Jornada vigésimo primera: MURIAS DE RECHIVALDO – RABANAL DEL CAMINO

2009 Julio 30
by María Camino

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ALBERGUE LAS ÁGUEDAS

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4031 – Castrillo de los Polvazares en obras: desayuno en Cuca la Vaina

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10 comentarios dejar un →
  1. 2009 Agosto 7
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO PEREGRINO QUE HE COMENZADO A LEER HOY…

    El día anterior no tenía intención de hacer tantos kilómetros pero el camino me llevó, y así debe ser. Nosotros tenemos que dejarnos hacer por lo que él nos imponga. Me levanté como todos los días a las 7 de la mañana con el cuerpo descansado y el pie con dolores cuando caminaba. Decidí hacer una etapa corta para intentar recuperarme. Deje la llave en el buzón, donde me dijeron, y empecé el camino lentamente por que el dolor me impedía mi ritmo normal. Al poco de comenzar me encontré un peregrino de Madrid que había visto la tarde anterior en Astorga. Levaba buen paso y enseguida me adelantó. Sobreponiéndome a mis molestias le seguí a una cierta distancia, para que fuera un estímulo a mi paso. Conseguí seguirle durante un par de horas hasta el Ganso. El terreno era claramente en ascenso por campos muy hermosos. Pasamos a cosa de una hora por Santa Catalina de Somoza. El dolor era casi insoportable, por lo que decidí ponerme de nuevo las botas para que me sujetaran mejor el pie, pero el dolor seguía estando ahí. En el Ganso paramos en el bar vaquero donde tomé el desayuno del día. Estuve parado durante una hora. No tenía prisa en llegar a Rabanal. Cuando reemprendí el camino el dolor continuó. A las 12 de la mañana llegué a Rabanal, donde se acabó la etapa por hoy. Empecé a tener dudas si podría continuar mañana, pero decidí descansar y ver que pasaba. Me quedé en el albergue privado del Pilar. Fui el primero en llegar y pude escoger la primera litera. En el patio descansé durante todo el día dándome masajes con voltaren crema. Desde mi rincón pude observar la llegada de los peregrinos y charlar con algunos de ellos. El sitio es tremendamente agradable y sociable, ayudando mucho la amabilidad de la hospitalera. Comí un trozo de empanada y la siesta fue inevitable para el buen reposo del pie. Sólo por la tarde me animé y me decidí visitar este pequeño pueblo. En la iglesia románica hay una comunidad de monjes que todas las tardes rezan las vísperas con un rito antiguo y lleno de espiritualidad. Es digno de observarlo pues la paz interior llena los corazones de los asistentes. Es como una sobredosis de tranquilidad y misticismo. Esta localidad de casonas macizas de piedra sirvió de avanzadilla de los Templarios de Ponferrada para proteger a los peregrinos hasta su llegada al Bierzo. Rabanal fue también albergue (en la Casa de las Cuatro Esquinas) de Felipe II en su peregrinación a Santiago. Desde esta villa, según la leyenda, Carlomagno y su fiel caballero bretón Anseïs contemplaban Astorga y Sahagún. Durante la Edad Media existieron varios hospitales e iglesias. Los peregrinos paraban aquí a recobrar fuerzas y agruparse para pasar las cumbres del peligroso monte Irago donde acechaban los bandidos. Antes de entrar en el pueblo se encuentra la ermita de la Vera Cruz, ya en la calle Mayor se pueden contemplar la ermita de San José y el Hospital de San Gregorio. En la parte alta del pueblo se halla la iglesia parroquial de Santa María, uno de los pocos ejemplos románicos que se pueden encontrar en esta zona. Pese a tener 60 habitantes mantiene tres refugios, además hay una tienda que vende pan y algún hostal donde se puede comer. – Kilómetros.- 15,9.

    http://aig02.blogia.com/

  2. 2009 Agosto 9
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO DE WILLIAM RAMOS….

    Creo que para contar sobre este lugar necesitare mas de 1 entrada… resulta que mi hermano Alan me habia comentado de un pueblo perdido dentro del camino que se llama Manjarin… Pero no sabia la magnitud de tal lugar, el lugar mas emblematico, mistico, diferente, como se le quiera llamarm\, el sitio que mas me conmovio de todo el camino y no cabe mencionar al mitico de miticos Tomas, el hospitalero ( es decir, el dueno, encargado del lugar)…
    Despues de dejar Astorga, la proxima etapa era hasta Rabanal del camino… pero era una etapa “facil” por que solo eran 20 kilmetros, lo digo entre comillas por que es pleno bosque y hay mucha subida… Es como de los bosques mas salvajes que se ven.. los mas puros… vi muchas serpientes, mas de 4… tremendo sustos que me llevaba… desde Astorga empeze a caminar con un grupo de gente, pero ellos se iban quedando por mitad, ya que se sentian cansados y decidian quedarse en esos pueblos, busque en mi guia y vi que unos 8 kilometros mas de Rabanal estaba el mitico lugar de Manjarin, decidi tirarlo todo ese dia caminando y como meta llegar a ese lugar…El pueblo de Rabanal del camino estaba en una montana que se elevaba a mas de 1000 metros sobre el nivel del mar… ahi me detuve, fui a una fuente de agua, tome mucha agua y descanse bajo un arbol, me encontre con otra pareja de amigos y estuvimos hablando, le conte que queria llegar a Manjarin y el que hacia el camino por 2da ves, me dijo que si… que lo hiciera, que el lugar era increible… le pregunte que era lo que habia, a lo cual no quiso responderme, me dijo que era mejor que lo averiguara por mi mismo… Estaba intrigado, ya que sabia que el lugar era especial, pero no tenia idea como era… Luego del descanso decidi marcharme…

    http://porsiempreperegrino.blogspot.com/

  3. 2009 Agosto 17
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO DE JUAN MIGUEL GRAU, PEREGRINO DE MIAMI…

    Hoy me tocó una etapa montañosa, pues dejé los páramos y largas llanuras, para empezar el ascenso de los montes de León, de esta región maragata. Caminé con Mercedes y desde la salida de Astorga hasta la llegada a Rabanal del Camino, nos acompañó la lluvia y frío. Fue una caminata de 20.7 Kms. en continuo ascenso, desde los 868 M en Astorga hasta 1,150 M en Rabanal del Camino. Solo pude tomar varias fotos debido a la lluvia.

    Nos encontramos con Sandra, Besnd y una peregrina alemana en Santa Catalina de Somoza. Aprovechamos para buscar refugio de la lluvia y tomarnos unos cortaditos y chocolates calientes.

    Famoso Mesón “Cowboy” en El Ganso. Localidad sin apenas servicios, situada en plena maragatería, pero como Santa Catalina de Somoza, todos los años, resucita con el paso de los peregrinos, abriendo bares y mesones que ayudan en el largo ascenso hasta Manjarín del Puerto.

    Encontramos refugio de la lluvia y frio en el “Albergue Tesín” de Rabanal del Camino.

    Cenamos en el Hotel-Restaurante La Posada de Gaspar.

    Información general de Rabanal del Camino y del Monasterio Benedictino de San Salvador del Monte Irago:

    Localidad situada en la falda del monte Irago, final de la novena etapa del Codex Calixtinus. Al iniciar su calle principal, lo primero que se encuentra es la ermita de San José, construida en el siglo XVIII y siguiendo la calle, en el centro del pueblo, el templo parroquial de Santa María, uno de los pocos que quedan por la zona de corte románico.

    Se cuenta que en una casa de la calle principal, conocida como la casa de las Cuatro Esquinas, pernoctó Felipe II en su peregrinación a Compostela.

