Un poco más adelante nos encontramos con la Puerta del Camino, con las piedras del casco antiguo y la presencia del fin es sentida profundamente. Volví a pensar los millones de peregrinos que habían pasado por estas calles y habían llorado por haber cumplido un sueño. La emoción lleno de agua mis ojos y las palabras desaparecieron de mi boca. Solo había espacio para las emociones. Callejón de las Ánimas, plaza de Cervantes, vía Sacra, calle Azabachería, Plaza de las Platerías (ya puedo palpar la catedral) y, por fin, plaza del Obradoiro.
Todos nos abrazamos y nos embelesamos con la fachada de la catedral barroca meta física de nuestro camino. Rodeados de turistas los peregrinos nos sentimos los auténticos creadores de esta leyenda, sueño, creencia, vivencia e historia que se llama Camino de Santiago. Después de las fotos de rigor nos dirigimos a la Oficina del Peregrino para recoger la compostela. No había apenas gente y con una gran frialdad nos rellenaron el papel sin tan siquiera preguntarnos por nuestra experiencia. Yo estaba deseando ser preguntado por la experiencia, pero simplemente me rellenaron el papel y me apuntaron la mi ciudad de origen del Camino.
En el mismo portal de la Oficina una agencia de viajes ofrece vuelos de vuelta y cogí billete para las cuatro de la tarde ese mismo día. Visitamos la catedral y cumplimos con todos los ritos oportunos, croque, abrazo al santo y misa. Tuvimos suerte y pudimos contemplar como volaba el botafumeiro a lo largo de la catedral impregnando de ese maravilloso aroma que jamás se me olvidará. La lágrimas volvieron a mis ojos y una profunda tristeza por esta muerte del Camino. Esto sólo duró hasta salir de nuevo al Obradoiro donde volvieron los abrazos pero ya no como peregrinos, sino como turistas despidiéndose de amigos.
Todos juntos fuimos a comer a casa Manolo, excelente comida por un precio muy económico. A las 2 y media de la tarde recogí mis trastos y despidiéndome de todos me dirigí hacia el aeropuerto. Con mucha tristeza cogí el avión que me alejaba del sueño y la melancolía me inundó. Pero me resistí a quedarme sin la ilusión del Camino y mi mente volvió a gestar un nuevo sueño.
Este no sería el fin sino el principio de otros muchos Caminos.
Amanece con sol. Nos levantamos contentos. Va a ser la última etapa de nuestro tan traído y llevado camino. Los pies van a aguantar lo que les eche y además la etapa es corta, muy corta. Apenas van a ser 4 km más que cuando salgo de casa por las mañanas a correr, apenas 200 metros más que la San Silvestre… me digo a mí misma que “puedo”. Y encima, no tengo que hacerla corriendo. Así pues, no habrá problema. Joan Salvador se lleva la mayor parte del peso de mi mochila. Me lleva el saco de dormir, las zapatillas de deporte , los pantalones y la capelina para la lluvia (que parece que no pero pesan mucho) y casi toda la ropa. Mi mochila pesa tanto en esta última etapa como una mochila del cole de uno de aquellos chicos que se dejan todos los libros en la taquilla del instituto. Me siento ligeramente culpable, pero se lo agradezco enormemente.
Bajamos a desayunar y nos encontramos con Albanel y Beni. Nuestras caras tienen toda la pinta de haber pasado una magnífica noche, sin entrar en detalles. Desayunamos, pues, y empezamos nuestra última etapa, tan deseada. Tengo que reconocer que el paisaje no me parece en absoluto atractivo. Ya lo sabía y además me lo había dicho todo el mundo: los alrededores de las ciudades nunca son agradables para caminar por ellos. Aun así, como decía la horterilla canción, tengo el corazón contento, lleno de alegría. Iniciamos la subida al Monte do Gozo. El tramo es todo por asfalto y no tiene ningún encanto, dejamos atrás las instalaciones de la televisión gallega y no puedo menos que pensar en los peregrinos de la Edad Media, que nunca se encontraron con tales “despojos”, aunque tales despojos signifiquen el progreso. Mi mente empieza un monólogo o disertación consigo misma sobre lo que significa progreso, pero rápidamente expulso el tema de ella, porque prefiero concentrarme en lo que me cuenta Beni. Empezamos a hablar de sus estudios y los míos y una vez más constatamos que tenemos muchos puntos en común, aun sin tener ninguno. Albanel y el capi caminan sin hablar demasiado y sin esfuerzo aparente, teniendo en cuenta que el capi lleva su peso y casi todo el mío, no puedo dejar de estarle agradecida.
Quiero hacer especial mención de mis sentimientos en el Monte do Gozo. Todas las guías hablan de la emoción que sienten los caminantes cuando ven Santiago por primera vez . Dicen que los caminantes medievales caían de rodillas y entre sollozos entonaban cánticos en agradecimiento por haber llegado sanos y salvos después de tan peligroso viaje, por no haber sido devorados por los lobos de los montes y por no haber sido atacados por los bandoleros. Hace unos cuatro años, estuvimos en Santiago y estuvimos en el Monte do Gozo. Lo que vimos no nos gustó. Cuatro barracones mal construidos, mucha basura, un descuido total y absoluto… tanto es así que cuando en el año 2000 decidimos empezar el camino teníamos muy claro que nuestra última noche no la queríamos pasar en este refugio. Años después de nuestra fugaz visita, parece que “arreglaron” todo el recinto, convirtiéndolo en centro de acogida para peregrinos, turistas, congresos y viajes de estudios, aparte de ciudad universitaria. O sea que el atractivo para el peregrino es igual a 0. Por lo menos para nosotros.
