón y de muy mal aspecto. En ese lugar una ampolla es muy peligrosa. Así que me la pincho y luego voy a busco una iglesia para pedir por su curación. Sería infalible. Ninguna ampolla se me había curado antes tan bien.

    Ya por la tarde y después de una leve siesta, damos una vuelta por Carrión. Es un pueblo ciertamente interesante. Lo mejor quizá sea el monasterio de San Zoilo, con el claustro más hermoso de todo el Camino francés. En el paseo nos encontramos a Gustavo de nuevo y nos cuenta otra de “las aventuras” de la pareja de colgaos vegetarianos porculeros ( no es que yo tenga nada en contra de los vegetarianos en general ). Todo ocurrió en el albergue de Puente Fitero, el de los italianos. Resulta que llegan los dos y el hombre se pone allí a hacer movimientos extraños tipo karateka. A todo esto aquel señor alemán de sesenta y pico años estaba allí con sus pies a remojo como era de costumbre. Entonces el barbas le explica que esos movimientos extraños son Tai-chi. El alemán no lo pilla. Entonces el barbas le explica : “Pues sí, el Tai-chí es una disciplina oriental que…” Y el alemán le corta “¿Oriental? ¡no! ¡no me interesa nada oriental!” Acto seguido el barbas deja de moverse y le dice a su mujer, o lo que fuera: “!Vámonos de aquí, esta gente está muy manipulada!”. Y cogiendo sus trastos se largaron. Impredecible comportamiento ¿no?

    De vuelta a la base de acampada llamo a Natasha. Me propone venir el 22 o 23 de agosto. Eso no interrumpiría mis planes de peregrino. Natasha es una de las mejores personas que he conocido. A demás ahora es un buen momento para que venga. Mi relación con Ana, afortunadamente, terminó. Con esto no quiero decir que Natasha me guste, ni que esté buscando nada con ella. Lo que pasa es que si su visita se produjera estando yo con Ana, o con quien quiera que fuere, cabría esperar un cierto malestar por parte de esta. Natasha es una persona a la que valoro mucho, pero nada más. Y a ella conmigo le ocurre exactamente igual.

    Al atardecer cambia el tiempo y se pone a llover por la noche. Esto va a beneficiarnos muchísimo al día siguiente. Será la etapa más larga hasta el momento, con unos cuarenta kilómetros de recorrido, los 17,2 primeros en absoluta soledad, sin sombra y sin fuentes, en recorrido rectilíneo por la Vía Laietana.

    En una etapa como la que nos espera hoy se hace necesario madrugar. Sin embargo nuestra salida se ve retrasada por un chaparrón veraniego que pronto cesa. Mientras esperamos a que escampe en la tienda comedor charlamos con “el Místico”. Esta vez nos adoctrina en el conocimiento de las líneas magnéticas que tiene la Tierra, como por ejemplo el Camino de Santiago o la Ruta del Inca, en Perú, la que sube al Machu Pichu. También nos cuenta que resulta que el Camino es una serpiente y el movimiento de sus escamas nos hace caminar. ” Porque la Tierra es un ser consciente, y nos escucha”- nos contaba. Pero la bomba fue cuando decía : ” … los chacras son puntos de energía del cuerpo humano, bueno, y seguro que habéis oído hablar del tercer ojo”. En ese momento Armando y yo nos miramos y a duras penas conteníamos la risa. Desde luego, el ojo en el que pensamos no era al que él se refería.

    Para de llover y emprendemos la marcha. Los primeros cinco kilómetros se caminan sobre el asfalto de una estrecha y poco transitada carretera. El ambiente es fresco y hay vegetación que anima bastante. Todo es así hasta llegar a la abadía de Benivívere de la que queda muy poco, pero está rodeada de arboleda. A partir de este punto se toma la rectilínea vía Laietana: doce kilómetros de la antigua calzada romana que conducía a Legio (León) y que más tarde sería usada en la Edad Media por millones de peregrinos en su caminar hacia la tumba del Santo. Así que nuestros pasos siguen a los que antes que ellos dieron peregrinos y soldados romanos durante los veinte siglos anteriores. Casi nada.

    En este punto nos encontramos con uno de esos peregrinos que hacen que del Camino algo más. Se trata de un minusválido que viaja en un triciclo que funciona con unos pedales manuales. El artilugio está muy bien, con sus ruedas de montaña, cambios, lugar para la mochila… Pronto nos deja atrás, pero volveríamos a encontrarle.

    El tiempo nuboso acompaña y lo que iba a ser una etapa interminable se hace muy llevadera. Calzadilla de la Cueza marca el final de la recta. A la salida hay un área de descanso con asientos y mesas de piedra. También hay una fuente y árboles que dan una buena sombra. Pero el descanso no se puede dilatar más de unos minutos. Todavía quedan más de veintidós kilómetros hasta el final de etapa.

    Al poco de abandonar Calzadilla, el camino se encauza entre un bosquete de encinas. Pero es un camino ancho así que todo el sol da de lleno. Pronto se llega de nuevo a los eternos campos de cereal, en esta zona ya segados. La etapa empieza a hacerse excesivamente larga.

    Lédigos se nos presenta bastante inhóspito. Las casas son de adobe, perfectamente mimetizadas con el entorno terregoso y polvoriento. Armando lleva un ritmo lentino que a mí me agota. Así que de Lédigos a Terradillos de los Templarios sigo a mi ritmo y me adelanto, aprovechando así para comprar algo de comer. Llegando a Terradillos me da la bienvenida aquel peregrino del triciclo. Todo un ejemplo de voluntad.

    Mientras llega Armando consigo algo de pan, jamón y fruta, nada baratos, por cierto. A la salida del refugio de peregrinos hay una buena sombra con hierba debajo. Allí comemos y sesteamos esperando a que baje un poco el sol. Todavía quedan trece interminables kilómetros hasta que Sahagún.

    La siesta es interrumpida por un perrazo al que seguro le habíamos quitado el sitio. Pero él no se corta en tomar lo que considera suyo. Primero se acuesta en mi esterilla. Después marca su territorio orinando en el tronco del árbol bajo el que descansábamos y casi moja a Armando.

    Nuestra salida no se puede demorar más y sobre las cinco y media reemprendemos la ruta. Quizá fueran estos unos de los kilómetros más aburridos de todo nuestro Camino. Únicamente las rapaces que nos sobrevuelan y sus picados a la caza de los roedores que pueblan la estepa castellana hacen más ameno el cansino suceder de nuestros pasos. Ni si quiera hay nada que nos indique el paso a la provincia de León, la última y más larga antes de entrar en Galicia.

    Por fin, cerca de las ocho de la tarde, Sahagun. No hay tiempo, ni ganas, ni fuerzas para curiosear por esta ciudad. Tenemos las horas justas para asearnos, comprar y hacer la cena ( pasta, creo recordar) y acostarnos cuanto antes ya que a la mañana siguiente tendríamos que afrontar otra inhóspita y desesperante etapa al sol de los campos.
    Después de todo el día bajo el sol me doy cuenta de que tengo los ojos quemados. Al acostarme me escuecen un poco.

    http://www.euskalnet.net/diariosdeperegrinos/angel.silvente.htm

  8. 2009 Agosto 22
    María Camino Enlace permanente

    “O ya cruzado el río Carrión, en plena Tierra de Campos, escuchar todavía nostágicos recuerdos de una época remota: “No se llame Señor quién en Tierra de Campos no tenga terrón”.
    “O Sahagún llamada desde hace siglos la Cluny española, por la gran profusión de monumentos de estilo románico cluniacense que existen en la villa”.

    http://luisyanezabelaira.blogspot.com/2009/05/ponferrada-16-04-2009-presentacion-un.html

  9. 2009 Agosto 23
    María Camino Enlace permanente

    Y mi cariñoso recuerdo a la familia del Corral Font, con Don Julio a la cabeza, con sus noventa y tantos años, y su hija Leonor y su esposo Antonio, que siempre que paso por Sahagún, amén de visitar a la Virgen Peregrina, la famosa “Roldana”, la más peregrina de todas las vírgenes del Camino, pero que nunca ha peregrinado a Santiago, me detengo a saludarlos y departir con ellos unas horas que siempre me resultan gratísimas y de lo más reconfortantes.