    Es un pueblo en el que hubo un asentamiento Templario, en la época medieval y que conserva mucha tradición hospitalaria, incluso hoy cuenta con tres albergues, además de un hostal y un hotel y muy recientemente ha sido donada una casa a la Orden Benedictina para una fundación monástica:

    Monasterio de San Salvador del Monte Irago

    Hermano peregrino: Te damos la bienvenida. Esperamos que descanses y disfrutes de tu estancia entre nosotros.

    Rabanal del Camino. Las primeras menciones documentales del lugar aparecen a principios del siglo XII, don de s habla de Los Rabanales. En el Códice Calixtino, figura como la novena etápa del Camino. A finales del siglo XII, llega la Orden del Temple y edifican el templo de Nuestra Señora de la Asunción. Los Templarios marcharon de Rabanal hacia 1287, fecha en la que el rey de Castilla concede dicha Iglesia al Obispo de Astorga.

    La historia del pueblo queda ligada al desarrollo de las peregrinaciones. Su arquitectura se organiza siguiendo la norma típica del Camino: una calle larga, denominada Real, en torno a la cual se edifican distintas viviendas. A la entrada del pueblo se encuentra la ermita del Bendito Cristo de la Vera Cruz, templo de la fábrica barroca en el que se venera la milagrosa imagen del Crucificado. En la Calle Real se encontraba el Hospital de San Gregorio. Poco más adelante se levanta la ermita de San José la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, románica.

    El Monasterio de San Salvador de Irago. El 2 de febrero de 2001, se fundó el Monasterio Benedictino de San Salvador, dependiente de la Abadía de Santa Otilia ( Alemania. Su finalidad: anunciar el Evangelio entre los peregrinos, ayudarles a descubrir que su Camino no se dirige a un pórtico de piedra sino a la Gloria de Dios.

    El Monasterio se encuentra situado frente a la iglesia de Nuestra Señora. Su fachada está presidida por una talla de San Benito, joven, vestido con el hábito y cogulla monásticos, con el libro de la Regla en la mano, y el báculo abacial en la otra.

    Debajo de la escultura de San Benito, puede leerse la siguiente inscripción: Sois santos, dice el Señor, y multiplicaré vuestro número para que oréis por mi pueblo en este lugar.

    Por último, la piedra clave del arco d entrada al Monasterio tiene esculpida una reproducción de la Cruz Mozárabe del Monasterio de San Pedro de los Montes: la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, piedra angular que desecharon los arquitectos y que se ha convertido en la piedra angular, alfa y omega, principio y fin, inicio y meta del universo.

    Librería del Monasterio. En la librería del Monasterio, se encuentra la Librería Monástica. Allí podrás comprar productos elaborados por los monjes, como los iconos de tradición oriental para adentrarte en la contemplación de los misterios del Señor; rosarios elaborados con pétalos de rosas segun la tradición de los cartujos; libros de espiritualidad monástica y de contenido Jacobeo, postales y otros recuerdos de tu peregrinación. Te sugerimos el libro: Camino de Santiago viaje al interior de uno mismo. Está escrito por el Padre Juan Antonio Torres, Superior del Monasterio, en colaboración con el Padre José Antonio García Monge, de los Jesuitas de Comillas. Se trata de una guía espiritual para el Camino, fácil de llevar en la mochila y muy útil para orientar la grandiosa aventura de la peregrinación interior en el Camino de Santiago.

    El Monasterio también edita la Revista de Monjes y Peregrinos. A través de este boletín, se pretende mantener con quienes así lo deseen el contacto con la espiritualidad monástica y jacobea. Se edita con carácter trimestral, y está abierta a la colaboración de cuantos en ella deseen escribir.

    La librería se abre de 12:30 a 14:00, y de 18:00 a 19:00. en ella podrás encontrar un monje, dispuesto a atenderte en cuanto desees.

    Puedes solicitar el sello del Monasterio para tu credencial.

    Ejercicios espirituales. Ofrecemos la posibilidad de realizar, a cuantos peregrinos así lo deseen retiros y ejercicios espirituales, dentro del Monasterio. Están programados para tres jornadas, siguiendo el ritmo de vida de los monjes, compartiendo su silencio, retiro, comida y oración.

    Vísperas 19:00

    Confesiones: 19:30

    Completas

    Bendición de Peregrinos: 21:30

    Laudes: 7:30

    Eucaristía: 9:00

    A la vuelta del Camino. Puede que, cuando llegues a Compostela, aún sientas la necesidad de encontrarte a ti mismo antes de regresar a casa. Para ello, si así lo deseas puedes solicitar unos días de estancia en nuestro Monasterio. Podrás profundizar desde Dios en tu experiencia, y afrontar tu regreso a casa como una nueva peregrinación.

    Oración de Vísperas. A las siete de la tarde, en la Iglesia románica de Santa María, se celebra el Oficio de Vísperas, cantado en latín según la tradición gregoriana. Se trata de la oración de la tarde, que toda la Iglesia eleva al Señor, recordando el mismo instante en el que Nuestro Señor murió en la Cruz para salvarnos.

    La oración dura media hora. Dispones de folletos en la Iglesia para que puedas participar en la oración de los monjes; puedes llevártelo contigo.

    Confesiones. Terminadas las Vísperas, quedará un monje sacerdote en la Iglesia para que quien lo desee, pueda celebrar el Sacramento de la Reconciliación. La peregrinación es un movimiento, un ir desde él yo mismo hacia él Tú inquietante y misterioso de Dios. Un tránsito que implica nuestro esfuerzo. Así también es la conversión, que se materializa en el sacramento de la penitencia. Dispones en la Iglesia, después de las Vísperas, de un monje para poder confesarte.

    Oración de Completas y Bendición de Peregrinos. Cuando ya termina la jornada, la Iglesia vuelve a ponerse en oración para encomendarse al Señor antes del descanso nocturno. Es el Oficio de Completas por cuanto hoy nos ha concedido nuestro Señor. Comienza a las nueve y media. Dispones también de unos folletos para poderte unir a la oración de los monjes. Al terminar las Completas, se imparte todos los días la Bendición de los Peregrinos. El texto de esta hermosa bendición lo puedes solicitar en la Librería, a fin de que puedas rezarlo a lo largo de tú Camino.

    La etapa de mañana. Mañana tendrás que afrontar uno de los lugares más altos del Camino: el Puerto del Monte Irago. La subida a Foncebadón no es excesivamente complicada; te costará alrededor de una hora. Foncebadón que fue lugar de ilustre pasado: Allí se estableció, a comienzos del siglo XII, el ermitaño Gaucelmo, que fundó una institución para socorrer a los peregrinos: el Hospital de San Salvador de Monte Irago. Los reyes, hasta inicios del siglo XIX, protegieron el lugar, a condición de que los vecinos cuidasen del Camino. A la salida del pueblo encontrarás los únicos restos de tal lugar. Desde allí a la Cruz de Hierro tardarás media hora, subiendo por una loma que te ofrece magníficas vistas de la Meseta castellana, que definitivamente dejas atrás.

    La Cruz de Hierro. Es tradición depositar en la Cruz de Hierro una piedra. Es símbolo de todo aquello de lo que te vas desprendiendo en tu camino. No en vano, solo en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo podemos arrojar los creyentes el peso de nuestros pecados, conscientes de que su amor nos perdona todas nuestras ofensas. Si así lo deseas, durante la Oración de Laudes se bendicen estas piedras, para que la puedas llevar hasta la Cruz de Hierro. La oración de Laudes, cantada también en gregoriano, comienza a las 7:30, y dura media hora.

