De Saint Jean Pied de Port a Roncesvalles (SUSO DE TORO)

2009 Junio 25
by mx7652o

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Aunque hay peregrinos que empiezan en Le Puy, la mayoría lo hacen en Saint Jean Pied de Port, que es un pueblo vasco francés de frontera pero claramente francés, es decir, convencional y bonito, o convencionalmente bonito.

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Uno que viene de un país de pueblos y villas maltratadas por la desidia municipal, los pocos recursos de la mayoría y la especulación de unos pocos, siempre se sorprende al ver estos pueblos franceses tan bien cuidados y un poco tópicos, y oscila entre la envidia y una cierta sensación de verse sumergido en una irrealidad de postal. En todo caso es un pueblo lindo atravesado por un río cuidado, lleno de visitantes que vienen o van al otro lado, peregrinos que se echan a andar tempranísimo y excursionistas en autocares.

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Desde allí los peregrinos suben la montaña, bien por una carretera estrecha los que van en bicicleta y algunos que van andando o bien por un camino de montaña, impresionante es el miedo en ocasiones, que es conocido como ruta de Napoleón. Empezar el viaje subiendo por allí esta montaña es un desafío para muchas personas que no se han preparado físicamente, como esa muchacha brasileña calzada con zapatos inadecuados que a mitad de camino está derrotada y a quien hay que ayudar a llegar arriba. La frondosidad del bosque de hayas y abetos es a veces sobrecogedora y uno se siente ilusoriamente peregrino medieval a quien cualquier peligro acecha, uno se ha perdido y se empieza a desesperar cuando un pastor le indica la ruta. El pastor es el ángel bueno del bosque. Los cencerros de las vacas llegan entre los abetos, las nubes también ascienden el monte rasgándose el vientre entre las puntas de los árboles.

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Estamos en lo alto del monte, el puerto vasco de Ibañeta. Una capilla moderna , a su alrededor, ciclistas, automóviles y gente haciendo fotos delante de una piedra hita a modo de menhir que conmemora la imaginaria gesta de Roldán y Carlomagno. En esta piedra comienza una guerra de identidades que veremos prolongarse a lo largo del tramo navarro del Camino, unas armas de bronce que colgaban originariamente fueron arrancadas y la inscripción oficial está tachada y sobre ella hay una reivindicación en euskera reclamando otra versión de la Geografía y de la Historia, a su lado otra en castellano, ”Viva España”. Delante de nosotros los valles navarros.

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Roncesvalles 1

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El valle de Roncesvalles es, como toda esta parte del Camino, muy hermoso; prados y manchas de abetos, pueblos muy bien cuidados y conservados. El hospital de peregrinos de la colegiata de Roncesvalles está en estos momentos en obras, preparándose para el próximo Año Santo Compostelano, que se anuncia con cierto estilo de Expo Xacobeo 99. Un repartidor aparca su furgoneta frente a una posada, abre la puerta y salen los guitarrazos y golpes de Metálica a buen volumen, y es entonces cuando se repara en el silencio densísimo. El joven descarga una caja de whisky, otra de pacharán y un bulto de latas de cerveza; se ve que en esa paz y este silencio alguien bebe. Merodean algunos turistas con sus cámaras alrededor de sus automóviles, se hacen fotos delante de la impresionante colegiata. Es muy raro ver a un peregrino con cámara de fotos, es un peso añadido en la mochila que puede desesperar. Por otro lado es inútil, nada de lo vivido en el Camino por el peregrino puede ser recogido en una foto, ya que es todo una vivencia interna; del mismo modo que tampoco puede ser vertido a palabras. El fotógrafo y el escritor estamos condenados únicamente a ser merodeadores de la peregrinación en nuestro intento de aprehenderla.

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Es en Roncesvalles donde la mayor parte de los peregrinos empiezan su peregrinaje y el albergue de peregrinos es un buen comienzo.

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El hospitalero que nos recibe barre con su escoba de hilos de nailon verde el viejo suelo de tabla. Los peregrinos ya han oído la misa con la bendición al peregrino a las ocho de la mañana, y han iniciado su camino. Vestido con su pantalón corto, sandalias, camiseta con la leyenda ”New York” y una vieira colgada al cuello, él y su mujer recogerán y limpiarán las habitaciones; hoy han dormido setenta peregrinos. Son un matrimonio jubilado y pertenecen a la Asociación de Amigos del Camino de Guipúzcoa, que es la que se ocupa de este albergue, y su trabajo es voluntario, por amor al Camino y la peregrinación; ellos mismos han peregrinado a Compostela hace un par de años. Les ayuda una mujer holandesa que estaba de vacaciones en Donosti y oyó hablar del Camino. Llevan diez días y van notando cansancio, los relevarán a los quince días.

