La mochila de Shirley MacLaine…
Siempre que he de viajar, prefiero ir ligera de equipaje; no obstante, tres kilos de ligereza era algo nuevo para mí. Habiendo hecho el Camino, mi amiga brasileña Anna Strong me advirtió de que pasadas unas semanas, cada gramo que llevara en mi mochila se convertiría en toneladas.
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Bueno, el calzado sería esencial y debía ser cuidadosamente seleccionado: sólo un par para andar y otro par que ponerse al final de la jornada. Siempre he tenido problemas con los ruidos ajenos a la hora de dormir. Sabía que a lo largo de la ruta dormiría en refugios con otras muchas personas que roncaban, tosían, hablaban y soñaban en voz alta. Me pregunté que debía hacer con mi omnipresente máquina de sonido, y acabé decidiendo que pesaba demasiado. Tampoco podría llevarme las pilas. Opté por unos tapones para las orejas, aunque mi homeópata y acupuntor me había dicho que esos tapones obstruyen los meridianos que van a los riñones. Llevaría un saco de dormir ligero, dos pares de calcetines, dos pares de bragas, dos camisetas, una toalla pequeña, un paño pequeño para lavarme, una pastilla de jabón, unos pantalones cortos, unas mallas para protegerme las piernas del sol, unos cuantos remedios homeopáticos (para lombrices intestinales, náuseas, rasguños y morados), tiritas, una crema protectora para la piel, esparadrapo, una cantimplora (habría fuentes de agua potable en cada pueblo a lo largo de la ruta), mi pasaporte, varios cuadernos de notas, una agenda minúscula, unas cuantas tarjetas de crédito (que me juré no usaría), un poco de dinero (al que esperaba no tener que recurrir), una chaqueta y unos pantalones con forro isotérmico, un suéter (dado que andaría tanto con frío como con calor), un sombrero para el sol, gafas de sol, melatonina para dormir, y mi querida grabadora Pearl con muchas minicintas.
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<<El Camino y su energía te proporcionarán cuanto necesites -me dijo Anna-. Te dirán de qué debes desprenderte, y como resultado de ello te volverás humilde. Verás que en realidad tu cuerpo es un templo, no una prisión, y descubrirás tu esencia>>.
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Me dijo que también encontraría un bastón con el que andar. Ese bastón me hablaría como si quisiera ayudarme. Mis pies obtendrían energía del mismo suelo, siendo esa la razón infinitamente mejor para recorrer el Camino a pie que en un vehículo. Iría recibiendo mensajes de la ruta como si ésta me estuviera hablando, hasta que llegaría un momento en el que me convertiría en la ruta y toda su historia.
Hablé con otras personas que habían hecho la peregrinación. Me aconsejaron que no comiera demasiado y que bebiera mucha agua, al menos dos litros al día. Habría muchos restaurantes, pero era mejor mantenerse dentro de la energía del propósito de la ruta, que consistía básicamente en ir libre de pertenencias y de cargas. Mientras hiciera el viaje no debería temer nada: en primer lugar, me dijeron, el gobierno español protegía a todos los peregrinos y sus leyes castigaban severamente cualquier intento de ponerles obstáculos. Me dijeron que era preferible que fuese sola, aunque me iría encontrando con muchas personas a lo largo de la ruta. Todo lo que llevara conmigo sería una distracción. Tendría que aprender a renunciar a las cosas. Y también debía estar preparada para morir, porque hacer tal peregrinación significaba que estaba dispuesta a renunciar a los viejos valores que llenaban mi vida de conflictos.
Pude decirles sin faltar a la verdad que no me importaría morir si así tenía que ser. Estaba más que harta de la situación actual del mundo, y me sentía preparada para aceptar una nueva comprensión que diera impulso al resto de mi vida.
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‘El Camino’ (un viaje espiritual)
SHIRLEY MACLAINE
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