    Conclusión. Los monjes hemos venido al Camino para ayudarte a encontrarte con Dios, el gran Peregrino que vino en Jesucristo a nuestro mundo para abrirnos una ruta hacia lo alto, y que sigue empujando con su Espíritu a cuantos lo recorren. ¡ Ultreya, hermano peregrino ¡

    San Salvador de Monte Irago

    Monasterio Benedictino

    24722 Rabanal del Camino ( León )

    http://www.juanmiguelgrau.com/camino_de_santiago

  4. 2009 Agosto 18
    María Camino Enlace permanente

    DEL DIARIO DE ZODIACO, QUE PEREGRINA EN PLENO INVIERNO ESTA VEZ Y ESTÁ ENFERMO…

    Aún no ha amanecido cuando me despido de los pocos peregrinos y del hospitalero. Pronto serán las ocho de la mañana, hará catorce horas que me acosté, cosa que me ayuda a empezar con energía el día y a recuperarme algo de la posible gastroenteritis. Al partir no sé que será de mí hoy, hasta dónde llegaré o si me encontraré mejor que ayer; todo es una incertidumbre. Bajo la oscuridad de la noche paso por la plaza Mayor, donde está el Ayuntamiento, de bonita fachada. Símbolo de la ciudad son los Maragatos, dos autómatas que marcan las horas del reloj en el Ayuntamiento. Luego vienen el Palacio Episcopal de Gaudí (1899-1913, neogótico) y la catedral (comenzada en 1471), que no he podido visitar por encontrarme mal y pasar la tarde durmiendo. Atrás queda Astorga (Austurica Augusta), importante enclave de astures y romanos. En ella se cruzaban la Via Traiana (Burdigala-Asturica) con la Vía de la Plata (Emérita Augusta – Asturica), dos de las más importantes de la red viaria romana.

    Le etapa teórica es de veinte kilómetros hasta Rabanal del Camino, pero debo intentar hacer todo lo que pueda para poder llegar a Santiago a pie antes de que finalicen mis vacaciones navideñas. Camino gran parte de la etapa junto a una carretera por la que no suele pasar ningún coche. Los pueblos por los que paso son Valdeviejas, Murias de Rechivaldo, Castrillo de los Polvaraces, Santa Catalina de Somoza, El Ganso y Rabanal del Camino. El único tramo alejado de la carretera aparece tras el albergue “Las Águedas”. Es el típico páramo leonés, una tierra alta, llana y habitualmente no cultivada sino destinada a la caza. De casualidad, veo a dos animales parecidos a los ciervos que me observan detenidos. Son más grandes que los rebecos del Pirineo y tienen el trasero muy blanco (me dirán que se llaman corzos). En un momento determinado cesan de mirarme para echar a correr hasta unos matorrales donde los pierdo de vista. La nieve y hielo presente en zonas sombrías da un toque invernal al paisaje y en ocasiones convierte la senda en resbaladiza.

    En el Ganso me siento en un banco extenuado y cansado del peso de la mochila. Con gran esfuerzo llego hasta Rabanal del Camino. Como ya he comentado anteriormente, en este punto he recorrido veinte kilómetros y he pasado de los 800m a los 1100m de altitud. Los próximos cinco kilómetros y medio son de ascenso y llevan hasta los 1450m de altitud de Foncebadón, pueblo nevado ubicado en plena montaña. Pregunto a unos ancianos que cuánto puede haber hasta allí y como aún no son la una del mediodía me decido a continuar pese a encontrarme muy fatigado. El ascenso es continuo y lo hago por la carretera ya que la senda está nevada y sería peligroso y engorroso además de mucho más lento. El sufrimiento que padezco durante la subida no se puede explicar con palabras, así que desisto en intentarlo. Destacaré que una niebla muy densa mezclada con una fina lluvia constante a lo largo del tiempo y del espacio me tienen helado. Ascender por la sinuosa carretera sin ningún sitio donde descansar (todo está mojado), no ver nunca el final o estar en el reino de las tinieblas, son cosas que me hacen plantear la siguiente cuestión: ¿dónde me he metido?. Nada tiene que ver lo de estos días con los Caminos de octubre de 2005 (Roncesvalles-Logroño) ni de abril de 2007 (Logroño-León). Todo ello aumenta mi sensación de que debo de regresar a casa mañana mismo y reanudar el Camino en otro momento, cuando en vez de sufrir lo pueda disfrutar, cuando en vez de nieve y niebla haya sol, cuando en vez de soledad hayan algunos peregrinos a quien seguir.

    Todo acaba por llegar, aunque poco más de una hora puede parecer toda una eternidad. Entrando al pueblo, los perros de un rebaño se me acercan a gran velocidad emitiendo amenazadores ladridos. Foncebadón es un pueblo abandonado, aunque en realidad, según dicen, aún vive en él una señora de unos ochenta años. La ausencia de gente y la densa niebla unida a la nieve dan un toque fantasmagórico al pueblo. Si no hallo un lugar donde dormir en este lugar voy a tener problemas pues no me apetece nada ni dormir al raso ni continuar hasta el refugio de montaña de Manjarín, ya pasada la Creu de Ferro. La primera decepción es que el bar con albergue está cerrado “por reformas”. El parroquial también está cerrado, pero mi salvación llega: un albergue privado llamado Monte Irago es lo único abierto del pueblo fantasma. Se trata de un albergue ambientado con budas, cosas asiáticas, incienso, etc. Lo importante es que he encontrado un techo bajo el que dormir ¡y con calefacción! Su precio es siete euros, el más caro en el que habré estado alojado de todo el Camino de Santiago.

    La hospitalera es alemana y no sabe español. Me pregunta si voy a comer o cenar y le digo que no. Hoy es el segundo día consecutivo que no pruebo alimento. Lo que sí hago es subir a la planta de arriba, donde está la habitación, y acostarme muy cansado. Antes, por cierto, he hablado junto a la chimenea con Carlos, un escultor en madera que realiza obras de temática jacobea. Abajo se escuchan voces: es el jefe del albergue con su familia. Más tarde llega Santiago, de Ciudad Real. Vamos a ser los únicos peregrinos que pasemos la noche aquí. Me cuenta que es de Ciudad Real. Hoy ha comenzado el Camino de Santiago en Astorga. No lleva credencial, ni información de las etapas o mapa del trazado. Le explico que estoy enfermo y que por eso descanso. Comentamos las duras condiciones meteorológicas de hacer el Camino en esta época, y del sufrimiento y la soledad que comporta. Le comento que mañana en Ponferrada quizá me vaya para Barcelona porque lo estoy pasando muy mal. He sufrido mucho estos últimos días en el Camino sin haber recibido muchas gratificaciones. Me alegro de dormir en un lugar calentito ya que me hallo en un pueblo fantasma nevado a 1450m de altitud en invierno. Descanso mucho durante la noche. Seguramente el estar tomando el jarabe desde ayer me esté sentando bien. Me gustaría tener las fuerzas suficientes como para afrontar lo que me echen. Que resurgieran en mí las habituales ganas de acometer caminatas. Volver a disfrutar de la vida a cinco kilómetros por hora dejando atrás el cansancio y decaimiento del enfermo.

    http://zodiaco.madteam.net/relatos/2008-01/dia-19:-29-12-07:-astorga-%E2%80%93-foncebadon-1450m/

  5. 2009 Agosto 19
    La hospitalaria Enlace permanente

    Año Santo Compostelano.
    A UNOS 600.000 PASOS (1)
    Por Juan José Alonso Escalona