    http://luisyanezabelaira.blogspot.com/

  10. 2009 Agosto 23
    María Camino Enlace permanente

    DIARIO DE BARRET Y GURGAND, 1977

    Entre Carrión y Sahagún, una grande llanura que podría llevar el primer premio en un festival de tierras llanas. Teníamos la sensación de patinar sobre una alfombra rodante que nos retomaba en la medida que atabíamos kilómetros. Lo más extraordinario es que este paisaje es extrañado al máximo. Puszta, estepa, pampa, veld, tundra: ¿dónde estamos ciertamente?
    De súbito, salido de ningún lado, a lo lejos, un vahó palpita vagamente, como la célula de los orígenes al borde de la nada. Lo vemos tomar cuertpo in…ter…mi…na…ble…men…te y transformarse en una silueta de hombre. Con más precisión, la de un pastor que se resguardaba del sol bajo una antigua antucá. No debe encontrarse con gente todos los días ni, incluso, todos los años y lo imaginamos lleno de curiosidad. Pues bien, ¡no! Se alejó del camino, arrastrando a su rebaño detrás de él. A doscientos metros, respondió a nuestro saludo con una simple seña con la mano. No le interesábamos.
    ¡A menos que nos tenga miedo! Es verdad que si, en estos mismos parajes, Aymeri Picaud cuenta el caso de peregrinos que fueron devorados crudos por los lobos o las langostas, la memoria de estos pueblos está plena de historias en las que los pesados bordones herrados de los caminantes de Dios no les han servido solamente de bastones de vejez. No importa: que pudiese tenernos miedo no deja de interesarnos.

    Sahagún se parece a un decorado de western, del tipo ciudad mexicana abandonada: construcciones de ladrillo rojo, fachadas medio derribadas, viento en torbellinos, moscas, cuervos, torpor, sin contar a un tren saliendo del desierto sin pedir entrada. Un raro lugar, donde lo románico, lo gótico y lo árabe se mezclan en los frontones rosa marchito de los palacios arruinados. Nos quedaríamos, un poco, para ver, pero aún estábamos a unos cuatrocientos kilómetros de Compostela -entre diez y doce días- y empezábamos a sentir hormigas en la cabeza.

    http://www.euskalnet.net/diariosdeperegrinos/barret.y.gurgand.htm

  11. 2009 Agosto 24

    DE LA PEREGRINACIÓN DE LEON DEGRELLE

    Carrión es la gran ciudad agrícola de la región. Pero es casi tan pobre como los otros pueblos de este camino. Felizmente (¡por ésto!) hoy se celebraba el mercado, por lo que ahí estaba una cincuentena de hombres vistiendo ropas de pana verduzca, con la pequeña boina, endurecida por la mugre, calzada en sus testas rudas. Pero los grandes carros pintados de los labradores eran bonitos, las cebollas les sentaban bien. Y también lo eran en los comercios el cuero de los tiros, de las trallas, de las monturas, completamente decoradas con bizarros dibujos. Por todos los sitios, había aperos agrícolas. Y por todas partes, me producía risa ver las horquillas, con tres o cuatro grandes colmillos, de madera blanca, plantadas en grandes toneles, semejando cientos de cornamentas, cómicamente orientadas hacia el mismo lado, igual que si se hubiera esquilado, de un golpe, a todos los cornúpetas de la comarca.
    Tan sólo una casa conservaba aún cierta elegancia, perdurando en ella sus bellos escudos de piedra. Me acerco, entro: bajo el soportal, dos puertas. ¡En una, la “cárcel”: en la otra. . . la”Academia Municipal de Música”! ¡Así, al menos en la prisión, uno se consuela, mientras cata los frijoles, con la compañía de las notas del trombón! (Nota de la copista: ¿el “violón no es la antecámara de la prisión?).
    Pero lo que me atrajo de Carrión fueron las iglesias de la “peregrinación”.
    En primer lugar, “Santiago”, con un pórtico deslumbrante: en lo alto, un friso, con un Dios de una potencia conmovedora entre sus apóstoles. Después, desde abajo, siguiendo el gracioso arco, encantadora, sorprendente, toda una serie de personajillos de la vida de la Edad Media: el herrero, el escultor, el zurrador, el campanero, el poeta, el lector, el escribano. . . : dos guerreros se baten a golpes con una especie de “goedendag”, protegiéndose detrás de su escudo: también está un viejo rey mesándose su barba con una mano y con la otra levantando una maza con la que, se presiente, va a aplastar el cráneo de un personaje invisible. Hay también un tañedor de arpa: después, un violinista, con las piernas cruzadas con un natural gusto y con mirada de soñador: y, finalmente, una bailarina (¡sí, a la entrada de la Iglesia!), alcanzando con sus dos pies la cabeza con la cabellera suelta. Todas son, evidentemente, pequeñas escenas tomadas del natural. Adoro esta época tan maravillosamente natural, donde el arte -¡y qué arte!- era tan auténtico y tan sencillo. Hay otra iglesia, también maravillosa: Santa María. Aquí, además, hay una serie de estatuas, de un idéntico interés, sosteniendo el arco del pórtico, y a sendos lados, dos magníficas cabezas de toro. ¿Por qué estas poderosas, pero extrañas, cabezas de toro?
    Aquí perdura aún una bella historia que les encantaba a los peregrinos. Es la del tributo de las cien “doncellas”.
    Entre los tributos que, en la época de las grandes victorias árabes, los reyezuelos cristianos debían, al parecer, en viar cada año a los infieles, para su jefe, también un lote de cien jóvenes, vírgenes, de sangre noble, etc, etc. Cada año se repetía en todos la gran desesperanza, que añadía un poco de atractivo al misterio. Pero un año, cuando el bello cortejo, llorando, partía de Carrión, escoltado por los jenízaros, cuatro toros lo embistieron, volteando a la escolta, que se dio a la fuga, salvando así la virtud tan amenazada de las bellas del terruño. (¿Estaban tan encantadas como para ésto?). Se han hecho sendas estatuas de los cuatro toros servidores del bello sexo. En cuanto a las cien beldades, no sé lo que ocurrió con ellas, pues sólo he visto en todo el contorno pequeños pájaros de cuentas, renegridos y cortos de piernas, entre la multitud excitada de sus descendientes. ¡Toros, para salvarlas! ¡Yo no hubiera movido una pata!