Cuando pasamos por el mencionado centro aproveché para entrar un momento a un bar con pinta de bar de universidad para hacer un pis. Cada vez que tengo que utilizar un lavabo y los demás se quedan tan frescos esperándome me pregunto por qué la Naturaleza me dotó de una vejiga del tamaño de un cacahuete y me dan cierta envidia esos que tienen la suerte de no conocer todos los servicios de todos los sitios a los que van. Entré, esperando sentir “algo”, aparte del alivio correspondiente después del pis. Pero lo único que sentí fueron las miradas de los pocos chicos y chicas que estaban desayunando en aquel momento y que me miraron como quien oye llover. Sé que la comparación no es muy buena, pero también sé que si hubieran estado atentos a la lluvia su mirada habría sido la misma. Mirar sin ver, ver sin mirar. A mis “buenos días” uno de ellos respondió con un “jmm” que tanto podía ser otro “buenos días” en idioma universitario como un ladrido. Absorta en mis poco románticos pensamientos recorrí el recinto, cumplí mi misión y volví a salir. Había sentido exactamente lo mismo que cuando iba a los encuentros en la Universitat Oberta de Catalunya y entraba al bar, tomaba un café, iba al servicio y me volvía a las aulas. Esta vez me alegré de no tener que ir a clase. El capi, Albanel y Beni seguían con unas caras sonrientes que no cuadraban con mis austeros pensamientos. Mi ánimo se iba llenando de niebla por momentos.
Por suerte, Beni retomó la conversación sobre los estudios y me concentré en el tema. Llegamos a Santiago sin pena ni gloria. Atravesar Santiago tampoco fue lo más emocionante que haya hecho en mi vida, pero sí tengo que reconocer que cuando llegamos al Obradoiro mi corazón dio un par de latidos extra. Crucé una mirada de complicidad con el capi. Por fin, las piedras bruñidas por la pátina de los siglos tenían a bien aceptar a este par de locos peregrinos a plazos, por fin la majestuosidad barroca y sucia de la catedral nos daba la bienvenida.
Entramos al lugar donde te dan la compostelana (o compostela, que no sé muy bien si es una u otra, porque unos hablan de compostela y otros de compostelana)… Albanel y Beni nos acompañaron, pero ellos no tenían ningún interés en recoger la compostela. Presentamos las credenciales, los funcionarios comprobaron que, efectivamente, habíamos recorrido casi 800 km para llegar hasta allá. Nos miraban con cara de funcionario, pero funcionario sonriente, como acabado de desayunar. Nos preguntaron por qué motivo habíamos hecho el camino. De todas las respuestas posibles escojimos una: “cultural”. “¿Seguro que no lo han hecho por motivos religiosos?” “Segurísimo, oiga”. “Bien. Entonces no tienen derecho a la compostelana”. Mi espíritu laico experimentó una sacudida. “¿perdón?”. El sonriente funcionario nos entregaba ya un certificado en el que consta que hemos caminado desde Saint Jean Pied de Port (que no es mi caso,porque yo empecé en Roncesvalles, pero daba igual) hasta Santiago… pero “aquello” no era la compostelana.
Sí: sé que da igual. Sé que no es significativo. Sé que es una tontería. Sé que… todo eso lo sé. Pero yo me había “tragado” 800 km de barro, piedras, ampollas, tendinitis, dolores musculares, puntitos rojos en los pies, lágrimas, risas, cierto componente espiritual, aunque no fuera religioso y para mí era como haber estudiado una asignatura que no tienes demasiado claro para qué la estás haciendo, que te da penas y alegrías, que te hace trabajar de lo lindo, para que al final, el profesor te dé una papeleta donde te diga “Apto”, en lugar de ponerte un Excelente, que es lo que crees tú que te mereces. Me sentí así, ¿qué puedo hacer? ¿mentir? pues no. Me sentí estafada. Y el capi, en cierto modo, también…
DEL DIARIO DE DOS AMIGOS QUE ATRAVESARON UN OCÉANO Y CAMINARON LA RUTA MILENARIA…
A los pocos metros decidimos visitar las instalaciones de estudiantes,se deja el óbolo, se sellan las credenciales, y volvemos a tomar la ruta. Bajamos calles y escaleras hasta desembocar en el asfalto de la carretera. Seguimos por el escueto arcén de la ruta, aparecen los primeros carteles indicando la ciudad. Nos detenemos a tomarnos una fotografía en el que probablemente sea el último mojón del camino. Se han terminado los kilómetros, ya no hay distancias indicadas, solo una palabra esculpida en la piedra, sólo una: SANTIAGO. Un sorbo de agua y otra vez en marcha.
La ruta desemboca en un puente sobre la autopista que da acceso al casco urbano de la ciudad. Nos detuvimos unos minutos en una oficina de información turística a solicitar un plano de la ciudad, e indicaciones de cómo llegar a la Catedral, salimos con muy poca información, un plano y un par de folletos. Caminamos todavía un rato por entre calles modernas y casi sin señalización, ante la indiferencia de la gente que apenas se apartaba para darnos paso. De pronto, luego de ascender una cuesta por una callejuela empedrada, alcanzamos a divisar una de las torres de la Catedral. El corazón se me disparó, un millón de emociones y pensamientos me inundaron al instante, tomamos una foto de nuestra primera vista del edificio y continuamos a pasos estirados y apresurados. Diez minutos después estábamos ante las puertas mismas del casco antiguo. De allí accedimos a la plaza de San Pedro, de allí a la plaza de Cervantes, a la Azabachería, a la vía Sacra, a la plaza de las Platerías, y a la plaza de Quintana donde finalmente vimos la Catedral en todo su sólido esplendor. Estábamos frente a una de las entradas laterales, la rodeamos rápidamente, y pasamos a la plaza del Obradoiro, vimos el Hostal de los Reyes Católicos, el palacio de Gelmirez, el Ayuntamiento, cruzamos la plaza como una ráfaga, hasta que finalmente nos detuvimos a la sombra de las arcadas del Palacio de Gelmirez y dimos la vuelta para contemplar, por fín, la Catedral de Santiago en todo su esplendor, en esa orgía de piedra que deslumbra y apabulla, en esas altivas torres con agujas que parecen querer buscar el cielo.