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El albergue en ese edificio de anchos muros fríos tiene un carácter muy austero y medieval, una leve envoltura de mínimas comodidades, lecho, unas pocas duchas y lavabos, un techo contra la noche, la lluvia y el frío. El carácter de estos albergues que acogen al peregrino hasta Galicia, donde cambian bastante, es muy significativo de la naturaleza de esta peregrinación. La austeridad es el marco de este viaje, lo más opuesto al confort.

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El hospitalero en un castellano de euskaldún nos relata alegre el progreso de la peregrinación, el año pasado han salido de allí once mil personas en todo el año, y este año a finales de agosto ya van casi doce mil. La mayoría de los españoles son, por este orden, de Madrid, País Vasco y Cataluña. Su impresión es que la gente que lo hace es muy buena, aunque hay de todo pero cree que hacer el Camino cambia a la gente y que al llegar allá son diferentes. Cree en el poder transformador de la peregrinación. Y entonces me dice algo que luego me repetirán muchas personas distintas, ”El Camino es una froga fuerte, pero la mejor de todas”. El Camino te engancha”. ”El Camino te engancha”, asegura.

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Me inquieta ese abismo de irracionalidad, esa pérdida de dominio sobre uno mismo que es engancharse, ser esclavo de algo. Le pregunto si en el medio van personas desequilibradas y me cuenta de una mujer alemana que viajando en un carro pasó por allí dos días antes, gritaba y molestaba a los demás peregrinos. Tuvieron que dejarla encerrada en un cuarto mientras conducían al ambulatorio de un pueblo cercano a otro peregrino lastimado que se había caído. Al fin la mujer, sin saber bien en que dirección quedaba su país, se marchó. Pero no, no es frecuente la presencia de personas con trastornos.

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Junto a la austeridad es muy característica la figura del hospitalero, personas voluntarias que forma parte de las Asociaciones de Amigos del Camino y que dedican gratuitamente parte de sus vacaciones o tiempo a acoger a los peregrinos. Los hospitaleros y hospitaleras son una buena encarnación del ideal del peregrino.

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Al salir del albergue vemos a dos jóvenes catalanas que se han rezagado bastante, ya son casi las diez de la mañana, el sol empezará a picar en un par de horas. Están tan desorientadas que empiezan a andar en dirección contraria, les indicamos la dirección.

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Es frecuente que inicien el Camino personas que no se han preparado físicamente y que no se han informado adecuadamente. Y, curiosamente, bastantes personas que no saben por qué quieren hacerlo.

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En la oficina del peregrino de Roncesvalles la mayoría de los peregrinos sellan por primera vez las credenciales para acreditar en Santiago que se han hecho el Camino y poder recibir así la Compostela. La persona que la atiende, ángel custodio de este viaje, se muestra escéptica sobre el fenómeno del Camino; es un ángel escéptico. Distingue entre el Camino de Santiago, que considera turismo puro y duro, y la peregrinación. Me sorprende este pesimismo, pero, quién sabe, quizá tenga su razón.

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En la entrada de la oficina descansan un empresario brasileño y su amiga, que trabaja en un banco; el hombre tiene hijos ya crecidos de un matrimonio con otra mujer, quiere que el Camino le dé algo; no sabe el qué, está buscando. Ayer han subido desde Saint Jean y están cansados, hoy quieren ir despacio.

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Dos curas que desde hace quince años van allí a pasar una temporada de vacaciones aseguran que el Camino trasforma a las personas que lo andan. Les pregunto si ellos lo han hecho y me responden con risas y negativas con las manos, ellos ya son mayores. Uno de ellos se refiere con admiración a un cura holandés que celebró sus cincuenta años de sacerdocio peregrinando, pero ellos ya no. Es tan evidente el contraste entre ellos, conformes y sedentarios, y ese sacerdote holandés con su derroche de energía rabiosa y de fe, que en ese momento me dan un poco de pena en su apacibilidad algo untuosa. Pero quien es uno para juzgar y para conocer las vidas de nadie, fatuo escritor entrometido. Antes de despedirnos me informan de un libro, no saben el título, en el que, dicen, un periodista le saca la piel a la peregrinación; esperan que el mío no sea igual. No puedo saber todavía lo que encontraré ni lo que escribiré, uno va abierto a todo.