    Pues bien: he llegado. Nada se ha desgastado, nada se ha roto, todo en general está bien. Me he tragado los 50 kilómetros, no diría que tan fácilmente como una buena crema helada (¡Ah! ¿Cuándo me podré comer una?). Pero todo se ha pasado lo mejor posible y esta tarde me encuentro con el cuerpo fresco y el ánimo bien dispuesto.
    Al amanecer partiré, no sin haber pasado otra vez por la iglesia de Santiago, para contemplar nuevamente el admirable pórtico con sus graciosas figuras de oficios. Me gustaría volver a encontrar la antigua calzada de los peregrinos. Mas ¿dónde se encontrará? ¿Cómo descubrirla entre los altos trigales secos? Aquí, nadie sabe nada -o muy poco, si no me equivoco- de estos viejos caminos, semi desaparecidos.
    Sobre el gran puente de piedra del río Carrión, estaba un rudo obrero afilando tranquilamente su navaja sobre el suelo. Le pregunto. Buen exponente del antiguo tipo medieval. Iba precisamente a “cosechar” por allí. Hicimos un tramo en mutua compañía. ¡Era un pozo de ciencia “jacobea”! Lo conocía todo del viejo camino y no me dejó, ni por sus trigos, hasta después de haberme explicado perfectamente dónde y cuándo debía internarme en la masa plateada de las cosechas.
    Tenía delante una bonita “abadía”, muy bien restaurada, ciertamente, por un extranjero y ampliada por grandes dependencias -nuevas- todas con soportales: me recordaba el bello y querido molino de allá abajo.
    Después, anduve sobre la antigua “calzada”, de grandes losas marrones y lisas (oh, mis pies!), sobre las que, a la menor distracción, se puede estar expuesto a aterrizar.
    Pero ¿a cuántos kilómetros estaré antes de llegar al verdadero camino? Me lo indica un campesino:
    -Cuatro kilómetros
    Era reconfortante. Pero una hora después, al final del horizonte, di una voz a otro labrador (¡el segundo que veía en la mañana!
    -¡Al menos, ocho kilómetros!
    ¡Cáscaras! Cada vez que miraba para atrás, veía la enorme mole de la iglesia de Carrión sobre su promontorio. ¡En esta tierra llana se la ve durante veinte kilómetros! Tengo la sensación de estar caminando con una catedral colgada a la espalda. Es agobiante.
    Pero ¿y mi camino?
    Al final se divisan, muy lejos delante de mí, tres montículos entre los trigales que se aproximan: son campesinos, vestidos con trajes de pana negra, montados en sillas de caballos multicolores.
    -¿A cuántos kilómetros?
    -¿Cuántos? ¡Doce, por lo menos!
    ¡Y los tres”Sancho Panzas” decían la verdad! Había 22 a 23 kms en total antes de alcanzar la gran carretera, donde contaba con detenerme un poco a descansar.
    Estaba en el pueblecito de Calzavilla de la Cuerza, célebre antaño, hoy, miserable, con una doble hilera de casas -chozas, más bien- de adobe, color café con leche, hecho de tierra y de los restos de la paja habituales. Junto a cada pueblo, las cavernas, las cuevas, agujeros infectos excavados en las laderas arcillosas.
    Pero mi sorpresa de hoy no fue en absoluto de orden arquitectónico (pobre jornada por ello), sino. . . de orden olfativo. Esta tierra es conocida por sus perfumes de flores salvajes. A veces se ve todo violeta. Pero el triunfo es el de la “manzanilla”, una pequeña margarita que produce un perfume adorable. En el alba, aún un poco húmedo, estos agradables efluvios, para deleite de los viandantes, flotaban en el ambiente como grandes olas “baudelerianas”. Todo el camino estuvo adornado y embalsamado por estas aromáticas florecillas, embriagando los sentidos, dignas de inspirar la musa de los poetas griegos.
    A la una y media de la tarde, después de haber costeado, siempre por la derecha, los bonitos montes lejanos -azules y grises-, blanqueados a veces por algún penacho nevado, por fin vi con deleite, sobre un poste, que ya no quedaban más que cuatro kilómetros para culminar la famosa etapa de Sahagún. Allá en lo alto de una loma, una gran torre cuadrada de ladrillos, con grandes arcos románicos y ojivales, me llamaba.
    Era la hora. El calor, sobre este polvoriento camino, totalmente desnudo, era implacable. Los rebaños de ovejas se apiñaban en redondo, colocando cada una su cabeza bajo la sombra de las otras. Fue entonces cuando mi pierna derecha me falló: un vivo dolor me agarrotó un músculo por encima de la rodilla: habían recorrido bastante (46 km) y me avisaban que tenían su chasquido (su derecho, en suma).
    Necesité una hora y media para recorrer los cuatro últimos kilómetros. Recorrer, no, arrastrarme. Una vieja mendiga, llena de piedad, se me acercó, desde los trigales donde roía un pedazo de pan, para ofrecérmelo (lo rehusé), así como un trago de su botella, que acepté, con un suspiro de liberación. Me moría literalmente de sed, ni una “copita” que beber en 50 kilómetros. Después, una carreta de campesinos que me dio alcancequiso montarme, pero lo rehusé y. . . continué mi camino, con los dientes apretados, sufriendo a cada paso.
    Llegué a la horrible estación, que destrozaba todo el paisaje de torres. Allí había fondas. ¡Pero, esto era contrario a mis principios! Una fonda de estación es siempre monstruosa, llena de silbidos, de humos, de choques y de ruídos de todas clases. Vencí la tentación y avancé aún un kilómetro más por callejuelas leprosas.
    Tenía razón. Después de la comida y de una hora de estar acostado, no sentía ya la menor fatiga, ni el menor trazo de dolor en los músculos. Pero me sentía con el ánimo cada vez un poco peor por estas alarmas: un músculo anquilosado y todo mi viaje se echaría por tierra.
    Esto no es nada. Podré mañana perfectamente afrontar los 55 km. de la próxima etapa. Francamente, podré hacer ésto ( o más o menos) cada día. En camino, me siento alegre, canto sin cesar, todo me resulta fresco, dulce, ligero. Siento afluir en mí, por poderosas ondas, todas estas fuerzas encantadas de la naturaleza, tan próximas a mi propia naturaleza.
    Es. . . la parada la que me horroriza, el temor al fracaso: la promiscuidad, la “befa” lamentable de estos albergues, especialmente de este último tipo.
    El de hoy, es un pequeño “piso” de la segunda planta (¡una segunda planta por aquí!), donde me quedo a comer y hospedado. Tengo una pequeña habitación (la única disponible), justo a la entrada: por lo tanto, espléndidamente situada. . . para escuchar al máximo todos los ruídos de los que entran y salen. A lo cual hay que añadir que un niño ha nacido esta noche y manifiesta ya una predisposición muy segura hacia el jaleo preferido de su raza.
    ¿La ciudad?
    Esta, es muy feúcha. Es decir, es lo que queda de lo que fue un centro francés enorme: abadía francesa, Abad francés, dependiente de Cluny: hospitales, numerosas iglesias, todas en ladrillo, con mucha influencia árabe: pero todas, salvo dos, muy mediocres en su interior, están desmoronadas. Sólo hay algunos arcos y trozos de paredes. Todo el pueblo estaba sucio, las calles llenas de tierra, todo se veía rezumando tedio, pobreza, mediocridad.
    Fue una visita nula, inútil. Espero con ansiedad e impaciencia llegar pronto a León.
    Por fin, ya he entrado hoy en la provincia de León, después de haber cruzado completamente, desde los Pirineos, las provincias de Navarra, Logroño, Burgos y Palencia. Me quedan aún por atravesar, a continuación, la provincia de Lugo y la provincia de La Coruña.
    Ahora, a los 535 km, es como si ya hubiera hecho el trayecto de Anvers a Touraine. Es perfectamente factible. Cuestión de fe: el espíritu místico hace pasar por alto todo y mis bravos viejos santos, Santiago, Domingo de la Calzada, Juan de Ortega y Mauro, me ayudan. Nos hemos hecho viejos amigos: desde hace casi tres semanas, pronto, que vamos andando juntos el camino, y sin modales, con un puñetazo o tal vez con una patada, cuando esto no marcha les ruego su ayuda. Es también cuestión de voluntad: no es digno flaquear cuando el objetivo está ahí, ya tan cercano.

    me pongo de nuevo en marcha hacia las cinco y media de la mañana. La ciudad dormía. Pero los bellísimos hierros forjados de sus numerosos balcones (debió residir en este lugar, antiguamente, un gran artista del hierro forjado, pues, durante todo mi trayecto, en ninguna parte, he encontrado tantos y de tanta gracia) se dejaban admirar, sin que pudiera impedir que un racimo de “chicos” se pegara a mis “alpargatas”! Muy bonito arco de salida de la ciudad, grandioso. Después me sorprende un, canto desoído, de voces cristalinas, deletreando salmos. Desde el viejo caserón del convento próximo, estas imploraciones femeninas, claras, calmas, puras, se desprendían y esparcían divina y misteriosamente.
    Atravieso las ruinas de un gran convento, un puente de piedras enormes, magníficas (toda esta zona tiene muy bonitos puentes), y alcanzo la campiña, plantada de fresnos, a la salida de Sahagún.
    Estos fresnos tienen su historia, son el último jalón de la leyenda de Carlomagno, reconquistando el camino de Compostela. Aquí, él libró su última batalla: en duelos de cien cristianos contra cien sarracenos en primer lugar y durante tres veces: después, los dos ejércitos, el uno contra el otro. Pero la noche anterior al último encuentro, retoños de jóvenes fresnos nacieron al pie de las lanzas de los soldados que iban a morir. Desde entonces, en este lugar, esta fresneda renace siempre.

    http://compostela2004.free.fr/mi_camino_de_santiago.htm

  12. 2009 Agosto 27
    La hospitalaria Enlace permanente

    EX ORIENTE LUX

    Continuamos nuestro camino saliendo del pueblo por la calle que va a un lado del mesón en dirección a Carrión. Lo que nos quedaba para llegar hasta el destino de esta etapa era más bien poco: el mismo tipo de andadero paralelo a la carretera, un firme cómodo y un terreno llano. A penas una hora de tranquila marcha.