Qué decir de ese momento…
Todos los días de Camino, todo el esfuerzo, las noches de albergue, el cruce de un océano, todas las cosas vividas hasta ese momento se juntan, se arremolinan dentro del pecho, el estómago se anuda, el pulso tiembla, y las lágrimas fluyen lentamente, acariciando las mejillas, en un llanto que viene de muy profundo, que mana lento, sin prisa, liberando el peso cargado desde tan lejos, desde tanto tiempo atrás. Estábamos mudos, a pocos pasos de distancia, nos sentamos sobre las losas de la plaza, sin mirarnos, permanecimos en silencio durante varios minutos, inmóviles, cada uno a solas con sus sueños, ilusiones, miedos y ansiedades. Cara a cara con nosotros mismos, ninguno de los dos habló. El momento, por mucho que se haya compartido durante el Camino, por muy cercana que se sienta a la otra persona, es de una intimidad tan enorme, que avergonzaría el sólo hecho de querer participar de él en otro que no sea uno mismo. Se requiere valor para mirar en lo profundo de uno mismo e intentar desnudar la verdadera esencia de nuestro carácter. Se requiere valor para descubrir la justa medida de nuestra fé y de nuestras dudas e inseguridades. Se requiere valor y por sobre todas las cosas, se requiere amor. Ese amor que todos llevamos dentro y al que tan poco lugar damos en nuestra vida, y que sin embargo es la puerta a todas las respuestas.
Y casi sin darme cuenta, como tantos otros peregrinos, comencé a llorar. Un llanto de alegría, de felicidad, de emoción, de humildad, pero por sobre todas las cosas era un llanto de agradecimiento y de amor… que por amor a tu nombre peregrinamos a Santiago de Compostela.
Depués. Mucho después. Nos levantamos, cargamos nuestras mochilas, y lento, muy lento, partimos en dirección al lugar donde habría de esperarnos la señora Teresa…
pelerin dijo…
Hay lágrimas que lavan las alas al alma.
El Camino de Santiago, es una experiencia reveladora y transformadora a la vez.
Reveladora porque el mundo se ve muy distinto cuando se marcha a pie, a un ritmo muy diferente del que se vive en la cotidianeidad.
Transformadora porque el peregrino que vuelve ya no es el mismo que el que partió,
y esa es una transformación irreversible.
Una vez que uno se reconoce a sí mismo como peregrino -con todo lo que esto implica-, peregrino permanece para siempre, sin importar hacia donde nos lleven nuestros pasos, mas allá de Santiago. Es el ultreia del título de este blog.
Hay que correr mucho menos y caminar bastante más.
Gracias por el comentario master, que llegara a leerlo todo, ya me llena de felicidad. Prometo cambiar las fotos a la brevedad.
16 de abril de 2008 0:13
En la entrada a Santiago de Compostela desde el Monte do Gozo, en el Barrio de San Lázaro, recibe al peregrino la Puerta de Europa. Con 17 metros de altura, realizada en granito y bronce. El escultor, Cándido Pazos, eligió a 20 personalidades que de alguna manera promocionaron el Camino de Santiago, la Calle Mayor de Europa. Entre algunos de ellos se encuentran; “Alfonzo II, El Casto”, “Santo Domingo de la Calzada”, “Isabel de Portugal, La Reina Santa”, “San Josemaría Escrivá” y “Juan Pablo II”.
Iglesia Parroquial de San Lázaro.
Momento muy feliz, estoy entrando al “Arco de Palacio”, el cual desemboca en la Praza do Obradoiro.
Al fin llegué a las 9: PM. Puedo decir que esta peregrinación a la tumba del Apóstol Santiago ha sido uno de los momentos más felices de mi vida. Después de 18 meses de preparación, 33 días caminando, pasando dolores, frío, calor y viviendo con dos mudas de ropa, llegué al frente de esta majestuosa e impresionante Catedral y me postré ante ella dandole gracias a Dios por haberme permitido llegar con salud ante los restos de su Apóstol Santiago, donde millones de peregrinos han llegado y otros han fallecido en el intento. Es una experiencia indescriptible, que solo otros peregrinos pueden enterder e identificarse con ella. Después de rezar y derramar algunas lágrimas por la emoción de este momento tan íntimo y espiritual, me levanté y compartí con otros peregrinos presentes en la Praza do Obradoiro, donde celebrábamos con regocijo la culminación del Camino.
Pazo Raxoi.
Hostal de los Reyes Católicos.
Colegio de San Xerome.
Buscando donde pernoctar encontré a 200 metros de la Catedral el Hotel Pico Sacro localizado en la Rúa San Francisco 22, al lado del Convento de San Francisco y al frente de la Escuela de Medicina de la Universidad de Santiago de Compostela.
Llegué al hotel muy cansado, con fatiga y las piernas inflamadas de tanto caminar. Las botas que me ayudaron a llegar a Santiago de Compostela se estaban empezando a romper después de 800 Kms/500 millas de camino. La mochila y el resto del equipo llegaron en perfectas condiciónes.