    Desviándome a la izquierda, entré en Murias de Rechivaldo. Cruzado el pueblo seguí por la pista por entender que se adecuaba más con el Camino que la carretera de Castrillo de Polvazares, pueblo que, luego me indicaron, merecía la pena visitarse por el singular y cuidadísimo enlosado, que presentan sus calles y patios de las casas.
    Siguiendo el tendido eléctrico y en suave pero constante ascenso, salí, al cabo de media hora, al cruce con la carretera, que abandoné para seguir la pista. Allí me detuve para cerciorarme sobre la ruta a seguir. Enfrente mismo nace otra que es la auténtica vía a Santiago. Seguí ascendiendo por ella, con gran esfuerzo y sudor.
    Conforme caminaba, iba mirando a izquierda y derecha en busca de una sombra, bajo la cual pudiera descansar y recuperarme.
    Sobre un altozano descubrí un roble centenario que me brindaba una frondosa umbría. Era mediodía; el calor y la falta de alimento habían hecho mella en mi ánimo, así que lo mejor era que aceptara su invitación.
    Subí penosamente, y dejando caer la mochila al suelo, me tumbé a resguardo de su sombra.
    El aroma del tomillo y romero, potenciado por lo reseco de la estación y el viento que nos acariciaba, me reconfortó de tal manera que, en menos de diez minutos, volví a sentir la necesidad de continuar la marcha. En mi mochila aún quedaba una botellita de agua; bebí despacio. Estaba caliente, pero me puso a punto. Desde el altozano se divisaba en el horizonte una población no muy lejana. Consulté la guía y vi que se trataba de Santa Catalina de Somoza.
    En algo más de media hora me adentré por su calle Real, que es la ruta jacobea. Aquí hubo un Hospital bajo la advocación de la Virgen de las Candelas; el pueblo entonces se llamaba Hospital de Santa Catalina. Hay un bar, pero estaba cerrado.
    A la salida me detuve ante un sencillo crucero; como siempre, me descubrí y saludé al Señor y a su bendita Madre.
    El Camino seguía en ascenso y, al cabo de una hora, llegué a El Ganso. Consta de dos alargadas calles (unos 400 metros) a través de las cuales pueden apreciarse varios ejemplares de construcción popular, denominadas teitadas, con su característica sobera o techumbre de paja sobre muros de mampostería neolítica.
    La Parroquia, dedicada a Santiago estaba cerrada y no pude admirar una imagen del Apóstol de muy buena factura.
    En el siglo XII existió un Monasterio premostratense y un Hospital anejo al mismo.
    No encontrando dónde adquirir algo de comer, seguí por la angosta comarcal y como a un Km. divisé unas &laqno;barracas», no sé bien cómo definirlas, en las que se leía: sello de la credencial y menú de peregrino. Sin más y, a pesar de que el aspecto no invitaba a detenerse, me quité la mochila de encima y entré pidiendo algo de comer y beber.
    Me dijeron si quería chorizo y sidra a lo que asentí sin dudar un momento. La sidra era natural y estaba fresca; el chorizo era casero y picantón, así que tuve que alternarlo con mucho pan y bebida.
    No sé lo que me cobraron; lo que sí recuerdo es que me sentí muy animado y con fuerzas para acometer los últimos cinco kilómetros de etapa.
    El paisaje cambia constantemente. A la izquierda se aprecia muy cerca la cumbre del Teleno de 2.183 mts. En estos momentos el peregrino se encuentra a más de 1.000 mts de altitud y el camino sigue subiendo.
    Recuerdo que pasó una pareja de peregrinos en bicicleta y que se les veía muy fatigados. Antes de diez minutos, los volví a encontrar, pasado el ramal que lleva a Rabanal Viejo, en una curva de fuerte pendiente.
    Parados y con las bicicletas en la mano me dijeron que me envidiaban por verme tan fresco a pesar de la dureza del camino y de llevar a cuestas el peso de la mochila. Ellos ya no podían ni con su alma. Les di el grito de ¡Ultreya! y se limitaron a mirarme sin tener fuerzas para nada más.
    Al cabo de media hora, cuesta abajo, me pasaron sonrientes dándome las gracias.
    Ahora el Camino transcurría entre bosques de encinas y robles.
    A unos tres kilómetros antes de Rabanal del Camino se halla el Roble del Peregrino. Por supuesto que yo me dirigí a él.
    En el área de este descanso estaba una familia comiendo. Yo llegaba exhausto de fuerzas y había vaciado por completo mi botellita de agua. Les saludé, me miraron con curiosidad y compasión y, pude escuchar a la abuelita que le decía a su nieta: &laqno;lleva esta manzana a ese pobre señor».
    La niña vino hacia mí y, con temor, me ofreció la manzana. Le di las gracias y le pregunté cómo se llamaba, porque si su nombre era Eva, yo no me atrevería a aceptar su regalo.
    Los padres se rieron mucho y me dijeron que se llamaba Mari-Ángeles. Le reiteré mi agradecimiento y volvió muy contenta con ellos.
    El padre se acercó al ver que yo miraba mi botellita de agua vacía y me ofreció de su botella llena y fría como el hielo. Rellené la mía, una y otra vez, y las consumí casi sin parar. Estuve, como media hora, charlando con ellos y les prometí tenerlos presentes en mi abrazo al Apóstol.
    Me calcé la mochila y continué mi ascenso hasta la Ermita del Santo Cristo, que se encuentra a un Km., aproximadamente, del Roble del Peregrino.
    Un pequeño esfuerzo más y me interné en Rabanal del Camino por la pista de la derecha.
    La Hostería, de nombre &laqno;El Refugio» fue mi primer contacto con el final de esta Etapa. Una vez dentro, me confirmaron tener alojamiento, así que subí de inmediato a la habitación disponible y tras despojarme de mis prendas, empapadas por el sudor, sometí mi cuerpo a una meticulosa y pausada higiene, mediante una magnífica ducha de agua templada. A continuación, me acosté dando gracias a Dios por tanto bien como me había dado.
    A eso de las 18 horas me vestí, lavé mi ropa y salí a la calle para acercarme al Albergue que, por cierto, había dos, y visitar la iglesia y el pueblo. La Iglesia de la Asunción estaba cerrada, pero por los vestigios que quedan es románica del siglo XIII; perteneció al Temple.
    En el Albergue de los Ingleses, próximo a la Iglesia, no pude entenderme ya que había bastantes peregrinos de habla inglesa y mi persona no merecía mayor atención. Me dirigí al otro, llamado Gaucelmo, donde me sellaron la Credencial.
    Luego paseé por la calle de &laqno;El Refugio»; el atardecer era muy agradable y me recreé con la panorámica que ofrecía el Pueblo bajo la luz del crepúsculo.
    Me encontré con un señor mayor, viudo, y trabé amistad con él. Desde que su mujer había fallecido no había vuelto a venir a Rabanal; de esto hacía cuatro años. Ahora estaba con su hijo y nietos pasando unos días. Mañana volverían a Madrid. Le dejé una tarjeta mía y quedamos en llamarnos, cuando yo regresara de mi peregrinación.
    En el Refugio ya se estaba dando la cena. La chiquita, que atendía las mesas, me dijo que tenía que esperar, a no ser que quisiera compartir la mesa con un señor. Le dije que, si él no tenía inconveniente, me sentiría muy a gusto en compartir mesa y charla.
    Volvió muy contenta diciendo que el señor le había dicho lo mismo que yo, así que la seguí hasta donde se encontraba. Al verle, enseguida supe quién era. Enfrente de mí tenía a Paco Costas, el presentador del programa &laqno;Por una Conducción más Segura».
    Me le quedé mirando mientras le señalaba con mi dedo en señal de duda, y él, quitándose las gafas, me alargó la mano y me confirmó que era el mismo que yo pensaba.
    Fue una cena realmente compartida. Él estaba haciendo el Camino en bicicleta.
    A nuestro lado cenaban dos jovencitas, que le habían pasado en una cuesta arriba, cuando él estaba a punto de abandonar. Me hizo gracia su frase de que &laqno;toda España es una cuesta arriba».
    Las jóvenes se reían con sus comentarios y él apostaba por la próxima etapa. &laqno;Iban a ver de lo que él era capaz».
    Hablamos de nuestra profesión, de mi paso por Estudios Moro, a quienes conocía y admiraba. Le hizo mucha ilusión saber que eran primos carnales míos.
    Me dio sabios consejos y puedo resumir que me reconfortó mucho su conversación y la clara amistad, que me ofreció. Quedamos en vernos y charlar más ampliamente, cuando regresáramos a Madrid.