    Entramos en Carrión por una larga calle, dejando a un lado la ermita de la Virgen de la Piedad, en la que descansaban a su sombra tres ancianos del lugar que discutían apasionadamente de no sé qué asunto. Continuando un trecho más, llegamos al Monasterio de Santa Clara, del siglo XIII, donde nos detuvimos a admirar la belleza de su patio de entrada, las joyas que conserva su museo y, mientras sellábamos nuestra credencial, charlamos un rato con el responsable del albergue. Al salir, volvimos a encontrarnos con el peregrino Italiano, quien nos preguntó si había sitio en el albergue y si teníamos pensado seguir más adelante aquél día.

    Cuando tras despedirnos del italiano, salimos del monasterio en dirección al centro urbano, nos detuvieron los ancianos que habíamos visto antes discutir a la sombra de la ermita:

    - ¿Son ustedes peregrinos?

    - Sí lo somos, ¿Qué se les ofrece?

    - ¿Van a continuar hoy el camino o van a alojarse aquí? –al vernos que no nos decidíamos a darles una respuesta, añadieron- deben ser prudentes si continúan pues una vez que salgan de Carrión no encontrarán otra localidad hasta los muchos kilómetros, y si se pierden pueden hacer hasta 30…

    Nos explicaron que era fácil despistarse en la salida de Carrión y que debíamos estar atentos a llegar a una gasolinera que había a la salida para orientarnos debidamente.

    Hasta aquí sus explicaciones parecían estar llenas de coherencia y acuerdo entre ellos. Sin embargo, fue en el momento de explicarnos cómo tomar el camino una vez llegados a la gasolinera y calcular los kilómetros que desde aquél lugar había hasta Calzadilla de La Cueza, donde estalló el conflicto: el uno decía que había que seguir por la carretera hasta una fábrica y desde ahí continuar unos 16 kilómetros; el otro que era la senda junto a la dichosa gasolinera; el tercero, por fin, que no llegaban a 20 kilómetros por poco los que había y que ninguno de ellos estaba explicando bien lo qué hacer…

    Nos despedimos cortésmente y ahí les dejamos discutiendo de nuevo, como cuando les habíamos visto la primera vez, contentos –de eso quedamos más que seguros- de haber dado con otro motivo por el que llevarse la contraria unos a otros.

    Como ya se acercaba el mediodía y apretaba el hambre nos acercamos al Bar España que hay en una plaza, frente a los restos de las viejas murallas y la entrada a la Calle Santa María. No daban nada de comer así que seguimos un poco más nuestro camino, esperando dar con un lugar donde comernos un bocadillo.

    Nada más entrar en la Calle Santa María, dimos a nuestra derecha con la Parroquial del mismo nombre, apellidada “del Camino” por razones obvias, y cuya contemplación supone un verdadero deleite para los sentidos. En su portada se pueden ver representados personajes muy diversos en escenas cotidianas y profesionales, hay también animales, así como referencias al pecado y al demonio, y una maravillosa representación con diversas escenas de la Epifanía. Sólo la portada puede proporcionar al visitante un largo y delicioso entretenimiento en busca de los numerosos detalles que ofrece este templo.

    Hambrientos como estábamos continuamos nuestro camino, hasta dar con un bar que estaba en esa misma calle, poco después de rebasar la casa del Marqués de Santillana, en el que detuvimos nuestros pasos para comernos un bocadillo.

    Antes de dar por finalizada nuestra etapa por aquél día, nos detuvimos ante la Iglesia de Santiago para admirar su hermoso friso dominado por la imponente figura del Pantócrator, realizados en el siglo XII. De allá, y desviándonos del camino que sigue su curso hacía el puente del río Carrión, dirigimos nuestros pasos hasta la Iglesia de Nuestra Señora del Belén, patrona del lugar y uno de los lugares mas bellos y quizá desconocidos de Carrión.

    Desde su mirador se observa el Monasterio de San Zoilo, el curso del río Carrión y la arboleda que crece a sus márgenes en su más espléndida belleza. En ese lugar, mientras nos deleitábamos placenteramente con las vistas y el brillo vibrante de las hojas mecidas por el aire, con el fresco de aquella tarde y el sonido rumoroso del rio y los árboles, recordábamos cuánto de común tienen éste lugar y aquél ya lejano de Sansol –su nombre procede de San Zoilo-, desde el que observábamos bajo nosotros el templo de Torres del Río.

    Durante un largo rato permanecimos en total silencio, deleitándonos en el momento que estábamos viviendo, siendo conscientes de que tras de nosotros, cada vez más, iba quedando un largo y fructífero camino.

    El mismo día que finalizamos la etapa en Carrión, aprovechamos la tarde, tras la visita a Nuestra Señora del Belén, para bajarnos hasta el monasterio de San Zoilo, al otro lado del río.

    Al llegar frente a su fachada, nos asombró por su robustez, su monumentalidad neoclásica. No tiene nada que ver, seguramente, con lo que allá había en la Edad Media -dicen que apenas queda de aquello algo en su claustro y en su antigua portada-, pero se nos ocurrió pensar en todos aquellos peregrinos que camino de Compostela pasaban ante este edificio, intentado imaginar la impresión que les debió dar semejante mole de piedra, tan monumental, majestuosa y llena de adorno y ostentación.

    Mientras llamábamos a la puerta para entrar a visitarlo apareció por ahí el peregrino italiano que tantas veces habíamos visto a lo largo de la jornada. Era un hombre de unos 50 y tantos años aproximadamente, delgado, alto y con aspecto de ser un tanto despistado. Al vernos nos saludó amigablemente, y se interesó por si habíamos comido, encontrado alojamiento o pensábamos continuar el camino.

    Charlamos durante un rato, hasta que nos abrieron la puerta, y al entrar a visitar el lugar, nuestro nuevo amigo se despidió de nosotros diciendo que regresaba al albergue del Monasterio de Santa Clara a descansar.

    Nosotros, por nuestra parte, entramos con la idea de disfrutar de la bella portada occidental de lo que fue un templo románico. Se conserva en un perfectísimo estado, posiblemente porque durante mucho tiempo estuvo oculta entre yesos, molduras y falsos tabiques que la sumieron en el olvido, hasta que unas obras de remodelación llevadas a cabo en 1993, hace 12 años, las sacaron a la luz para disfrute de todos nosotros.

    Según afirman los que entienden, los hermosos capiteles que la adornan se encuadran entre lo más antiguo del románico palentino; que ya es decir. Muestran diferentes escenas en las que el visitante puede entretenerse en su interpretación durante mucho tiempo. Son un deleite para la vista: unas reproducen el cultivo de la vid, hay también unas figuras transportando a otra más pequeña, en otro se recrea el episodio de la burra de Balaam… El viajero ve todo aquello a través de los ojos del hombre medieval y eso es una experiencia de valor incalculable.

    Se ve muy a las claras que mantuvo durante mucho tiempo el recuerdo de su antigua advocación a San Juan Bautista, y prueba de ello es que, en pleno siglo XVII, mucho tiempo después de ese cambio, con la traída de las reliquias de San Zoilo, alguien dejó una inscripción que hace referencia clara a aquél: “..pilis camelorum ad zonam peli..”.

    Y es que incluso contamos con la presencia de los bustos de dos leones que, si nos ponemos muy cicateros, no son otra cosa que el animal emblemático de aquél santo –por eso de que ambos reinan en el desierto-, y, por extensión, del de quién empezó su evangelio con estas palabras:

    Voz del que clama en el desierto:

    Preparad el camino del Señor,

    enderezad sus sendas

    apareció Juan bautizando en el desierto,

    proclamando un bautismo de conversión

    para perdón de los pecados.