Después de acomodarme fui a cenar al Café Bar San Francisco y a caminar un poco por el casco histórico. Me retiré a dormir pensando que mañana será un día emocionante cuando reciba la “Compostela” en la Oficina de Acogida al Peregrino, seguido por la Misa del Peregrino a las 12:00 PM en la Catedral, en compañía de mis amigos peregrinos.
Jueves 31 de Mayo del 2007. Día muy especial por la Misa del Peregrino a las 12:00 PM y el reencuentro con muchos peregrinos llegando a Santiago de Compostela. Amanecí y lo primero que hice fue ir a la Oficina de Acogida del Peregrino, localizada en Rúa del Villar #1, donde se concede la “Compostela”, que es la certificación oficial para quienes hacen la peregrinación “pietatis causa”, es decir, con sentido cristiano o religioso, y hacen al menos, los 100 últimos kilómetros a pie o caballo, o los 200 últimos en bicicleta.
Misa concelebrada en la cual mencionan el país de origen de los peregrinos presentes y el punto de partida de la peregrinación.
Conclusión de la Misa del Peregrino, en la cual también ofició un sacerdote peregrino. Fue muy linda y emotiva, con el mensaje final para los peregrinos de que ahora en adelante tenemos que defender a la Iglesia como Caballeros Templarios, no callar cuando oigamos ataques dirigidos a nuestra Iglesia, pues pecamos al omitir. Prepararnos y estudiar más la Sagrada Escritura, conocer mejor a nuestra Iglesia participando en ella con devoción, para así poder afrontar la ignorancia y malicia de los que la atacan. Hoy empieza nuestra verdadera peregrinación al salir de la Catedral.
Concluida la misa me encontré con Don Miguel, peregrino mexicano con quien tuve el honor de compartir en varias ocasiones.
Padre e hijo del Brasil que estaban peregrinando antes de la partida de su hijo hacia una universidad del Canadá. Compartí con ellos en varias etapas del Camino.
Compartiendo y disfrutando de las delicias de Galicia en la Taberna Gato Negro.
Caminando hacia el hotel. Desde la Oficina de Acogida del Peregrino se puede observar junto a la Fachada de Platerías, la Torre del Reloj, concebida en el siglo XIV con carácter defensivo; sobre su base levantó Domingo de Andrade, en el barroco, la esbelta torre que alberga el reloj y las campanas.
En el extremo sur del crucero se encuentra la Plaza de Platerías.
En la noche me reuní con Sandra, Besnd, Sixt y Max para tomarnos una “queimada”, especialidad de la casa en el Café Bar Fuco Louis, situado en la Plazuela de Fonte Sequelo, Xelmirez #25.
Oración del Peregrino
Apóstol Santiago, elegido entre los primeros, tu fuistes el primero en beber el cáliz del Señor, y eres el gran protector de los peregrinos; haznos fuertes en la fe y alegres en la esperanza, en nuestro caminar de peregrinos siguiendo el camino de la vida cristiana y aliéntanos para que, finalmente, alcancemos la gloria de Dios Padre,
Amén.
Viernes 1ro de Junio del 2007. Aproveché la mañana y la tarde para visitar el Museo de la Catedral, el Palacio de Gelmírez y el Convento de San Francisco. Durante la noche me despedí de mis amigos peregrinos antes de mi partida en tren hacia Madrid.
El máximo exponente de Santiago es su catedral, cuya construcción se inició a partir del momento en que se produjo el descubrimiento de la Tumba. Aun cuando se conserva la Capilla del Salvador de influencia prerrománica, es un templo esencialmente románico con planta de cruz latina, al que posteriormente se añadieron elementos barrocos de carácter decorativo. Cabe destacar el Pórtico de la Gloria, que constituye un conjunto escultórico iconográfico románico, de una gran belleza. Su fachada principal da a la excepcional Plaza del Obradoiro (obra de Oro), corazón y referencia de la Ciudad y en cuyo lugar también se encuentra el Hospital real, mandado construir por los Reyes Católicos en el año 1492 (hoy Hostal de los Reyes Católicos – Parador Nacional).
Este convento rememora la peregrinación de Santo de Asís a Compostela en los años 1213-1215. Según la leyenda San Francisco recibió una revelación divina por la que se le encargaba que erigiera un monasterio en “Val de Dios”, terreno que pertenecía al Monasterio de San Martín Pinario. El citado monasterio cedió el terreno a cambio de la entrega anual de un cestillo de peces, (solemne ceremonia que perduró hasta finales del siglo XVIII, en que los monjes de San Francisco entregaban el citado tributo a los de San Martín). La financiación de tal proyecto debía hacerse con un tesoro que sería hallado por Cotolay en una fuente. Y así sucedió, Cotolay encontró el tesoro, levantándose un edificio gótico del que hoy sólo quedan cinco arcos en el patio de la sala capitular. El convento actual y sus dos claustros son del s. XVII y la Iglesia del XVIII. Actualmente el monasterio alberga un interesantísimo Museo.