    http://www.biescasvignau.com/03Espanol/07.Trekking/10.CaminoFrances/Diarios/JJ.Alonso.97.03/%2010A.DiariosJuanjo.htm

  6. 2009 Agosto 21
    La hospitalaria Enlace permanente

    DIARIO DE ÁNGEL SILVENTE


    Astorga – Rabanal del Camino

    Día 20
    5 de Agosto
    20,6 km.

    Entre pitos y flautas se nos hace algo tarde para salir. Nada más abandonar de la base de acampada un cura del ejercito entabla una conversación con nosotros. Dice algunas verdades sobre el Camino y su deseo de hacerlo y nos recomienda un atajo para evitar un rodeo por el interior de la ciudad. En realidad no se si por esa ruta se acorta algo.

    En la Ermita del Ecce Homo retomamos el verdadero camino y empezamos el leve ascenso hacia los montes de León. El ritmo es bueno y nos estamos manteniendo en grupo. Pero a Santa Catalina de Somoza llegamos desperdigados. Allí hacemos un descanso para reagruparnos y comer unos sobaos. Armando hace el descanso muy corto y sale antes que los demás. Así que le encargamos que compre la comida por si cuando lleguemos los demás están las tiendas cerradas. Está un poco raro. El día anterior hizo casi toda la etapa por detrás y hoy se empeña en ir por delante y bastante deprisa.

    Finalmente, los que quedamos reemprendemos la marcha. Empieza a hacer calor. Muy pronto me quedo solo. Al poco de salir del pueblo recojo una piedra para depositarla en la Cruz de Ferro (es costumbre que cada peregrino deposite allí una piedra).

    Voy solo, ensimismado en mis pensamientos. Ana va por detrás. La intuyo cerca y al final me alcanza. Está muy distinta. Muy cambiada y mucho más agradable. No me desagrada caminar hablando con ella. Esto no me gusta pero dejo que las cosas transcurran por sí solas y confío en que la providencia del Camino de Santiago me de lo mejor.

    Llegamos juntos a Rabanal. A pesar de estar en los montes de León, no hay bosques muy espesos y hace bastante calor. Los refugios están saturados y sólo conseguimos sitio en el municipal: un suelo en una habitación común, plagada de moscas con unas duchas de agua fría y sin luz. Pero ese es el espíritu del peregrino: siempre agradecer y nunca exigir.

    Armando está empeñado en continuar a la Cruz de Ferro para dormir allí. Yo una vez le dije que lo haríamos. Pero el en el horizonte se levantan nubes que amenazan lluvia y la noche anterior pasé bastante frío. Por eso no me parece una buena idea. De todos modos existe la posibilidad de que si llueve nos acercásemos a Manjarín, un pueblo abandonado donde existe un albergue regentado por un templario (o al menos eso afirma ser el hospitalero). Debo confesar que quizá en otros momentos me hubiera decidido a ir con él. Pero no quería dejar al resto del grupo.

    Sin quererlo el grupo me estaba limitando una vivencia más intensa del Camino, a cambio, el calor y la diversión del grupo y el apego a mis amigos.
    Me sentía contrariado. Eran sentimientos opuestos. Seguir a Armando era mantener vivo el espíritu con el que comencé esta aventura, pero por otro lado no podía ignorar mis sentimientos. Lo cierto es que desde que vinieron mis “compis” siempre había cachondeo. Esa misma tarde nos reímos bastante cuando conocimos a otro Gonzalo Guillén, un tío de Cádiz.

    Armando se va al fin y los demás le deseamos suerte. Esperamos vernos en Ponferrada , final de la siguiente etapa. Sería fácil encontrarle en el albergue o en la base de acampada.

    Antes de acostarme llamo a casa. Mi sobrina Cristina ha nacido y todo ha ido perfectamente.

    http://www.euskalnet.net/diariosdeperegrinos/angel.silvente.htm

  7. 2009 Agosto 22
    María Camino Enlace permanente

    “O la estatua de Don Aquilino Pastor en Santa Catalina de Somoza, de donde era oriundo, que fué el más célebre y virtuoso tamborilero que ha tenido La Maragatería, y que murió a la edad de 102 años”.

    “O las típicas construcciones celtas, llamadas “pallozas” en O Cebreiro (Galicia), y que en el Ganso (Maragatería-León), se empiezan a ver y se las denomina “teitadas”.

    http://luisyanezabelaira.blogspot.com/2009/05/ponferrada-16-04-2009-presentacion-un.html

  8. 2009 Agosto 23
    María Camino Enlace permanente

    DIARIO DE BARRET Y GURGAND

    Lunes, 30 de mayo.- Lluvia y fatiga, fea jornada. Hemos decidido pasar la noche en Rabanal del Camino; donde Bernès recomienda dirigirse al presbítero. Buena ocasión para acercarse al clero español.
    Hemos llegado al atardecer. La aldea nada en el purín como una tortilla en el aceite de oliva. Conseguimos sacar de su nido a don Miguel. Es un cura chinche, que brilla por el mugre y la pereza. “Se pueden acostar en la antigua escuela”, dijo, y ya retornando para su agujero. “Pídanle la llave al presidente”. El presidente no está en su casa. Anda en el campo, con sus carneros.
    Mientras esperamos por su regreso, vamos a la cantina, otro agujero sombrío, cuya patrona recuerda a Ma Dalton en Luckey Luke. Nos sirvió una sopa disfrazada y una tortilla de cemento. Muchachos y ancianos se nos acercan para observarnos sin disimulo. Preguntamos a Ma Dalton si alquila habitaciones. No. ¿Camas? No. ¿Sabe dónde podríamos dormir? No. ¿Y usted no sabrá, haga el favor, señora, de un pedazo de techo, aunque sea una barraca abandonada?, sabe usted, nosotros no necesitamos gran cosa. No.
    El pueblo siguiente, Foncebadón -1439 metros, el punto culminante del camino, como si fuese de día- se anuncia a seis kilómetros. Seis kilómetros de más. Cae la noche, hace frío, va a llover. De cuando en cuando, vamos a ver si ha regresado el presidente. Un muchacho nos tira piedras.
    El presidente llega al fin. Un rústico de treinta años. No es del género que toma a un pato salvaje por un corderito del buen Dios. Pasa algún tiempo acomodando a su rebaño, nos escucha y responde que la antigua escuela fue vendida y que don Miguel lo sabe bien, lo que sucede es que resulta muy fácil deshacerse de la gente enviándosela a él. Además, los peregrinos son asunto de la Iglesia. Él no puede hacer nada, sobre todo ante la proximidad de las elecciones. Volverá a sus carneros.
    Estamos desarmados. La noche ha colocado suaves tinieblas meonas sobre la aldea. Los perros aúllan a la muerte. Insistimos, sin vergüenza, cerca de la maestra, como si el hecho de que hubiese pasado dos días en París, en viaje de fin de estudios, le impusiese la defensa de nuestra causa.
    Teníamos razón: acabó por convencer al presidente. Nos permite, dijo ella, poder utilizar la antigua escuela -con más precisión, el exterior de la antigua escuela. Podremos extender nuestros sacos de dormir debajo de la escalera, allí donde aún no fue cubierto por el lodo. Al menos, añade ella, estaremos al abrigo del viento. Nos deshacemos en agradecimientos: es verdad que estaremos al abrigo del viento.
    Volvimos a la cantina, a pagar nuestra cena. Pa y Ma Dalton deben habernos juzgado a punto: nos propusieron dos camas a precio de hotel -y acaso ya le habían dado la vuelta a alguna sábana. Aún se lo agradecimos, verdaderos campeones de las muchas gracias. Y, por la noche, cuando hubimos de salir bajo la lluvia para vomitar la tortilla asesina, aún les dimos las gracias a los perros porque no nos habían asustado en demasía.
    Dignidad a cero grados. ¿Qué nos sucedió a nosotros, que de ordinario somos más bien quisquillosos en cuanto a nosotros? Antes de salir de Vézelay, habíamos declarado de grado que era de esperar, en un viaje como éste, que nos hiciésemos diferentes. ¿Un proceso en marcha ya? Por la mañana, subiendo al alto de Foncebadón, escudriñábamos en nosotros mismos, como se palpa uno después de un accidente, si alguna cosa no se había roto en alguna parte