    (Marcos I, 3-4)

    A la mañana siguiente, a eso de las 9 menos 20, nos acercamos al puente sobre el río Carrión y tras hacernos la fotografía de rigor, comenzamos nuestra marcha que prometía ser esta vez un tanto trabajosa: era una etapa de 32 kms., de los cuales los 17 primeros discurren por despoblado. Es el tramo deshabitado más largo al que nos habíamos enfrentado en lo que llevábamos de camino.

    Antes de empezar, nos habíamos tomado un café en el Bar España y, después, por recomendación de un simpático taxista con el que charlamos de peregrinerías, historias locales y la belleza de la toscana, nos pasamos por una pastelería que hace esquina en la plaza de Santa María y en la que si hay suerte –que la tuvimos-, se puede dar con unas deliciosas tortas de aceite para desayunarse como es debido.

    Afortunadamente, el día parecía clarear y esos aguaceros de los que oímos hablar en jornadas anteriores, habían marchado a otros lugares. Como he contado antes, nos detuvimos en el puente a hacernos una foto antes de comenzar la marcha, pasamos ante el Monasterio de San Zoilo y continuamos derechos. Resulta curioso pensar que esas mismas campas que rodean al monasterio fueron escenario de episodios tan relevantes en la historia medieval castellana como el de la presentación del Rey de León Alfonso IX ante Alfonso VIII de Castilla, o el de los fallidos desposorios de la hija de éste último -la después reina Berenguela de Castilla- con Conrado, hijo de Federico Barbarroja.

    Al poco de rebasar el monasterio, pasamos una rotonda y tuvimos que ir bordeando la carretera por el arcén, hasta llegar a una gasolinera que tenía el pintoresco nombre de “El Resiste S.L.”. Cerca de aquél lugar se toma una pista asfaltada a la que los del lugar llaman “la carretera del indiano”, flanqueada a ambos lados por maíz y cereal.

    Continuamos la marcha. Veíamos a lo lejos a dos personas que parecían ir más despacio que nosotros. A medida que avanzábamos observamos que una de ellas iba quedándose atrás. Más adelante distinguimos ya que eran dos mujeres, y a los pocos minutos que una era mucho más joven que la otra. Dimos en pensar que eran madre e hija.

    Un tiempo más tarde, -la largura de este tramo solitario daba para tales observaciones-, la que parecía más joven de las dos, se separó definitivamente de la mayor, apretando el paso y dándose la vuelta cada tanto del camino, para ver si su compañera marchaba por detrás. Cuando nosotros alcanzamos a la rezagada, la joven desapareció ya en la lejanía del camino.

    La señora, que según pudimos comprobar tenía unos sesenta años por lo menos, cargaba una pesada mochila y caminaba lenta y cansadamente. Por el acento entendimos que era extranjera.

    - Camino largo… – acertó a decirnos con un fuerte acento entre sofocada y sonriente, mientras avanzaba con gran lentitud.

    - Sí, así es, ¿han salido hoy desde Carrión?

    - Sí, sí, Carrión…

    - Bueno, que tenga usted buen camino –le dijimos viendo que su marcha nada tenía que ver con la nuestra, y paraba cada poco para tomar aire-.

    - Sí…, ¿ustedes españoles? –volvió a decirnos queriendo mantener una conversación que nos hiciera marchar juntos.

    - Si, ¿y usted? –respondimos casi sin detener nuestro paso, dádonos la vuelta para decírselo

    - Deutch –nos pareció oir que decía mientras seguíamos alejándonos.

    El camino en todo este tramo es bastante llano. De vez en cuando, como si quisiera romper con esta monotonía, el andadero atraviesa regueras que refrescan la vista y hacen más llevadera la marcha: primero la del Odra, después viene la de la Roya y, a continuación, el arroyo de los Molinos.

    Cuando se llega a ésta última, a cerca de 5 km de Carrión, el caminante se encuentra a un lado con los restos de la abadía de Benevivere, ubicados en el interior de una finca privada por obra y gracia, como en tantos casos se dio en este país, de la Desamortización.

    De lo que entonces fue el monasterio debe quedar bien poco, pues el tiempo, el abandono y una cierta dosis de desidia ha terminado por borrar del paisaje gran parte del edificio. Se cuenta que algunos de los últimos sillares auténticos que del lugar quedaban allá, fueron empleados para la construcción del ayuntamiento de Carrión a finales del siglo XIX.

    Pasamos Benevivere y dimos con un cruce donde cambia la pista asfaltada por un camino de firme rojizo y pedregoso. Allá la antigua y tradicional ruta jacobea coincide con una de mayor solera aún: la vía Aquitana. Su trazado discurría entre Burdeos y Astorga y se dice que fue el embrión del original del Camino de Santiago.

    Animados por la tranquilad del entorno, dimos en comentar lo interesante que resultaría estudiar cómo ha variado el trazado del Camino de Santiago con respecto al de las antiguas vía romanas que, en cierto modo, fueron su embrión. Tal es el caso del tramo que pasa por Nájera, a donde se derivó su recorrido al ser constituida en capital del Reino de Navarra; la que desvió a los peregrinos por Santo Domingo de la Calzada, merced al magnífico puente que en ese lugar construyó el santo pontífice; o por Villasirga, hasta donde fueron modificando su marcha los jacobitas devotos de los milagros que la virgen realizó e inspiraron varias Cantigas de Alfonso X el Sabio.

    Estuvimos charlando de ello durante un largo rato, mientras avanzábamos tranquilamente por un inmenso páramo. Al caminante, expuesto como está en esta etapa a largas horas de silencio y soledad, le viene al recuerdo aquello que escribió Miguel Delibes:

    “El páramo es una inmensidad desolada, y el día que en el cielo hay nubes, la tierra parece el cielo y el cielo la tierra, tan desamueblado e inhóspito es”.

    En medio de tanta horizontalidad, tanto caminar en silencio escuchando únicamente el crujir de la gravilla a nuestro paso, el silbo del viento y el graznido lejano de alguna ave, sorprende al curioso y adormecido caminante la presencia solitaria de un chopo. Nos anuncia que llegamos al lugar que llaman la fuente del hospitalero, ¿porqué?: dicen que antaño hubo en este lugar un hospital de peregrinos del que no queda más rastro que una sencilla fuente, en la que el cansado peregrino puede parar a reponer sus fuerzas.

    Allá, bajo aquél chopo descansaba comiendo algo la que creíamos era hija de la señora con la que intercambiamos unas palabras antes. La saludamos y continuamos nuestro camino.

    A medida que íbamos avanzando, ya no recuerdo si eran dos o tres las horas que llevábamos de marcha, comenzamos a notar una fuerte ventolera, el cielo se oscurecía y todo nuestro entorno iba adquiriendo una tonalidad sólida, oscura y pesada; parecía querer empezar a llover.

    En una parte del trayecto en el que parece que se asciende una pequeña elevación, nos cruzamos con dos jóvenes peregrinas que descansaban a un lado del camino comiendo algo entre risas. Más adelante dimos con una partida de cazadores que marchaban con sus perros hacia el norte siguiendo a no sé qué presa.

    Mientras les observábamos, recordamos que, según nos contó el taxista de Carrión, hay cerca de aquí un lugar que le llaman “el paso de los lobos” porque por él pasan en invierno cuando bajan de las montañas hambrientos y acosados por el frío.

    Comienza a llover, pero no de manera suave, sino con la fuerza de una tormenta que se ha estado aguantando durante toda la mañana escondida en la claridad del cielo para estallar justamente ahora. Estamos en medio del camino, miramos hacia atrás, y vemos a las dos jóvenes levantarse de su descanso y cubrirse rápidamente con unos chubasqueros. Lo mismo hacemos nosotros: los sacamos rápidamente de la mochila y nos los ponemos.

    No para de llover. El camino sigue siendo recto, siempre recto y con un final que se pierde en el horizonte…

    - La tenemos buena- acertamos a decir mientras continuábamos nuestra marcha apretando un poco el paso para llegar lo antes posible a Calzadilla.