Despedida en la Taberna Gato Negro
“Al partir de Santiago, empieza la verdadera peregrinación”
DEL DIARIO DE ZODIACO, QUE DESDE QUE COMIENZA SU CAMINO EN EL 2005 SUFRE UN CAMBIO EVIDENTE EN SU FORMA DE NARRAR, EN AQUEL MOMENTO TIENE 24 AÑOS Y SON OTRAS SUS CIRCUNSTANCIAS. SIEMPRE SERÁ ÉL MISMO PERO LA TRANSFORMACIÓN ME HA PARECIDO MÁS PALPABLE EN ESTA PERSONA QUE EN NINGUNA OTRA…
Desde que entré en Galicia hay un mojón o hito cada medio kilómetro que indica la distancia hasta Santiago de Compostela. Topando con ellos, compruebo con nostalgia como cada vez falta menos para que se haga realidad lo que durante mucho tiempo ha sido un sueño, algo con los que fantaseas durante días y noches pero que crees que nunca lo llevarás a cabo. Me digo para mí mismo que tengo que disfrutar de lo poco que me queda y así camino, camino y camino hasta que la pura realidad va enterrando esos razonamientos y destapando el cansancio acumulado, las heridas en los pies, la lluvia que no cesa. A base de sacrificio y sufrimiento voy haciendo kilómetros. Comienzo a sentir molestias en la rodilla izquierda pero por suerte no pasa de ahí. En tierras navarras y en la Matagalls Montserrat acabé cojeando de ella. Hay aldeas, bosques, setas, e incluso veo algún peregrino, cosa no vista en los días pasados. Hay unos bosques enormes de eucaliptos y ya no deben quedar más de veinte kilómetros. Me impresiona la cantidad de prados y bosques gallegos, que no me han abandonado desde que entre en esta región, y a pocos kilómetros de Santiago aún están presentes.
Llega un momento en el cual dejo de ver los hitos cada medio kilómetro, ni rastro de ellos. El caminar parece alargarse eternamente, suspiro por llegar cuanto antes al Monte do Gozo. Hay un terreno de piedras muy molesto que transcurre en las cercanías del aeropuerto, que me hace sufrir aún más. Me empiezo a desorientar cambiando continuamente de dirección pero sin dejar de seguir las flechas amarillas. No sé si éste es el camino correcto o si lo he dejado en algún momento y me encuentro en otro de más antigua señalización y sin hitos kilométricos. Por una carretera asfaltada paso junto a diferentes cadenas de televisión (la TVE y la gallega), el tiempo pasa y el Monte do Gozo, aunque cerca, se resiste a aparecer. Pasan de las cinco de la tarde cuando llego a un lugar donde indica a mano izquierda el albergue y a mano derecha el Camino. Tomo hacia el albergue en un lugar desértico pero algo me hace detener. ¿Puedo resistirme a la tentación de llegar hoy, noche de Reyes, al final de mi Camino estando a tan sólo cuatro kilómetros y medio? Físicamente estoy muy mermado, pero me animo a hacer un último esfuerzo aún sabiendo que me va a oscurecer por el camino.
Me saco las bambas, escurro los calcetines, me miro las heridas y me preparo para partir. Desciendo del Monte do Gozo y entro en la ciudad de Santiago de Compostela. El recorrido urbano se hace pesado y largo, es una gran avenida. Más adelante me meto en otra calle que va a dar al casco antiguo. Ya ha anochecido, son cerca de las siete menos cuarto. Unos últimos pasos por unas antiguas calles sin flechas amarillas. Pregunto por la catedral. La veo desde la plaza de la Quintana. Doy un rodeo por la plaza de la Inmaculada, paso bajo un arco y me topo con la llegada de las cabalgatas de los Reyes Magos en la mismísima Plaza del Obradoiro, al pie de la Catedral de Santiago de Compostela y punto y final del Camino de Santiago. No sé si dejarme seducir por las luces de colores, la multitud y los caramelos que lanzan los reyes y pajes, o por las dos anheladas torres de la Catedral. Me hago con unos caramelos recién lanzados, y mientras me los como contemplo la fachada que tantas y tantas veces he visto reproducida en guías, libros y documentales del Camino. ¡Ya estoy aquí! Una mezcla de alegría y tristeza corre por mis venas, no sé si sentirme feliz por haber cumplido un sueño, o triste porque haya finalizado.
Hago saber por medio del teléfono a mis padres y novia donde me encuentro, algo que les sorprende sabiendo lo lejos que estaba de aquí hace unos pocos días. Atrás han quedado los bosques pirenaicos de Roncesvalles, los prados navarros, las tierras riojanas, las interminables llanuras castellanas, el páramo leonés, el oscuro Bierzo, los Montes de León, el O Cebreiro y las innumerables aldeas gallegas. En el pasado restan vivencias de todo tipo, personas, conversaciones, lugares, amaneceres, ocasos. Ahora es momento de dar carpetazo y abordar nuevos caminos. Se suele decir que al llegar a la catedral de Santiago es cuando realmente empieza el Camino. En todo caso, el Camino de Santiago ha significado mucho para mí. De él he aprendido muchas cosas para aplicar en la monótona vida cotidiana, de crecer como persona, de conocer nuevos paisajes, de entablar conversación con habitantes de distantes lugares, de hacer algún amigo. Ahora es momento de mirar adelante y buscar nuevos Caminos de Santiago. Nuevos sueños por los que tener ilusión, por los que luchar. Huir de la pérdida de tiempo, de la televisión, del no hacer nada, de las cosas malas. Tener proyectos, emprender acciones. Respetar la naturaleza, ascender montañas, llevar a cabo caminatas, observar el estrellado cielo de una cálida noche de verano.
No voy a extenderme, pues como he comentado más arriba hay cosas que deben guardarse en la memoria y no en diarios, donde es imposible que queden reflejadas. Simplemente dejar constancia de que hoy, cinco de enero de dos mil ocho, a las seis y cuarenta y cinco minutos de la tarde, he alcanzado la festiva plaza del Obradoiro al mismo tiempo que los Reyes Magos de Oriente, acabando así el Camino de Santiago comenzado en octubre de 2005. He entrado en la catedral, he abrazado al apóstol y he ido a recoger mi merecida Compostelana a la oficina de acogida al peregrino.