    http://www.euskalnet.net/diariosdeperegrinos/barret.y.gurgand.htm

  9. 2009 Agosto 24

    DE LA PEREGRINACIÓN DE LEON DEGRELLE


    Te escribo desde la famosa Ponferrada.
    De hecho, llegué aquí ya ayer. He recorrido toda la leonera en una etapa: montañas de 1490 m (dos veces), desfiladeros, bosques y. . . ¡64 km! Sí, ¡64 km! No importa que sobre el mapa pueda verificarse la distancia que separa Astorga de Ponferrada. Pues de hecho es más, dado que el hotel está (¡horror!)cerca de la estación, a dos kilómetros, y en carretera se hacen numerosas interrupciones. En realidad, todo ello, lo que representan, son 70 kms.
    Tuve una clase de milagro farmacéutico.
    El joven posadero, a quien le expliqué que tenía los músculos tan muertos como si fueran de palo, me frotó con una crema del lugar: “Linimento de Hércules”. Como si Hércules estuviera, evidentemente, involucrado. . .
    Era necesario seguir friccionando. Lo hice tres veces. ¡Cada vez la impresión que me producía era la de tener todos los músculos que chispeaban! Pero al terminar toda la flexibilidad había sido devuelta, como si pudiera ya ganar, sin remisión, la etapa de los Pirineos del Tour del Francia.
    Habría podido echar un sueño todo el día de mañana, incluso sin incidente, pero un chofer, antiguo combatiente de la División Azul, que come en el Hotel, por la tarde me reconoció, por lo que avisé al hostelero. ¿Qué hacer?Imposible negarlo. Además, al anunciarme que sería el invitado de honor del hotel -¡no me han dejado pagar una perra!-, tendré que ponerme de punta en blanco como una “toalla”. En resumen, no me queda otro remedio que salir pitando.
    Quiero aquí, y ahora, detenerme en el antiguo camino de los peregrinos; bendigo al cielo por haberlo hecho. Ha sido un viaje maravilloso, grandioso, salvaje como hace mil años.
    Allá abajo, durante los primeros kilómetros, estaba el alba naciente. Era la hora en que los segadores, por familias enteras, cortaban, con las hoces, los dorados trigos, entre los que parecía también brotar, por aquí y por allá, una vieja ermita con porche cubierto, que resultaba muy pintoresca.
    Las grandes montañas azules izaban en el cielo sus nieves, cada vez más cercanas.
    Después, comienza la ascensión, entre grandes revueltas de millares de pequeños robles, canijos, altos como arbustos; también hay brezo y, sobre todo, grandes masas violetas. Miles de ovejas, sí, a millares, rumiaban una hierba grasa, nacida en las cuencas donde discurrían riachuelos vivos y que se esparcían sobre la esponjosa hierba, aparentemente cortada, corta, pero¡me he hundido de un golpe hasta las rodillas! Maldita gracia, y triste espectáculo que, sin duda, contribuiría a enloquecer, un poco más tarde, a los salvajes de los caseríos perdidos en los montes. Pero qué hierba, así segada, más bonita, y qué espléndidas ovejas, blancas, excepto algunas, que eran completamente negras, como si fueran los curas del rebaño. Las esquilas sonaban. Los helechos sentaban bien. Se subía.
    Un primer pueblo, el Ganso; un segundo, a mi costado, Rabanal del Camino. Se acabaron las construcciones de tierra. Aquí, de nuevo, como en Navarra, los grandes caserones son rechonchos, de piedra, con los tejados de cañas sobrepuestas, por ambos lados, de las enormes piedras. Se palpa la lucha contra la naturaleza hostil, contra la nieve espesa de los interminables meses de invierno; los pueblos están resguardados sobre sí mismos, como a la defensiva.

    http://compostela2004.free.fr/mi_camino_de_santiago.htm

  10. 2009 Agosto 27
    La hospitalaria Enlace permanente

    EX ORIENTE LUX

    Seguimos hasta el albergue que hay a la salida del pueblo, y allá sellamos nuestra credencial. Después continuamos por un andadero que en línea recta se internaba en medio del campo. Pero al poco nos dimos cuenta de que nos habíamos confundido pues queríamos pasar por el desvío que va a Castrillo, y visitar aquél lugar, aunque no está oficialmente en el camino: no era mucha más la distancia a andar y creímos que merecía la pena hacerlo. Así que nos dimos la vuelta, volvimos al albergue y preguntamos por la ruta a seguir al hospitalero, que por el acento nos pareció que era francés, y nos dijo que siguiendo ese mismo camino, tomáramos el primero que sale a la derecha.

    Mientras hablábamos de esto con el hospitalero, nos alcanzó un grupo de peregrinos, entre los que venían los cuatro amables extremeños que el día anterior nos había acompañado un trecho del camino.

    Volvimos a tomar el andadero que sale de Murias, y al poco rato nos desviamos por donde nos habían indicado. Durante un rato marchamos en la más profunda de las soledades –cosa que no habíamos hecho aquél día hasta entonces-, y pudimos darnos a reflexionar sobre lo que nos quedaba de camino. Sabíamos que con esta etapa habían terminado las enormes llanuras que nos han acompañado en nuestro paso por Castilla y León, y que nos han permitido reservar fuerzas para afrontar lo que toca a partir de ahora. De hecho, las guías que habíamos consultado, advertían que era en Murias de Rechivaldo donde arranca la subida que obligará al peregrino a realizar un suave y constante ascenso hasta llegar, en la siguiente etapa, a la mítica Cruz de Ferro en el Monte Irago.

    A medio camino de ese desvío que habíamos tomado, nos detuvimos un momento, nos dimos la vuelta y desde aquel solitario y olvidado punto pudimos ver las torres de la Catedral y la silueta de Astorga iluminadas por una luz primaveral tan brillante y rodeada de claroscuros, que nos tuvo allí parados y en silencio, totalmente embebidos en la belleza del espectáculo, durante un buen rato.

    A las puertas de Castrillo de los Polvazares el camino de servicio por el que habíamos llegado hasta allá, desemboca en la carretera y, tras atravesar un puente, el caminante entra ya en el pueblo.