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En la Itzandeguia, un edificio románico del siglo XII que fue antiguo hospital de peregrinos, cuelgan unas banderolas de moderno diseño, y eso me hace pensar en que seguro que ya no es hospital o algo de tipo práctico y que está dedicado a exposiciones o algo semejante, o sea, al turismo. No sé por qué motivo el diseño y la elegancia nunca están en los lugares necesarios a las personas, son característicos del lujo o de lo inútil, y no debiera ser así.

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Entro y el lugar me parece penoso, un severo interior románico transformado en tienda de baratijas con música ligera y orquestal de ambiente. Una cancilla tipo supermercado da a otra parte de la nave donde por doscientas pesetas podremos ver unos paneles de metacrilato iluminados con fotos y planos del lugar, también se proyecta un audiovisual, o sea, un vídeo, de cuando en cuando. Plásticos, paneles de aglomerado, luces halógenas, vulgaridad esterilizada de aeropuerto que contrasta con el albergue de peregrinos que acabamos de dejar.

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Entre las guías y libros, ejemplares de los del escritor brasileño Paulo Coelho que ofrecen su mística infantil; a lo largo del Camino nos encontraremos repetidamente con su nombre. El mensaje blanco del Coelho a la busca de almas desconcertadas ha sido atendido por personas jóvenes de muchos países, especialmente de Brasil, no es raro el peregrino que lleva el libro o lo cita.

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Brasil, esa fe ingenua y posiblemente más poderosa que lleva a algunos a empeñarse para pagar un viaje que les llega a costar hasta medio millón de pesetas. Brasil está muy presente en el Camino desde hace un par de años, además porque un canal de televisión, O Globo, emitió un extenso reportaje realizado por dos reporteros que recorrieron toda la ruta. Es paradójica esa alianza entre las tecnologías modernas y una senda medieval, medios de comunicación que permiten desplazarse y comunicarse a distancia sin esfuerzo haciendo propaganda de una vía de lento padecimiento.

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Desde Roncesvalles baja un camino paralelo a la carretera, en su comienzo un panel da consejos y orientaciones al caminante. Se le presenta la vía como un camino con doble carácter, el religioso-espiritual y el deportivo, con doble señalización: dos rayas horizontales superpuestas, blanca y roja, que indican la rua senderista de Gran Recorrido y la flecha amarilla que guiará humilde y tenazmente al peregrino hasta el sepulcro de Compostela. Ese doble carácter es real, a lo largo de toda la ruta vemos coexistir esos dos aspectos, quien hace deporte, desafíos físicos, y quien hace una vía externa e interna en busca espiritual y religiosa. Es lógico que de cuando en cuando veamos coexistiendo esa doble señalización.

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El fotógrafo ha comprado dos conchas de vieira con la cruz de Santiago pintada y me regala una, eso me turba y río incómodo; no sé que hacer con ella, no me atrevo a colgarla. Hace falta inocencia para colgarse al cuello el emblema de la peregrinación, verdadera contraseña íntima entre peregrinos; falta inocencia y el escéptico se siente ridículo. No me atrevo a ponérmela; aún no, quizá más adelante metidos en harina, me digo.

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En la base de la cruz de piedra de peregrinos del siglo XIV al borde de la carretera descansan numerosas cruces hechas con palos anudados con hierba que han dejado peregrinos al pasar. Devoción pura o quizá una manifestación de ese afán de ritos de la gente de hoy, vidas faltas de misterio y ritualidad que se apresuran a echar monedas en masa a cualquier fuente y pedir deseos. Aunque es un rito que han vivido en otros lugares del Camino del Pirineo, hace unos años no había ninguna cruz de palo; hoy hay decenas. Sea lo que sea es un rito humilde que despierta nuestro respeto.

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También hay una rama, figura estilizada de un crucificado, clavada en un tronco de un árbol, alguien ha querido expresar artísticamente su piedad. Es muy frecuente encontrar expresiones artísticas de peregrinos anónimos, almas sensibles.

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‘LA FLECHA AMARILLA’ (1998)

SUSO DE TORO

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  1. 2009 Junio 25
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