    Tras, aproximadamente, media hora de marcha bajo aquél terrible aguacero vimos ante nosotros Calzadilla. Ni nos detuvimos a observar el paisaje; la lluvia era tan densa que apenas permitía mantener la mirada al frente y nosotros, a pesar de estar bien cubiertos por los chubasqueros que llevábamos, nos sentíarnos empapados hasta los huesos. No sabíamos aún la de agua que nos esperaba por delante aquél día…

    En medio del camino había una sandalia que algún peregrino había perdido o abandonado. No le hicimos mayor caso, y descendimos la pequeña cuesta que nos separaba de Calzadilla.

    Es curioso y digno de remarcar que fuera la Vía Aquitana, y no la ruta Jacobea, la que le dio el nombre a esta villa. Así lo recoge por lo menos Marta Herrero de la Fuente en la Colección Diplomática del Monasterio de Sahagún, donde en el año 984, cuando aún no había Camino de Santiago, se cita a Calzadilla: “In villa quam dicunt Calzadella in territorio de Carrione en valle de Quoza”.

    Poco pudimos apreciar del pueblo en sí, ya que nuestra entrada se produjo en medio de una copiosa jarreada de la que nos protegimos en el albergue que hay justo a la entrada del pueblo. La hospitalera nos ofreció una toalla para secarnos y mientras lo hacíamos nos selló la credencial. Una vez repuestos le preguntamos por un lugar donde tomar algo caliente y nos indicó que siguiendo el camino, a la vuelta, había un hostal donde podríamos tomar algo.

    Nos despedíamos de la hospitalera y de un peregrino brasileño que escribía un correo electrónico, cuando llegaron las dos chicas de antes con la sandalia que habíamos visto cogida de uno de sus bastones, nos preguntaron si era nuestro.

    Cuando llegamos al hostal encontramos en él a varios grupos de peregrinos refugiados de la lluvia como nosotros. Creo recordar que había una pareja, separada un poco del resto de la gente, y luego un grupo de unas ocho personas, más o menos, que compartían una mesa. Por lo que nos contaron, venían juntos desde Logroño, y entre éste día y el siguiente iban a abandonar el camino para retomarlo el año próximo.

    Entre chistes y risas, discutían si quedarse en aquél lugar a esperar si calmaba el tiempo, dormir allá, o continuar hasta Terradillo, o por lo menos Ledigos. La mayor parte de ellos iban a quedarse allá, no así una joven catalana y un guipuzcoano que, por lo menos, iban a seguir hasta el próximo pueblo.

    En eso estaban, cuando entraron las dos chicas que llevaban aún la sandalia.

    - Hola, ¿es de alguno de vosotros esto? –preguntaron a los concurrentes.

    De repente uno de los que allá estaba, un peregrino creo que brasileño, se levanto como impulsado por un resorte, y dijo en un castellano suavizado por el acento de su tierra.

    - Sí, mio; creí que no la iba a encontrar… Cuando me di cuenta de haberla perdido, eché la otra al rio que hay a la entrada del pueblo.

    Fue decir esto y salir corriendo del hostal en dirección al rio para recuperar la sandalia que había abandonado.

    La risotada fue general en las dos mesas que compartíamos todos los que nos habíamos juntado allá; risas de las que participó también el pobre peregrino, que regresó al poco con su sandalia recuperada en la mano.

    Mientras pasaba todo esto, pedimos un par de caldos y cafés, y pasamos por alto la antipatía y mala cara de la persona que nos atendió, dados los momentos agradables de los que estábamos disfrutando.

    Seguía lloviendo, y con mucha fuerza. Esta es una frase que no queda más remedio que ir repitiendo a lo largo de todo lo que queda de jornada. Viendo que no tenía intención de amainar, y que debíamos llegar a San Nicolás del Real Camino, aún a una considerable distancia, nos despedimos de todos los que allá estaban, nos pusimos los chubasqueros y continuamos nuestro peregrinaje.

    Atrás quedó Calzadilla. El camino continua en paralelo a la carretera N-120, por un estrecho valle cerrado por el que discurre también el río Cueza. Pronto se pasa junto a los restos del monasterio de Santa María de las Tiendas, del que apenas se conserva la fachada de su iglesia, y poco más, de lo que fue conocido en las guías e itinerarios franceses medievales como el convento del “Grand-Cavalier” (Gran Caballero). La desamortización convirtió a este Hospital del siglo XII, perteneciente a la Orden de Santiago, en una finca agrícola de propiedad privada que terminó por ser abandonada. Así es que hoy presenta un triste y solitario aspecto.

    Nos detuvimos un instante a observar el lugar, solo se escuchaba el sonido de la lluvia cayendo incesante, el del paso de algún coche por la carretera que discurría a nuestro lado, y entre la niebla, al otro lado de la carretera asomaba un hermoso palomar.

    Domenico Laffi, uno de los mejores compañeros de viaje que puede encontrar un peregrino para ilustrar con estampas del pasado los diferentes lugares que encuentra en el camino, relata la buena acogida que le dispensaron en Las Tiendas allá por el siglo XVII: “dan la vianda a los peregrinos de pan y vino y carne, que en este lugar se da en abundancia por la gran cantidad de ganado que tiene. Nos dieron también dos requesones y un mollete a cada uno, y de beber…”.

    A estas alturas del camino, nos adelantaron a velocidad de marcha rápida la catalana y el guipuzcoano, volviendo la vista hacia atrás vimos que a lo lejos venía también el brasileño de las sandalias arrastrando una especie de carrito de la compra que llevaba en vez de mochila.

    Así llegamos a Ledigos. Corrimos a refugiarnos en el primer café que encontramos en el camino, donde coincidimos con algunos de los que estaban en Calzadilla y habían decidido continuar a pesar del mal tiempo. Charlamos un rato con la chica catalana y nos contó que ese día se quedaba ahí y el siguiente tenía que llegar por fuerza al Burgo Ranero para después tomar un tren a León y de allá otro a Barcelona. Acababa también temporalmente su peregrinaje.

    - Lo empecé un poco por curiosidad, por ver de que iba todo esto; y la verdad es que a medida que vas avanzando en el camino, vas enganchándote más a él y a las gentes que te encuentras.

    Con la ayuda de una guía que tenía, estuvimos calculando lo que nos quedaba hasta nuestro destino de aquél día, y haciendo memoria de algunos de los lugares por los que habíamos pasado en el camino.

    Un rato después nos despedimos y continuamos nuestro camino en dirección a Terradillo. Para entonces todos aquellos peregrinos que habíamos encontrado en Calzadilla habían ido abandonando el camino y éste se iba haciendo cada vez más solitario. Sólo el brasileño del carrito parecía querer continuar también, según vimos al echar la vista atrás al poco de salir de Ledigos.

    Del trayecto entre Ledigos y Terradillo no hay mucho que decir. El cansancio, que ya empezaba a acusarse, y la lluvia nos hacían marchar de manera cada vez más lenta, agotada y ajena a lo que nos rodeaba.

    De Terradillo se cuenta la leyenda de que los templarios enterraron en algún lugar de su término a la gallina de los huevos de oro. Ni más ni menos. Lo que si debe ser cierto es que en tiempos remotos, cuando el pueblo pertenecía a dicha orden, había en él un antiguo monasterio del que no queda ni el rastro. Pero de gallinas ponedoras de fortunas, nada de nada. De cualquier manera, una vez más, aparece en el camino un lugar relacionado con esta ave…

    Atravesamos el pueblo como almas en pena, en medio del continuo aguacero que llevaba acompañándonos casi toda la etapa. Al ver el albergue, ya casi a la salida, decidimos entrar a descansar unos minutos y sellar nuestra credencial.

    No fue poca la sorpresa que se llevaron las dos hospitaleras al vernos llegar. Estaban viendo plácidamente la televisión, sentadas a una mesa, cuando aparecimos empapados y totalmente cubiertos por nuestros chubasqueros:

    - No esperábamos ya a nadie con este tiempo.

    - Pues viene uno más detrás de nosotros.

    - ¡Con éste tiempo!.

    - Sí y nosotros todavía tenemos que llegar a San Nicolás.