Sábado 23 de agosto: Santiago-Madrid
A las diez de la mañana fui a desayunar, donde solía hacerlo siempre. Sentía una gran nostalgia y este día, a pesar de haber amanecido luminoso y alegre, iba a ser muy largo hasta la hora de coger el avión. Dejé mi equipaje en el Hostal y liquidé mi cuenta.
Mi primera visita fue a la Catedral y allí me quedé ante el Apóstol en oración y en un buen puesto para la celebración de la Misa del Peregrino.
Subí de nuevo a dar un abrazo al Señor Santiago; bajé a la cripta y oré frente a su tumba. No sabía salir del Templo.
Visité todas las Capillas y en todas hice mi oración, según lo que me sugerían las imágenes y los recuerdos.
Cerca de las dos de la tarde paseé buscando dónde comer. Todos los Restaurantes estaban llenos; por fin, en el Mesón A Charca» vi que, al fondo, tenían mesas en una terraza. Esto me animó y allí comí; fue una comida de capricho: pimientos de Padrón, caldo gallego y sardinas asadas.
Después fui por la Alameda a tomar café y a pasear por los jardines de la Herradura.
Era hermoso disfrutar de esa panorámica de la ciudad, que paso a paso -unos 600.000 pasos-, gané a los pies del Apóstol Santiago.
Una y otra vez paseé mi vista sobre tanta historia amalgamada, su configuración y su entorno, hasta los valles de la Mahía y del Ulloa.
Quería que esta imagen perdurase en la retina de mis ojos y en lo profundo de mi ser.
Bajé al Hostal y me calcé, una vez más, la mochila, pero el bordón y sombrero se quedaron ahí para dar servicio a quien pudiera precisarlos.
Por la Rúa Nova, lentamente, caminé hasta la c/ General Pardiñas. De ahí salía el autobús, que me trasladaría al Aeropuerto.
En la acera de enfrente, a la sombra, había un carrito de helados; compré uno de limón. Sentado en la acera lo saboreé. Al poco llegaba el autobús.
Una gran nostalgia embargó mi alma. No sabría, a punto fijo, definir su causa. En fin, con el paso del tiempo, el análisis tranquilo de mi hazaña iría descubriendo los frutos que la simiente divina fue depositando en lo profundo de mi ser.
El Camino fue el tiempo y el espacio, posiblemente el terreno abonado, para que el divino Sembrador hiciera su trabajo.
El avión se retrasó una hora en salir; no me importó nada. Tan sólo pensaba en que mis hijos estarían impacientes. Yo, desde luego, todo lo contrario.
Ya, en el avión, recé y, durante el viaje, empecé a sentir ganas de verme en Madrid. No sabía quién o quienes me estarían esperando, pero me urgía el poder abrazarles a todos.
Al llegar, todavía tuve que esperar más de veinte minutos hasta que pudimos recoger el equipaje y salir.
Todos, estaban todos, hasta Fernando. ¡Qué alegría tan inmensa!
A todos quería abrazar y besar y me faltaban brazos, manos y boca para conseguirlo.
Me encontraron bastante bien de aspecto; pensaban que vendría delgado y agotado.
Marcos me cogió la mochila y dijo que pesaba mucho.
Me miraban y yo, como un niño, gozaba y andaba al ritmo del Camino.
Me gritaron: ¡pero dónde vas tan deprisa!
Yo ni me daba cuenta.
En casa, habían preparado la recepción con bebidas, canapés y otras lindezas. Querían que les contara mi aventura.
Hablé y hablé, pero eran tantas las cosas vividas durante el Camino que les prometí poner por escrito el Diario, cuyas notas traía en borrador.
Algún día se lo dejaría para que lo leyeran y se animaran.
A partir de ahora ya no es mío, sino de todo el que, sinceramente, desee pasar de lo trivial a lo importante, de lo superficial a lo profundo, de lo rutinario a lo sublime.
De pronto reacciono. ¡ Qué demonios! Estoy ya muy cerca y esto hay que terminarlo. Tengo muchas ganas de darle una abrazo a Santiago. Así que me pongo en pié de un salto y reemprendo la marcha. Hay que llegar. Solo queda un paseo triunfal hasta nuestra meta. Es como la etapa de los Campos Elíseos en el Tour de Francia.
Los últimos kilómetros de ruta Jacobea son cuesta abajo. La urbe nos recibe con su peor cara: naves industriales, el campo de Fútbol, calles desangeladas… Todo cambia al llegar a la Rúa de San Pedro. Desde allí la ciudad arropa al peregrino con calles y edificios de piedra que ganan en belleza hasta llegar al fin a la parte trasera de la catedral. Ya está. Hemos llegado al fin. Ya hemos culminado nuestro peregrinar.
Juanen y yo nos abrazamos. Es un momento de enorme gozo. ¡ Hemos llegado a Santiago ! Estamos aquí, de verdad. Pisando suelo compostelano. La catedral, de la que tanto habíamos oído hablar, está aquí mismo. Podemos tocarla, podemos entrar en ella. Parece que todo lo anterior haya sido un sueño. Parece muy poco tiempo. En ese momento se olvida todo el esfuerzo hecho hasta allí.
Un poco más adelante: la plaza del Obradoiro y la entrada por el Pórtico de la Gloria. Es entonces cuando aparece nuestra primera gran decepción. Una larguísima cola de turistas aguarda a poner la mano en la conocida columna del pórtico. No lo entiendo. Setecientos cincuenta kilómetros a pié hasta llegar aquí y ahora no puedo cumplir con la costumbre centenaria de poner mi mano en la huella labrada en la piedra por miles de peregrinos a lo largo de la historia por una estúpida y aberrante cola.