    Apenas nos encontramos a nadie por las calles, todavía no habían dado las diez, hora en la que quien tiene que salir, ya ha salido, y quien no, lo hará más tarde. Una vez más todo era silencio, interrumpido únicamente por el sonido de nuestros bastones avanzando por aquellas hermosas calles empedradas, rodeadas de algunas de las muestras más imponentes de la arquitectura maragata.

    Castrillo, es sin duda famoso por muchas cosas: por su arquitectura, por la belleza de sus calles, por la tranquilidad que se respira en este lugar, incluso fue escenario de una conocida novela de Concha Espina titulada “La esfinge maragata”; pero algo que tampoco olvida el caminante, y menos a esas horas, es que es también célebre por su potente gastronomía. No, no era cosa de endosarse a esas horas entre pecho y espalda el famoso “cocido maragato”, que tan popular han hecho Cuca la Vaina y Maruja Botas, reconocidos templos del buen yantar por estos lugares. Pero sí que a los caminantes que se habían desviado hasta aquél lugar, les pareció buena idea entrarse en el establecimiento de Cuca y entretener el destemple de la mañana, y ese poco cansancio que tenían, con un buen desayuno. Y así lo hicimos.

    Sin terciar apenas tiempo de espera, nos vimos sentados a la mesa del bar con sendos zumos de naranja y cafés, además de un enorme plato lleno de deliciosas rosquillas que daban la apariencia de no tener nada que ver con la bollería industrial. Un par de mesas mas adelante, una familia desayunaba tranquilamente, casi en silencio, y la camarera, una mujer delgada, no muy alta, morena y muy simpática y pizpireta, corría de una mesa a otra trayéndonos todo aquello que le íbamos pidiendo.

    En una de aquellas se detuvo un rato a charlar con nosotros, y nos señaló una fotografía aérea del pueblo que colgaba de una de las paredes:

    - ¿Ven ustedes? – nos dijo-, el camino pasaba por aquí, ¿Cómo se entiende si no que el pueblo esté dispuesto todo a lo largo de una calle que es la del camino?.

    - Es posible…

    - Lo que ocurre es que hay mucho interés en que pase por todos los lugares, pero existen varios estudios que demuestran que el camino pasaba por aquí. ¡Hasta hubo un Hospital de peregrinos en el pueblo!.

    Salimos de Castrillo por el extremo opuesto, siguiendo una senda de tierra rojiza en medio de un descampado. Atravesamos un arroyo, que más parecía una charca, y pronto comenzamos a ascender de nuevo por una senda rodeada de matorrales hasta llegar, tras poco mas o menos tres kilómetros, a unirnos de nuevo al camino que venía desde Murias y que habíamos abandonado para desviarnos a Castrillo. Lo que queda de aquí hasta Santa Catalina de Somoza se hace en pocos minutos, caminando ya en paralelo a la carretera.

    A la entrada del pueblo, mientras comenzaba a caer una suave llovizna, nos detuvo un hombre que estaba ahí apostado, vendiendo conchas, bordones y todo tipo de productos que se venden comúnmente como atrezzo del peregrino.

    - Tengan ustedes cuidado con este charco –nos dijo señalando uno que se extendía a todo lo largo de la senda que, entre dos muretes, entraba en el pueblo.

    - Sí –respondimos-, aunque no va a haber manera de evitarlo, y como está claro que hoy va a tocar mojarse, al final va a dar lo mismo empezar por hacerlo ahora.

    - Así es –añadió mirando al cielo-, viene agua… Por cierto, ¿de dónde son ustedes?.

    Se dice entre los peregrinos de manera un tanto romántica que a medida que uno se va acercando a los montes de León y al Bierzo, las gentes que encuentran por el camino dejan de preguntar a dónde van para simplemente interesarse por su lugar de procedencia. Es muy bonito, pero salvo en raras excepciones, a nadie le ha parecido interesarle a dónde íbamos, pero todos los que nos han parado han sentido una enorme curiosidad por saber de nuestro lugar de origen.

    Entrados ya en conversación, nos contó que vivió durante mucho tiempo en el País Vasco, pero que debido a una dolencia del corazón abandonó todo y regresó a aquél que era su pueblo.

    Cada vez llovía con más fuerza y aprovechando que nuestro contertulio desvió su atención hacia un matrimonio que en aquél momento aparecía por detrás de nosotros, nos despedimos.

    - Si van ustedes a tomar café en el pueblo, vayan al bar que hay en la segunda calle de la izquierda, que es el de mi hijo –nos sonrió y después levantó una de las manos con la palma abierta y encogiéndose de hombros añadió- si quieren ¡eh!, ¡si quieren!…

    El matrimonio que venía detrás no se detuvo a hablar con aquél hombre y entraron al pueblo junto a nosotros. Según nos contaron, eran de Bilbao y estaban haciendo el camino aprovechando las vacaciones para ir haciendo etapas, como nosotros. Curiosamente, descubrimos que habíamos coincidido la noche anterior cenando en “La Peseta”, un conocido restaurante de Astorga.

    Sin hacer mucho caso de las recomendaciones que nos había dado el hombre de la entrada del pueblo, nos refugiamos de la lluvia en un bar amplio y agradable que había en la Calle Real, y después de tomarnos un café nos despedimos del matrimonio bilbaíno que se quedaba para comer algún bocadillo.

    Antes de salir del pueblo, quisimos acercarnos a la parroquia para visitar una reliquia de San Blas, patrón del pueblo y uno de los santos más presentes a lo largo del camino, pero hubo mala suerte pues estaba cerrada.

    Saliendo de Santa Catalina se deja a la izquierda un crucero y se continua por un andadero que corre paralelo a la carretera, hasta llegar a El Ganso, el siguiente pueblo en la etapa de aquél día.

    Cuando entramos en el pueblo seguía lloviznando. Todo parecía estar cerrado, todo menos un bar de aspecto un tanto estrafalario llamado “cowboy”, ubicado en el interior de una nave que tenía la traza de haber sido en otras épocas una cochera. Pensamos en buscar otro sitio, pero no encontramos nada más, y la urgencia por pasar por el baño y tomar un café, pudo con nuestra resistencia.

    Merodeando por el lugar nos encontramos con un peregrino con un aspecto algo extraño, con heridas en la cara como si se hubiera peleado y una actitud un tanto agitada:

    - ¿Dónde está el bar de los peregrinos? –nos preguntó en un tono un tanto imperativo y sin mediar ningún tipo de saludo.

    - ¿Buscas el albergue?.

    - ¡No, no el bar! –nos respondió de mala manera, más agitado y dando muestras de o no estar en sus cabales, o de haber tomado algo que le ha llevado a esa situación.

    Nos limitamos a encogernos de hombros y darle la espalda para entrar en el bar. Como se ha comentado antes, era este un local que parecía haber sido una cochera, alargado con algunas mesitas distribuidas por aquí y por allá y una barra al fondo con un antiguo piano a un lado.

    Cuando entramos, sólo había un joven peregrino almorzando tranquilamente en una de las mesas. Nos atendió una chica de unos veinte y pocos años, ojos claros y aspecto apacible. Pedimos un par de cafés y comenzamos a charlar con ella de las cosas habituales: de dónde veníamos, el tiempo que hacía, etc…

    En eso entró el peregrino del que hablamos antes montando mucho ruido, se acercó hasta el piano y comenzó a decir una serie de estupideces de las que no hicimos caso, por lo que después de un rato terminó por sentarse al fondo del local hablando sólo, como protestando.

    - Imagino que pasará de todo por aquí.

    - Así es –sonrió con resignación mientras se encogía de hombros-. De todas maneras ya me habían avisado por teléfono desde Santa Catalina que venía éste para aquí.