    En eso entró también el peregrino brasileño, que tras saludar y quitarse la ropa de agua, preguntó si había sitio en el albergue.

    - Tiene usted todo el sitio que desee, estos señores van a seguir hasta San Nicolás, y por ahora no ha parado aquí nadie.

    Continuamos caminando en soledad, por sendas que atraviesan aquellos llanos desnudos, bajo un fuerte aguacero. Llegamos a Moratinos. Sin detenernos, seguimos las flechas amarillas atravesando de punta a punta este pequeño pueblo por la Calle Real hasta salir por el extremo opuesto. No nos detuvimos a curiosear el lugar, ni su iglesia, ni nada; seguramente, para entonces apenas éramos muy conscientes del paisaje por el que pasábamos, y nos limitábamos a caminar como almas en pena, en medio de la lluvia.

    Resulta curioso pensar que fue en esos momentos, aquellos en los que la soledad parece embargarnos con más fuerza y el camino nos muestra una cara desconocida hasta entonces por nosotros, cuando llegamos al centro geográfico de nuestro peregrinaje.

    A nuestro entender, y a pesar de lo que nos han ido repitiendo en casi todas las localidades por las que hemos pasado desde Castrojeriz, es en algún lugar entre Terradillo y San Nicolás donde está el verdadero punto medio del camino que trascurre entre Roncesvalles y Santiago. Se trata de un simple cálculo matemático, en el que dividimos entre dos la distancia existente entre ambos lugares y da como resultado una distancia que nos sitúa en estos lugares.

    De cualquier manera, así lo quisimos pensar nosotros, y para celebrarlo, paramos para hacernos una foto en un lugar que había una especie de mesa de merendero junto a un arroyo. En ella quedará constancia no sólo de haber estado ahí, sino del fuerte aguacero que desde hacía ya horas nos acompañaba a lo largo de todo el camino.

    Después de caminar cerca de hora y media desde que pasamos por Terradillo, llegamos por fin a San Nicolás del Real Camino, nuestro destino. Dicen que allí hubo una iglesia fundada por los Templarios y un hospital, que primero fue leprosería, regida por canónigos de San Agustín y al que llamaban del Petit Cavalier, en contraposición al de Las Tiendas, pero de todo esto no queda ya nada.

    Ahora preside el pueblo la parroquia de San Nicolás construida en el siglo XVIII. Junto a ella, en la plaza, está también el albergue de peregrinos que parece ser que no abría en ésta época del año. Pensamos en aquellos peregrinos que hubieran pensado alojarse aquél día en él, y la sorpresa que se iban a llevar. Sobre algo de eso tendríamos noticia al día siguiente…

    Afortunadamente para nosotros, teníamos el medio para volver a pasar la noche en nuestro punto de origen, y regresar hasta aquí al día siguiente para retomar nuestro camino en lo que sería la última etapa que haríamos este año.

    Después de lo del día anterior, éste parecía haber amanecido con más calma e incluso dando visos de clarear hasta dejarnos un cielo azul y despejado. En principio, podíamos comenzar la marcha sin temer una nueva sorpresa del cielo.

    Salimos dirigiendo nuestros pasos hacia un vado que cruza el Río Sequillo, a la salida del pueblo. Las lluvias del día anterior, habían llenado su cauce hasta el punto de desbordarlo y convertirlo en un curso de aguas rápidas que arrastraban todo lo que se encontraban a su paso. Desde luego que aquél día, el aspecto del río Sequillo hacía poca justicia a su nombre.

    Hicimos por pasarlo, ya que ese es el trazado del camino, pero al lanzar unas pesadas piedras para pasar sobre ellas, comprobamos con estupor que se hundían casi en su totalidad, y las aguas bajaban con tal fuerza que las arrastraron sin ninguna dificultad río abajo como si se tratara de simples hojas de árbol.

    Vista la situación en la que se encontraba el paso, decidimos dar un pequeño rodeo, acercarnos a la carretera, cruzar su puente y retomar entonces el camino. No había otra solución: o eso, o terminar siendo arrastrados río abajo.

    Una vez en el otro lado del vado, continuamos paralelos a la carretera, y cerca del alto del Carrasco, poco antes de cruzar el Rio Valderabuey, tomamos una senda que se desviaba a la derecha. Cruzamos un antiguo puente construido sobre los restos de uno romano, y llegamos a Nuestra Señora de la Puente, una ermita del siglo XII construida a base de ladrillo; un sitio realmente mágico.

    Ahí nos encontramos con un peregrino sentado tranquilamente en el suelo, apoyada su espalda contra uno de los muros de la ermita, mientras almorzaba una tajada de pan con queso y disfrutaba de ese momento de paz y soledad.

    - ¿Ustedes gustan? –nos dijo extendiendo hacia nosotros un poco de queso.

    - ¡Venga, gracias!, todavía no habíamos desayunado…

    - Y desde donde vienen hoy

    - Desde San Nicolás, aquí cerca

    - ¡Vaya cómo estaba el Sequillo!, ¿eh?

    - ¡Y tanto!

    - Yo llegué ayer hasta Terradillo; esperemos tener hoy mejor día.

    Después de un tiempo de charla sobre generalidades, terminamos por sentarnos frente a él a compartir unas galletas que llevábamos con nosotros. Nos contó que tenía 40 años, que procedía de Cantabria y que decidió hacer el camino para romper con lo que es su vida cotidiana: su familia, amigos, trabajo…; con todo.

    - Estoy rodeado de gente que sólo gusta de escucharse a sí misma. Apenas me molesto en participar de sus conversaciones: no vale la pena, no escuchan más que su voz…

    - Son los mismos que no soportan sentirse superados por los demás –le respondí.

    - Algo de eso hay, si señor.

    - Conozco muy bien ese paño.

    - Pues todo eso es lo que me traído hasta aquí, y en los días que llevo de camino siento como si hubiera dado con la medicina que va a curarme de todo esto…

    Después de descansar un poco continuamos en compañía de nuestro nuevo amigo el camino hasta Sahagún, manteniendo en todo momento una interesante conversación sobre diferentes vicisitudes de nuestras vidas.

    Para unos y otros quedaban a las puertas de Sahagún, convertidos en palabras pronunciadas, muchos de los silencios que habíamos conservado dentro durante quizá demasiado tiempo…

    En La Trinidad, Iglesia reconvertida en sala de exposiciones, se encuentra el albergue de peregrinos. Cuando llegamos estaba cerrado, y allí nos despedimos de nuestro amigo, mientras nosotros salíamos en busca de una panadería donde comprar unas tortas de aceite que llevarnos con nosotros durante nuestra marcha que –presumíamos-, iba a ser en su gran parte por despoblado, por lo que valía la pena aprovisionarse de algo.

    Estuvimos durante un buen rato buscando una panadería donde poder comprar lo que buscábamos hasta que al preguntar en una pastelería, una de sus clientas que estaba pagando en ese momento nos dijo:

    - Yo puedo llevarles a la mía siganme.

    Comprada la torta, nos dirigimos al Bar Luis en la Plaza Mayor, conocido por la excelencia de las mollejas que en él sirven, sus puerros –aunque esto es bueno en casi cualquier lugar de Sahagún-, para tomarnos un caldo.

    Pasamos junto a San Tirso y medio desorientados, pues dentro de la localidad la señalización del camino no está demasiado clara, pudimos llegar al Arco de San Benito, que no es otra cosa que la portada de la iglesia abacial, destruida allá por el año de 1835.