Bueno, pues será cuestión de pasar por la puerta del perdón y abrazar al Apóstol. Segunda gran decepción. Otra inmensa cola de turistas que me impide algo que hace ya mucho que soñaba. Eso sí que me jodió. En los momentos en que peor me encontraba caminando, yo soñaba con el momento en que llegaría a Santiago y le daría un fuerte abrazo a la imagen del apóstol. Eso me motivaba y me daba fuerzas para poder continuar. Y ahora que estaba allí no podía dar el tan esperado abrazo.
Para conseguir la Compostela, documento de la Iglesia que acredita haber hecho el Camino con motivos religiosos o espirituales, hay otra gran cola. Todo se nos viene encima. Tanto esfuerzo para llegar aquí y ahora mira. En el Monte del Gozo me sentía imparable y eufórico y ahora me tengo que ver frenado por una panda de turistas. Es lo malo del año Santo.
Después de visitar brevemente la Catedral decidimos que lo mejor es buscar alojamiento. El Seminario Menor hace las veces de albergue para los peregrinos. Podemos quedarnos allí tres noches. Está un poco retirado del centro, pero desde la tercera planta, que es donde nos alojamos, hay una espléndida vista del casco antiguo.
A continuación de dejar las cosas vamos al casco antiguo. La verdad es que hay mucho ambiente. En algunas calles casi no se puede pasar del gentío. En las esquinas hay músicos callejeros, comediantes, malabares y puestos de regalos con motivos del Camino y de Santiago.
Hacemos la comida en un pequeño restaurante. No es demasiado buena y sí algo cara en comparación a lo que estábamos acostumbrados. Juanen se vuelve al seminario a dormir la siesta. Yo me quedo en la cola para conseguir la Compostela. Tengo para rato. En todo este tiempo charlo con otros peregrinos y aprovecho para escribir unas postales.
Ya con la Compostela en mano voy a la catedral. Tengo mucho que rezar. Primero dar gracias por haber llegado hasta aquí y por todo lo que ha sucedido en el viaje. Después rezar por mi familia y por mis amigos, pero de un modo especial a la forma en que lo suelo hacer. También por los que me habían pedido que rezara por ellos al llegar ante la tumba del apóstol y por todos aquellos que me habían ayudado en el transcurso de la aventura. Finalmente pedí por mí para no dejar nunca de ser un peregrino.
Hecho esto quedaba confesarse. Hay un montón de confesionarios en las naves de la catedral y aún así hay grandes colas. Pronto me atiende un cura mayor. Es un hombre muy amable. Más que una confesión es una charla sobre viaje.
Tras mi visita a la gran iglesia siento que parte de mis tareas en Santiago ya han terminado. Me siento muy lleno por dentro. Espiritualmente nunca he estado en mejor forma. Es hora de dar una vuelta y curiosear por los alrededores para hacer un poco de turismo. Bordeando el Hostal de los Reyes Católicos me encuentro a Gustavo. Le perdí en León y ya lleva un día en la ciudad. Va con su novia de Yeste.
Unas horas más tarde de estar por ahí, regreso al albergue con víveres para la cena. Esta noche saldremos a tomar unos ribeiros. En la Rúa Nova y alrededores hay bastante ambiente, sobre todo de tapas. En uno de los bares entramos a tomar unos vinos y orujo. No repetiría yo con el orujo, demasiado fuerte. Tampoco están los cuerpos muy joteros y además el horario al que estamos acostumbrados implica acostarse a las diez y despertarse a las seis. Pronto volvemos al albergue.
Hoy es domingo y pensamos que habrá mucha gente, de modo que aprovechamos mucho para dormir. Juanen tiene que conseguir aún su Compostela. Yo mientras voy a darle un abrazo a Santiago. Asombrosamente casi no hay cola en la Puerta del Perdón. Enseguida subo a la capilla y agarro a la imagen por detrás. Es un abrazo fuerte, pero no lo que esperaba, a fin de cuentas es un abrazo a destiempo. Para colmo se me rompe el reloj al enganchárseme con una de las piedras preciosas de la coraza de oro que lleva Santiago.
Debajo del altar está la cripta con el sarcófago que, supuestamente, guarda los restos del Apóstol Santiago Zebedeo, hermano de Juan (el evangelista) y discípulo de Jesús. La mayor parte de la gente pasa por delante sin pararse. Hay una diminuta capilla con un par de bancos. Yo me quedo allí un poco y rezo ante el sepulcro.
Al salir voy a por Juanen. Hacemos un pequeño recorrido turístico y entramos a alguna de las exposiciones. La de Santiago Virtual es muy buena. A la salida es casi la hora de la misa, así que vamos a coger sitio. Cada vez entra más gente. Allí habría miles de personas. Es una misa muy larga en la que se presentan grupos de peregrinos organizados que vienen a ganar el jubileo. El botafumeiro nos impresiona. Parece que te vaya a caer encima.
Por la tarde seguimos haciendo la visita turística. En lo espiritual ya he concluido mis tareas. Hay un montón de exposiciones que ver: unas mejores y otras no tanto. Paseando encontramos a los dos asturianos aquellos que tocaban la flauta. Les perdí la pista en Arroyo de San Bol y pensaba que no llegarían, porque tenían los pies muy muy mal. Que alegría verles. También vemos a la brasileña, aquella del grupo internacional. A esa la perdí en Puente Fitero.