    - ¿Ah sí?

    - Sí, ha debido de hacer alguna por allá y me han llamado para avisarme imaginando que podía entrar aquí. No es la primera vez que pasa una de estas.

    - ¿Necesitas algo? –le dijimos-, si quieres nos quedamos hasta que se marche.

    - No, no hace falta, muchas gracias, majos –nos respondió dirigiéndonos una sonrisa de agradecimiento.

    Así que un rato después terminamos nuestro café y nos despedimos de ella.

    Desde el Bar Cowboy, el peregrino continúa su camino girando al poco a mano izquierda, bordeando la parroquia de Santiago.

    - ¿A dónde van ustedes tan deprisa?

    Sentado en un banco, junto a la parroquia, un hombre de más de 70 años, apoyado en su bastón, nos miraba sonriendo, dando muestras de querer detener nuestra marcha para entretener su aburrimiento con una conversación.

    Estaba claro que era eso, que tenía ganas de conversar, pues nos lo ponía difícil para dejarle, así que durante un buen rato, que llegó a más de media hora, nos tuvo escuchándole hablar de política, de manera un tanto desvariada, de historia y de cómo veía pasar por ahí a numerosos peregrinos de todo tipo, tanto andando como en bici o a caballo.

    Nos dijo también que alternaba sus estancias en aquél pueblo, con invernadas en Madrid, donde lleva viviendo casi toda su vida, aunque para entonces ya nos habíamos despedido por última vez, y dejamos paso en la conversación a unos peregrinos que habían llegado detrás de nosotros.

    Continúa el peregrino ya hacia la última etapa de esta jornada: Rabanal, a cerca de 7 kilómetros desde el Ganso, en los que se alternan continuos y suaves sube y bajas, con alguna que otra corta y empinada pendiente; todo ello en paralelo a la carretera LE-142. Por fortuna, es una carretera poco transitada, y el peregrino apenas se ve molestado por el paso de los coches.

    Es más, a medida que avanza, el caminante experimenta la agradable sensación de irse internando en un frondoso bosque dominado por el roble y la encina, algunos de estos ejemplares tienen un aspecto imponente, tanto que le hacen sentirse muy poca cosa frente a la grandeza y longevidad de la naturaleza que le rodea.

    Poco a poco nos vamos adentrando en los Montes de León, tal y como lo denota el cambio en la orografía del terreno que hemos ido observando a lo largo de esta etapa. Nada que ver lo que veían en ese momento nuestros ojos, con el paisaje que nos acompañaba el día anterior e incluso aquella misma mañana. Después de tantas jornadas caminando casi sin descanso a cielo descubierto, resulta muy agradable para el peregrino aquella frondosidad y abundancia de sombra.

    A la altura del puente de Pañote, que pasa el arroyo de Regueritas, hay un cruce en el que dicen que muchos peregrinos se pierden, pues confunden Rabanal Viejo al que uno puede dirigirse desviándose a mano derecha, con Rabanal del Camino, nuestro destino y al que se va cruzando el puente que hay a mano izquierda. Por cierto que muy cerca de aquí, hubo una importante explotación aurífera romana, concretamente en un lugar al que llaman Fucarola. Durante todo este tramo nos acompañó una suave llovizna que, en momentos, parecía arreciar por lo que parábamos tanto para ponernos como para quitarnos el chubasquero.

    Al puente le sigue un breve y duro repecho que después continúa ascendiendo más suavemente, hasta casi el final de la etapa que ya está cerca, a poco más de tres kilómetros de aquél lugar. Durante un rato el peregrino se interna de nuevo en el bosque de tal manera que parece estar más alejado de la paralela de la carretera de lo que realmente está. A un lado se encuentra una red metálica que cierra el paso por la derecha, en la cual han ido los peregrinos insertando todo tipo de cruces, hechas a base de palos que cogen ahí mismo. Como es lógico, nosotros hicimos lo mismo.

    Poco después, el peregrino encuentra a su izquierda el magnífico roble centenario del que ya nos habían hablado en Astorga. Es conocido como el “Carballo del peregrino”, y nos acercamos para tocarlo y sentir en nosotros la sombra de aquél ejemplar que tanto ha vivido.

    De ahí se continúa siempre en paralelo a la carretera, subiendo una fuerte pendiente que nos lleva hasta la ermita del Santo Cristo de la Vera Cruz a las puertas de Rabanal del Camino. Mientras fotografiábamos este lugar, volvimos a encontrarnos con los extremeños del día anterior, que por lo que contaron hacían aquél día su última etapa hasta las próximas vacaciones.

    Rabanal del Camino es un típico pueblo serrano, con merecida fama por su tradición gastronómica, que ha hecho de este pueblo uno de los lugares preferidos por los peregrinos para hacer alto en su etapa. Pero no se es justo si se limita a este circunstancia el motivo de ello, pues es también conocida la belleza del lugar, de la que tuvimos la oportunidad de disfrutar a nuestra llegada, así como de tratarse de un punto de descanso muy apropiado antes de emprender el ascenso al monte Tineo.

    Según se llega y subiendo por sus calles enlosadas se accede al centro del pueblo, donde sobresale la pequeña y vieja Iglesia Parroquial de Sta. María, y frente a ella, el famoso Refugio “Gaucelmo” co-regentado por la Confraternity of Saint James y la Asociación de Amigos del Camino de El Bierzo.

    Esta localidad de casonas macizas de piedra ha jugado un importante papel en la historia de los contornos: sirvió de avanzadilla a los Templarios de Ponferrada que protegían a los peregrinos que marchaban hacia el Bierzo; en la Casa de las Cuatro Esquinas hizo noche Felipe II en su peregrinación a Santiago; y desde esta villa, según la leyenda, Carlomagno y su fiel caballero bretón Anseïs contemplaron Astorga y Sahagún. Además, durante la Edad Media existieron varios hospitales e iglesias en este lugar en los que los peregrinos paraban a recobrar fuerzas y agruparse para pasar las cumbres del peligroso monte Irago donde acechaban los bandidos.

    Mientras descansábamos sentados en un petril en la calle, satisfechos por haber llegado al final de aquella etapa, volvimos a encontrarnos con el matrimonio de bilbaínos, con quienes charlamos durante un rato, para luego dirigirnos a comer un pedazo de empanada en uno de los numerosos mesones que hay en aquél lugar.

    Allá nos contaron la conocida historia de José Castro, un arriero maragato que fue encargado de transportar desde la costa de Galicia un arca que debería ser recogida por un desconocido en su propia casa. Según cuentan, pasó el tiempo y nadie reclamó aquello, por lo que el arriero se decidió a abrir el arca para ver si había alguna información que permitiera localizar al propietario, encontrándola repleta de oro y objetos preciosos, pero sin señal sobre la identidad del dueño. Los años siguieron pasando y el arriero, no queriéndose aprovechar de un tesoro que no consideraba suyo, decidió destinarlo a la construcción de la capilla de San José que aún está en pie en aquél mismo pueblo.

    También nos contaron que cuando se acerca tormenta, la iglesia parroquial del pueblo toca las campanas solicitando auxilio a Santa Bárbara para invocar su protección.

    Quedamos satisfechos por el camino realizado, y descansados gracias en gran parte al breve pero delicioso bocado que dimos a aquella empanada. La historia del arriero y la invocación a Santa Bárbara fue el complemento ideal para invitarnos a soñar tras aquella marcha; quién sabe –pensamos- si allá, en aquellas alturas del monte sagrado de Irago, que nos aguarda para nuestra próxima etapa, suena todavía el sonido metálico y solitario de aquellas campanas.

    http://www.exorientelux.org/

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