    Son esta portada junto a la Capilla de San Mancio –antes de San Benito-, y una de las torres, los pocos restos que quedan del poderoso monasterio benedictino que allí hubo, residencia real de Alfonso VI y sede en el reino de la Orden de Cluny. Fue quizá una de las instituciones más poderosas e importantes de aquél periodo de la edad media leonesa. De todo ello, ahora apenas quedan unas ruinas…

    http://www.exorientelux.org/

  13. 2009 Agosto 29
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO DE UN MISIONERO JAVIERANO

    Terminada la misa, Óscar dice haber recobrado fuerzas y podemos continuar hacia Carrión de los Condes según nuestros planes. Allí queríamos alojarnos en el albergue de las clarisas, que se encuentra nada más llegar a Carrión, pero un cartel nos indica que está completo. Seguimos entonces hasta el albergue parroquial, atendido por religiosas agustinas (se nota que hay monjas por lo limpio que está todo). Por la tarde visitamos la ciudad: San Zoilo, Ntra. Sra. de Belén… Al final de la eucaristía de Santa María el sacerdote bendice a los peregrinos y se toma su tiempo para la oración y la explicación religiosa y cultural de lo que encontramos dentro de la iglesia. También en el albergue hacen una pequeña oración a la noche (se alarga por las traducciones, en este caso porque el traductor al inglés está bastante despistado). Las religiosas nos bendicen uno por uno imponiéndonos las manos y nos entregan una pequeña estrella de cartulina como recuerdo de su oración por nosotros. Hay quien está muy emocionado por este gesto y llora.

    Sabemos que la etapa será dura porque hay 17 km entre Carrión de los Condes y el siguiente pueblo, Calzadilla de la Cueza. La etapa se endurece aún más por la lluvia cuando entramos en los 13 km de la cañada real leonesa y dejamos el asfalto por un camino de barro, charcos y pequeñas piedras que resultan una tortura para quien tiene ampollas en los pies como Mario. Ese camino llano, recto y monótono, y en las condiciones climáticas adversas ya descritas, supone una prueba física y psicológica. Anuncian un bar a mitad del camino que ya no está y en el área de descanso la fuente está seca.

    De Calzadilla de la Cueza sólo se percibe de lejos la capilla del cementerio, el pueblo sólo se ve cuando ya se está encima. Allí sí que hay una buena fuente. Al retomar el camino estamos a punto de dispersarnos por una mala comunicación entre nosotros, pero por suerte nos encontramos a tiempo, antes del cartel que anuncia los varios caminos que se separan unos pocos kilómetros para volver a juntarse más adelante. Elegimos el que parece más corto porque la cañada real leonesa nos ha fundido y dejamos con pena el camino que va por el bosque y que debe de ser bien bonito.

    Aunque habíamos previsto terminar la etapa en Terradillos de los Templarios, al pasar ante el albergue de Ledigos nos decimos que ya está bien por hoy y ahí nos quedamos. Albergue coqueto, limpio y con amplio espacio verde, que a la tarde se agradece porque sale el sol, pero lo que más recordaremos de Ledigos es lo bien que pudimos dormir. Se ve que nuestro organismo pedía descanso porque además de una larga siesta dormimos nueve horas más por la noche.

    Por la tarde subimos hasta donde se encuentra la iglesia (cerrada por los muchos robos que han sufrido) y allí trabamos conversación con un anciano que está sentado en un banco tomando el sol. Hacemos nuestra oración de la tarde, que resulta muy sincera: Mario da gracias por el camino de amistad y de atención los unos por los otros que vamos haciendo; Óscar afirma que las ampollas y las heridas de los pies no son nada comparadas con lo que recibimos en el camino; yo comento que en el camino me venía muchas veces a la mente lo que nos decía José Luis en Tosantos sobre el sentido que todo tiene en el camino, también las piedras…

    Después del buen descanso nos sentimos con ánimo para retomar el camino y alargar la etapa con los kilómetros que ayer no hicimos. Salimos temprano y caminamos con ganas, gracias también a los parajes preciosos que atravesamos, sobre todo entre Terradillos de los Templarios y San Nicolás del Real Camino, y a que el suelo no resulta molesto para los pies.

    En Sahagún nos abastecemos de comida mientras Mario continúa su marcha. Vemos desde fuera el monasterio de las benedictinas, que es a su vez albergue de peregrinos. Nos resulta sugerente.

    A la salida de Sahagún no vemos flechas amarillas. Además, sabemos que hay un camino alternativo que no queremos tomar (es más largo y hay un tramo de 24 km sin pueblos), pero no sabemos dónde empieza. Avanzamos con el temor de habernos equivocado de camino hasta que vemos un panel que nos confirma que la división de los dos caminos está un poco más allá, que vamos bien. A lo lejos vemos a Mario que toma decididamente una dirección, y al llegar allí verificamos que se ha confundido y ha tomado el camino más largo. Como está atravesando un puente sobre la autovía no oye nuestros gritos, así que tengo que apretar el paso y por fin oye los avisos y desanda lo andado. No ha sido mucho, unos 400 metros entre ida y vuelta, pero psicológicamente este despiste nos cansa mucho. Esta escena de Mario tomando el camino que no corresponde se me ha quedado grabada como imagen de lo que nos pasa en la vida cuando tomamos el camino erróneo: qué difícil nos resulta escuchar a quienes nos aconsejan cuando estamos llenos de ruidos; qué poco a poco vamos ganando metros por la senda equivocada pero qué lejos nos podemos ir si no nos damos cuenta; qué cansancio sentimos cuando percibimos el error y cuánta humildad y paciencia hacen falta para reconocer la equivocación, desandar el camino y volver a caminar por la ruta adecuada.

    Llegamos a Bercianos arrastrando los pies, pero en un buen momento porque el albergue ha tardado en abrir y ha habido cola para esperar y entrar. Nosotros tenemos que esperar poco. Este albergue es también parroquial e incluye un oratorio.

    Comentamos el motivo de nuestro viaje a la hospitalera, que hace las gestiones oportunas para que celebremos la eucaristía en la ermita (es el lugar del camino en el que más personas del pueblo participan en la eucaristía, mientras que no hay tantos peregrinos a pesar de que la celebración ha sido anunciada con tiempo) y para que venga a visitarnos Jorge, el párroco de éste y de otros ocho pueblos. Le gustaría estar más presente en el albergue, pero con tantos pueblos no puede. Nos explica que la nueva iglesia está aún sin terminar, la anterior iglesia se derrumbó porque es zona de bodegas y debajo de la iglesia había bodegas de particulares que las descuidaron y eso provocó su derrumbe.

    Vamos a dormir tras la tradicional cena compartida de los albergues parroquiales y la oración de la noche.

    http://www.euskalnet.net/diariosdeperegrinos/antonio.serrano.insausti.htm

  14. 2009 Septiembre 18
    María Camino Enlace permanente

    La próxima etapa con final en Terradillo de los Templarios,con sus casi 36 kilómetros será una de las más duras por tierras Castellano-Leonesas.Cuando el día empieza a clarear ya nos encontramos a las puertas de Carrión,aun tendremos que pasar Calzadilla y Lédigos antes de llegar al fin de la etapa.Prosigo el Camino en Compañía de Pepa,una peregrina madrileña que aprovecha estos dias de fiesta para adelantar algunas etapas.
    Son aproximadamente las cuatro de la tarde cuando llegamos al albergue “Los Templarios”,todo en este pueblo recuerda a la enigmática Orden.El albergue de reciente construcción,parece,al menos por unos instantes,sacarnos de la monotonía generalizada del Camino,sus habitaciones,recepción,salas de estar nos recuerdan más,si no fuese por el constante ir y venir de mochilas, a los modernos paradores ideados en su día por el Marques de Villaviciosa.
    Tras el desayuno obligado en San Nicolás del Real Camino,nos diponemos a atravesar Sahagún de Campos,primer pueblo de la provincia de Leon,es sábado y por lo tanto día de mercado,la calle Mayor atestada de gente dan buena fé de ello .Los vestigios del arte Mudejar,de la que Sahgun es fiel exponte nos acompañan durante todo el recorrido.
    Es medio día cuando llegamos al término de Calzada del Coto,aqui algunos,los menos,elegiràn el itinerario de “Los Hermanillos”,antigua calzada romana,que dependiendo de las fuerzas de cada uno les llevará bien al Burgo Ranero o a Mansilla de las Mulas,yo por mi parte me decido por lo clásico,hace un dia estupendo y en Bercianos del Real Camino,son famosas las puestas de Sol,no hay que desaprovechar la ocasión.

    http://vivenciasdelcamino.blogspot.com/search/label/2009%20Un%20final%20inesperado

Referencias & Pingbacks

  1. Albergue privado VIATORIS o de la llegada a Sahagún « La encomienda

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