“O el Botafumeiro, famosísimo incensario de la Catedral de Santiago, que aparte de quemar incienso como acto sacralizado, tenía además la función de que su combustión contrarrestase el rancio y fétido olor que despedían los peregrinos después de las largas y agotadoras jornadas del Camino”.
… yo, me he quitado mis grandes botas, y con mis pies cansados, por los mil kilómetros de esfuerzos y penalidades, y desnudos, he hecho la última legua que me faltaba para llegar. He sentido una extraña impresión de desequilibrio, pues todo el cuerpo estaba habituado desde hacía un mes a este contrapeso de cuatro kilos de mis pesadas botas; también por las quemaduras en las plantas de los pies, pues este camino, con largas bajadas y subidas, hacía daño.
Aún tuve tiempo, a pesar de sentirme devorado por las pulgas, de ir a postrarme ante el sepulcro de Santiago y visitar algo la Catedral. Estoy feliz. Todo mi ser canta la alegría de haber vencido, de haber podido llegar, de haber vivido algunas semanas de elevación espiritual, de haber hecho acopio de bellezas.
Me levanto y echo a andar / Sin lavarme la cara / Tal vez complete un trecho / En la Gran Espiral / Con las cosas que he ganado / Y las que he perdido / Mi ceguera y mi bastón / En el camino... Si me ves dormido / Sabe el alba que si quiere yo / La espero en el camino / Y todos mis pecados / Viajarán conmigo / Hasta el más puro final / Del camino.//
De la canción la ‘Cruz de Santiago’
Lanza bien los dados
porque el juego del camino ha comenzado,
agudiza tu ingenio,
sírvete de mancias,
sírvete del tarot,
lee en el alma del bosque
adivina dónde la muerte se escondió
-MAGO DE OZ-
Pero qué es el alma, ¿un mito? ¿es inmortal? ¿pesa 21 gramos?
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Nosotras hemos llegado a la conclusión de que el alma es la verdad de uno pero nos encantaría conocer cual es tu opinión al respecto (aquí)
El Espacio y el Tiempo son modos mediante los que pensamos, no condiciones bajo las que existimos. El Tiempo que percibimos a través de los relojes y los calendarios es una invención que sólo concierne al hombre y a su interpretación del mundo. – ALBERT EINSTEIN -
DEL DIARIO PEREGRINO QUE COMENCÉ A LEER HOY…
http://aig02.blogia.com/
DEL DIARIO DE MONTSE, PEREGRINA A COMPOSTELA A TRAVÉS DEL TIEMPO… LITERATURIZADO AL CATALÁN…
http://laltreblogdelarare.blogspot.com/
LA VIVENCIA DE WILLIAM RAMOS…
http://porsiempreperegrino.blogspot.com/
DEL DIARIO DE DOS AMIGOS QUE ATRAVESARON UN OCÉANO Y CAMINARON LA RUTA MILENARIA…
http://ultreiafinisterre.blogspot.com/
DEL DIARIO DE JUAN MIGUEL GRAU, PEREGRINO DE MIAMI…
http://www.juanmiguelgrau.com/camino_de_santiago
DEL DIARIO DE ZODIACO, QUE DESDE QUE COMIENZA SU CAMINO EN EL 2005 SUFRE UN CAMBIO EVIDENTE EN SU FORMA DE NARRAR, EN AQUEL MOMENTO TIENE 24 AÑOS Y SON OTRAS SUS CIRCUNSTANCIAS. SIEMPRE SERÁ ÉL MISMO PERO LA TRANSFORMACIÓN ME HA PARECIDO MÁS PALPABLE EN ESTA PERSONA QUE EN NINGUNA OTRA…
http://zodiaco.madteam.net/relatos/2008-01/dia-26:-05-12-07:-melide-%E2%80%93-arzua-%E2%80%93-santiago-de-com/
Año Santo Compostelano.
A UNOS 600.000 PASOS (1)
Por Juan José Alonso Escalona
http://www.biescasvignau.com/03Espanol/07.Trekking/10.CaminoFrances/Diarios/JJ.Alonso.97.03/%2010A.DiariosJuanjo.htm
DEL DIARIO DE ÁNGEL SILVENTE
http://www.euskalnet.net/diariosdeperegrinos/angel.silvente.htm
“O el Botafumeiro, famosísimo incensario de la Catedral de Santiago, que aparte de quemar incienso como acto sacralizado, tenía además la función de que su combustión contrarrestase el rancio y fétido olor que despedían los peregrinos después de las largas y agotadoras jornadas del Camino”.
http://luisyanezabelaira.blogspot.com/2009/05/ponferrada-16-04-2009-presentacion-un.html
DE LA PEREGRINACIÓN DE LEON DEGRELLE
… yo, me he quitado mis grandes botas, y con mis pies cansados, por los mil kilómetros de esfuerzos y penalidades, y desnudos, he hecho la última legua que me faltaba para llegar. He sentido una extraña impresión de desequilibrio, pues todo el cuerpo estaba habituado desde hacía un mes a este contrapeso de cuatro kilos de mis pesadas botas; también por las quemaduras en las plantas de los pies, pues este camino, con largas bajadas y subidas, hacía daño.
Aún tuve tiempo, a pesar de sentirme devorado por las pulgas, de ir a postrarme ante el sepulcro de Santiago y visitar algo la Catedral. Estoy feliz. Todo mi ser canta la alegría de haber vencido, de haber podido llegar, de haber vivido algunas semanas de elevación espiritual, de haber hecho acopio de bellezas.
http://compostela2004.free.fr/mi_camino_de_santiago.htm